miércoles, 12 de marzo de 2014

¿Pero ehto qué poya eh? Planilandia

He aquí un post que bien podría ser una mezcla entre "Libros perturbadores" y "¿Pero ehto qué poya eh?". Finalmente, me he decantado por la segunda opción, porque la cosa perturba, pero realmente la cara que se te queda cuando descubres todo lo que hay en este libro -y en otras cosas que vienen después- es la de exclamar "What the fuking fuuuuuuuuuck?", o algo así.

Pongámonos en antecedentes. Desde hace algo más de un mes, un amigo muy majo e inteligente -no conecten el modo ironía, que es en serio- me recomendaba fervientemente este librito de 1884. Yo no terminaba de entender su insistencia pero, llevada de la confianza en sus gustos, me decidí a leerlo. De hecho, la cosa no me duró más de unas horas, porque la novela es muy cortita y se lee en un suspiro, así que he tenido el suficiente tiempo para leerlo, y buscar algunos datos sobre él y el perturbado de su autor.


 La cosa está escrita por un señor llamado Edwin Abbott Abbott -esto también es en serio-, que era un docto hombre de bien, que además de ser un cerebro privilegiado par el estudio, se dedicó a ser Hulsean Lecturer (o sea, un cargo teológico de la iglesia anglicana) y a producir tochos y otras sesudeces.

Pero debe ser que un día se le fue la olla, y don Abbott decidió tirar por lo didáctico, y se le ocurrió gestar Planilandia (Flatland), una novelita que narra las aventuras del señor A. Square, un simpático cuadrado -ahora sí, conecten el modo ironía, por favor- que vive en el mundo de Planilandia. ¿Que qué es Planilandia? Pues un mundo plano -OBVIEDAD- en el que sólo existen dos dimensiones, y donde todos sus habitantes son figuras geométricas.

Durante la primera parte del libro, Square nos cuenta cómo funciona la sociedad planilandesa, que es un trasunto de la rígida e hipócrita sociedad victoriana. El rango social que ocupa cada habitante de Planilandia viene definido por el número de ángulos que posee, así como la perfección o anchura de los mismos. Los grados más bajos son los triángulos isósceles y las mujeres, que simplemente son líneas, y no tienen ángulos. A partir de ahí, la escala social asciende hasta los sacerdotes, que tienen tantos ángulos que casi pueden ser círculos, y aunque no lo sean en modo estricto, son llamados así por los demás planilandeses. Estos círculos son los que se encargan de legislar y regir la sociedad a todos los niveles, llevando a su más alta expresión la máxima de que lo único que cuenta es la perfección matemática para triunfar en la vida. (En este momento me ha venido a la mente el axioma de "teología y geometría" de Ignatius Reilly. Fin de la digresión).

Entre las costumbres de los planilandeses se encuentras auténticas joyas del coñazo y el tomar al público por gilipollas, además de un enrevesamiento que no terminas de entender muy bien por qué está ahí, dado lo simplón de la metáfora; es decir, si ya sabemos todos que estás hablando de tu sociedad y tu mundo, porque se ve a la legua, ¿para qué complicarse tanto con el sistema de los habitantes de las dos dimensiones? Pero bueno, Abbott era así, y hay que quererle como es -o no-.

De todas formas, he de reconocer que los capítulos dedicados a las mujeres son de lo más divertido. Al ser líneas, su parte posterior es un aguijón, con el que pueden matar o ensartar a cualquiera, motivo por el cual deben ir por todas partes dando gritos, para que los demás interpreten dónde está su cara y dónde su culo, hablando en plata. Además, Square advierte de que son peligrosas, pues sus cambios de humor las hacen entrar en una especie de locura transitoria que puede provocar la muerte de familias enteras. O sea, el típico "¿Estás con la regla, no?" elevado al máximo exponente - al cuadrado en el caso de los planilandeses-. Así pues, las mujeres están locas, son peligrosas, y además tontas, porque la inteligencia en Planilandia se determina por el grado de los ángulos de cada individuo. Al no tener ninguno, sumen dos y dos... Para más inri, y en lo que es una clara muestra de machismo paternalista de la mentalidad decimonónica, se supone que las mujeres sólo se rigen por las emociones, nada meramente intelectual puede entrar en sus molleritas. Con ellas sólo se puede hablar de sentimientos y demás cosas absurdas que no cuadran con la geometría y la instrucción masculinas.

Bien es cierto que Abbott está retratando la sociedad de su tiempo y, desde luego, doy fe de que, en lo que al bello sexo se refiere, el colega lo clava. Yo me río mucho leyendo estas cosas, porque gracias a Dios ahora dan para reírse. Advierto de que estos capítulos no llegan a los impagables pasajes de Drácula en los que a Mina la tratan directamente como a una gilipollas; pero te ríes igual.

Bueno, pasada la primera parte y su multitud de explicaciones, la segunda nos lleva directamente a la trama. Al parecer, Square se va a dormir un día y tiene un sueño raro, en el que descubre un mundo -OTRO- llamado Línealandia, donde sus habitantes no son capaces de salir de una línea; es decir, que sólo conciben una única dimensión. Tras un intenso diálogo con el rey del lugar, que rivaliza con la profundidad de Super Coco en sus explicaciones de "derecha" e "izquierda" -el diálogo va de esos mismos conceptos, y yo quiero seccionarme la aorta-, Square se despierta y sigue su rutina.

Hasta que un día se topa con lo desconocido, lo que nadie en Planilandia podría pensar jamás. La repanocha del planilandismo, vaya: Una esfera enorme viene a verle a su casa para convertirlo en apóstol de la doctrina de la tercera dimensión.

Y ahora activad todos los modos que queráis porque esto está más allá de toda ayuda, y yo empiezo a probar el sabor del gas del horno de mi casa.

Total, que el pobre Square se va de viaje a lo que él denomina Espaciolandia, donde todo es en tres dimensiones, y pregunta si no existiría la posibilidad de que hubiera una cuarta dimensión, de la que los espaciolandeses aún no se hubieran percatado, tal y como le ocurría al rey de Linealandia y a los planilandeses en sus respectivos mundos. Como al parecer el cuadradito se está pasando de rosca, el maestro-esfera termina por cabrearse y, después de enseñarle el mundo de Puntolandia -YA VAN CUATRO MUNDOS, POR DIOS- lo devuelve a Planilandia. Allí, trata de comenzar su apostolado tridimiensional con su esposa, y se da cuenta de que, por mucho que le haya explicado que las cosas son muy distintas a como él las ve, debe ser que la tesis de que las mujeres son tontas es igual en todas las dimensiones; y decide que no es la mejor opción.


Cada mundito consta de gráficos como estos para entenderlo

Acto seguido, intenta inculcar sus nuevas ideas en su nieto, aunque no es capaz de explicarlas -atención- porque se le está olvidando todo lo que le contaron. En serio, ¿no había otro polígono para hacer de apóstol? Quizá la esfera se lo debería plantear, porque cuatro ángulos no parecen suficientes. Total, que casualmente ha salido un edicto que dice que cualquiera que propague ideas subversivas acabará en la cárcel o el manicomio. Como ya habréis supuesto, Square termina siendo apresado.

Al final, el pobre cuadrado termina en la cárcel, contándole sus cuitas a su hermano, que no se cree una palabra y se mantiene escéptico. Sería el equivalente a un debate de Cuarto Milenio con Enrique de Vicente y José Manuel Nieves, para que nos entendamos. 

En líneas generales el libro resulta un tanto aburrido. Además, la interpretación de los hechos y la metáfora sobre lo obtusos que podemos llegar a ser sin plantearnos si hay nada más allá de la realidad empírica me parece un tanto ingenua, por decirlo suavemente. Quizá el único valor que puedo otorgarle a semejante cosa es el de ser una historia de ciencia-ficción del siglo XIX, que al parecer goza de cierta fama en círculos de gente dedicada a las ciencias. Más allá de eso, creo que el pobre Abbott se comió demasiado el tarro para crear un trasunto de sociedad victoriana, cuando realmente tampoco era necesario. Si bien es cierto que esta obra contrasta con la de los llamados utópicos, que desarrollaban sociedades futuras ideales a partir del socialismo, tampoco veo la capacidad visionaria de un Verne, o un Orwell o un Huxley de unos cuantos años después. Aún así, repito, las partes machistas son enormes.

Lo bueno -o lo malo- de todo es que esta historia no termina aquí, ni mucho menos. Resulta que, indagando un poquito sobre Planilandia me enconrte con que en 2007 algún loco psicótico decidió que la idea era buena para hacer una película. Y no solo eso, sino que la hizo.

Aparte de un par de diferencias, la peli tiene un acierto, que no es otro que el de tomarse a cachondeo varias de las cosas que he ido comentando aquí, acompañando varias escenas con piezas musicales de salsa y mambo. Como está en internet, os dejo el enlace por si aún no habéis hecho suficientes tiradas de cordura, y ya me contáis qué os parece. ¡Que flipéis bien!

martes, 11 de marzo de 2014

Libros perturbadores: Guerra Mundial Z

Anda que no ha costado volver a escribir cosas por aquí. Y yo, mientras la vida pasaba, celebraba el primer aniversario de este pequeño espacio de recreo en medio de escrituras y lecturas. Correcciones, preparación de apuntes, confección de exámenes...

Breve imagen que resume mi estado laboral actual


Pero no hablemos más de mí, y centrémonos un poco en vosotros, amigos que habéis ido descubriendo mis perturbaciones mentales desde hace ya más de un año. De verdad que os lo agradezco, así como vuestros comentarios, que me han hecho sentir que mi pequeño sitio se revitalizaba y no era una flor exótica dentro de este vasto páramo que es Internet. Gracias a todos, besos, abrazos y amor desde mi cubil de escritura y mi vida de peonza.

Y dicho esto, vamos a pasar del momento emotivo, que esto tampoco es la tele y no hace falta buscar excusas para tocaros la patata como si de una peli de Spielberg se tratara. Este blog no seria lo que es si no se hablara de libros de vez en cuando. Hace ya tiempo que hube de interrumpir mi lectura de Guerra Mundial Z para dedicarme a otros menesteres. Ahora que lo he retomado y lo he terminado, puedo hablar tranquilamente sobre él, y poner un poco en antecedentes a los neófitos, que quizá hayan visto la película, pero tienen dudas con respecto al libro. 

En este sentido, debo decir que cometí un pecadillo de esos que tan poco me gustan; es decir, vi la película antes de leerme el libro, cosa que solo he hecho un par de veces y porque no quedaba más remedio. La buena noticia, sin embargo, es que ello no supuso ningún problema.

Guerra Mundial Z está escrito por Max Brooks, hijo del genio Mel Brooks, que, si alguien recuerda el antiguo post sobre musicales, había logrado descojonarme con su impagable Springtime for Hitler -amén de que aún me río sola con chorradas como "El Fampirrrro está entrrrrre nosotrrrros" o "Pónganle un enema, y los que sean menester"-. Esto podría indicar que el libro es más bien humorístico, y quien piense de esta forma no anda del todo descaminado, aunque Guerra Mundial Z es algo más. Es la mezcla grotesca entre el horror, la razón y el cachondeo, dentro de lo que subyace un amargo poso, una reflexión sobre el comportamiento humano en situaciones de crisis y sobre cómo dichas situaciones pueden sacar lo mejor y lo peor de cada uno de nosotros.

Y he aquí la cuestión. El narrador de esta historia ha desarrollado múltiples informes en los que debe explicar cómo se desarrolló la Guerra Zombi en todo el mundo. Una vez terminada su tarea, se siente en la necesidad de exponer los testimonios orales que fueron descartados en el informe oficial. Cada uno de estos testimonios se engloba en diferentes partes, que van dando coherencia a la trama general y repasan, en orden cronológico, los sucesos de la contienda.

Desde los testimonios del médico chino que al parecer descubrió al paciente cero, hasta las estrategias bélicas y psicológicas que se aplicaron para acabar con la plaga, todas las pequeñas historias -algunas cotidianas, surrealistas otras- llevan a una perspectiva general, no exenta de ironía y retranca. Humor con mal aliento y tobillos de acero.

Dentro de estas historias, algunas son un claro ejemplo de superación humana, aunque otras deberían parecernos indignantes, si no fuera por el modo en que el lector las percibe, desde esa malla protectora del sentido del humor. Un tipo sin escrúpulos que se hace rico vendiendo una falsa vacuna, un senador que argumenta que negar la verdad a la población era lo mejor para defender a su país, famosos frívolos encerrados en un búnker con cámaras, al más puro estilo Gran Hermano, un teórico surafricano que da con clave para contener a los muertos vivientes basándose en teorías de segregación racista de la época del Apartheid , y miles de ejemplos más de las diversas miserias humanas, contrapuestas a las gestas de los europeos que se encerraron en castillos medievales, la piloto que hubo de sobrevivir sola tras un accidente en medio de un paraje infestado, los perros adiestrados, el director de cine que levantó la moral humana con sus películas, o la historia de los dos japoneses que, definitivamente, fue la que me robó el corazón.

La estructura del libro es siempre la misma, cosa que en este caso no hace que la lectura se haga pesada y aburrida. Al contrario, rápidamente se coge el tranquillo y esperamos las declaraciones de cada uno de los protagonistas de la historia. Normalmente, Brooks comienza cada entrevista con una breve descripción del lugar en que se desarrolla, introduciendo al personaje que va a tomar la palabra, físicamente, y aclarando su situación tras la guerra. A partir de ese momento, el personaje comienza a relatar su historia, a veces interrumpida por las preguntas del narrador, que resultan muy útiles para dar un contrapunto objetivo a la visión subjetiva dada por cada protagonista, lo cual hace que de vez en cuando, la narración termine con un mazazo de realidad de esos que te espabilan y hacen estar alerta par seguir digiriendo el libro.

Al final, una despedida a modo de recopilatorio de los mejores testimonios, nos deja con el corazón en un puño, con ganas de más, y a la vez, saciados. Todo ha quedado claro, aunque no es fácil de explicar. De hecho, qué guerra se puede resumir en un par de párrafos. Ni siquiera una guerra ficticia.

Y es que quizá ese es el gran valor de la obra de Brooks. A través de un gran conflicto ficticio, nos traslada a cada uno de los pequeños conflictos que conforman la supervivencia humana y, por medio de un supuesto, radiografía las conductas de cada arquetipo de un ciudadano de casi todos los países del mundo, sin caer en el mero tópico, yendo más allá del estereotipo cultural, para llegar a las emociones y sensaciones propias de un ser humano, ni más ni menos.

Es decir, que el libro es una genialidad y lo recomiendo encarecidamente a quienes aún no hayan tenido el placer de echarle el vistazo que se merece. En serio, este libro no es una pérdida de tiempo en absoluto.

Y para aquellos que se estén preguntando por la película, decir que la historia de Brad Pitt y su melenita chachi guay no alteran ni espoilean la trama. De hecho, esa historia bien podría haber formado parte del libro. Puede que algunos puntos sean coincidentes con diversas narraciones del libro, pero en modo alguno suponen un problema.

¿Se ha metido con mi melena?

 Así que, nada de pereza, pillad Guerra Mundial Z en cualquier sitio que tengáis a mano, y a por él. La experiencia merece la pena. 

lunes, 13 de enero de 2014

¿Pero ehto qué poya eh? Calles salvajes

Tanto tiempo inmersa en mil cosas la deja a una fuera de combate. Estas Navidades me han servido para comprobar que estoy más cómoda en medio de la rutina, pudiendo controlar mi tiempo para hacer cosas, y sin miles de compromisos que atender a todas horas.

Uno de mis objetivos para este tiempo era ver alguna buena/mala película, para así poder comentarla y echarme unas risas. Además, estuve mirando la posibilidad de colgar un podcast o un vídeo para hacer alguna cosa divertida. Al final, todo ha ido quedando en agua de borrajas, y no he podido hacer ni la mitad de lo que quería, al menos, en el ámbito profesional.

Dicho esto, tuvo que ser recién devuelta al trabajo cuando tuviera un rato de asueto en una estupenda madrugada, para toparme con un películo lamentable, de esos que me pillan por sorpresa y tanto me gustan. Hablemos de ello.

En 1984, Metro Goldwyn Mayer estrenó un infame film que bien podría haber venido directamente de las mazmorras de la Cannon. Se trata de Calles Salvajes.




Dirige y escribe esta cosa Danny Steinmann, conocido -o mejor no- por guionizar y realizar la quinta entrega de Viernes 13. El punto fuerte, sin embargo, es la aparición de Linda Blair como protagonista. Sí, efectivamente, ESA Linda Blair, vulgarmente conocida como "la niña de El exorcista", sólo que con dos bazas bastante mejores: macarrismo y...

Las tetazas que le salieron

La historia gira en torno a varios ejes. Por un lado, Brenda (Linda Blair), chica lista y macarra de instituto, que fuma cigarros sin parar y lleva un pelo cardado que es la bomba. Bueno, también interesa saber que tiene una hermana sordomuda, muy inocente, pura y virginal; pero el pelo está ahí.

Brenda tiene su grupo de amigas, como no podía ser menos, tan macarras y chonescas como ella. Una de ellas, Francine (Lisa Freeman), está a punto de casarse con su novio que la ha dejado embarazada.


El otro eje es el grupo de macarras definitivo ochentero, una pandilla de cuatro delincuentes llamados los Scars. Al comienzo de la peli, se nos presenta a este grupito extorsionando a un chaval que les da dinero, y a su líder, Jake (Robert Dryer), tirándole los trastos a Brenda, que pasa de él y le vacila sin contemplaciones. También desde el principio, se nos presenta una característica que tendrá mucho peso a lo largo del film.


Tetas, again

Porque todo buen director de cine de mierda que se precie sabe que, aunque la trama no valga ni dos duros, algunos pasarán un buen rato viendo -y haciendo- el engendro de sus sueños.

Volviendo a la trama, resulta que Brenda y su grupo roban el coche de los Scars y se van de juerga, llenándoselo luego de basura hasta los topes. Jake ha tocado fondo, no puede soportar semejante humillación, y decide que ya es hora de hacerle pagar a Brenda y a sus tetazas todas sus afrentas.

Así pues, de pronto, nos vamos al día siguiente, al gimnasio del instituto. Los macarras han decidido coger por banda a la pobre e inocente hermana de la protagonista -vestida con una faldita rosa, más claro imposible- y violarla. Pero antes, el director tiene que introducir alguna complicación, algo que le dé un poco de vidilla a la trama, ese algo es una soberana estupidez. Un capullo de la clase de Brenda le tira los tejos a diestro y siniestro, llegando a los límites aceptables de babosidad y cansinismo. Lo malo, es que el chaval tiene una novia rubia, pija y -cómo no- tetona, que siempre le disculpa y cree que es Brenda la que le provoca. El follón está servido.

Mi novio's mío m'entiendessss???

La hermanita de Brenda va a esperarla para ir a casa después de la clase de aerobic -un alarde de prendas ochenteras que provocan epilepsia a nivel +50 y repugnancia a nivel +100-, pero Brenda se retrasa. ¿Por qué razón? Para empezar, porque el director piensa que es una buena idea poner un par de planos de chicas en tetas en el vestuario. Alarga el metraje, y otras cosas de provecho.

El tormento...

...y el éxtasis

Además, Francine está muy ocupada avisando a todas sus amigas de que no deben ir a la boda colocadas, que queda muy feo, y eso da pie una trascendental conversación que no le importa absolutamente a nadie. Para colmo de males, la pija arremete contra Brenda, diciéndole cosas del tipo "no vuelvas a provocar a mi hombre", y la prota, vacilando. Al final, se monta una pelea EN LAS DUCHAS que moja las camisas de las chicas -de las que la llevan, quiero decir- y ambas enemigas son conducidas al despacho del director; otro que no pierde la ocasión de recordarle a Brenda que "eres lista, y guapa, y tienes un buen cuerpo", y que si se porta mal de nuevo la va a expulsar. Una bronca creíble. Y un precioso homenaje a Porky's.

¿Y qué harías tú en una peli de tetas, hijo?
Con todos estos incidentes, no es de extrañar que los Scars tengan tiempo de violar en grupo y por riguroso orden a la desvalida hermana de la protagonista, en una escena que, sólo de refilón, recuerda un poco a La última casa a la izquierda. Como la pobre no puede gritar, se queda en el suelo, destrozada, hasta que las choni-amigas de Brenda la encuentran y la llevan al hospital.

Ya en la habitación, la madre de Brenda se aferra a la mano de su hija, cubierta de vendas y de cables. La escena daría para drama si no fuera porque esa madre sufridora, de pronto, suelta: "No puedo soportar esto. Me voy a trabajar". Y se va. Pasamos a otra cosa, y punto.


En la discoteca del barrio, Brenda se desahoga con sus amigos, y jura venganza contra los que le han hecho eso a su hermana, muy Fuente Ovejuna todo. Los Scars llegan a la disco y se ponen a liarla, con tan mala pata que se meten con Francine. En medio de la tangana que se organiza, la chica consigue hacerse con una navaja, y le corta la cara a Jake. Otra afrenta. A estas alturas el espectador sabe que cualquier cosita pone a este tipo de los nervios. ¿Qué nueva idea se le ocurrirá?

Pues no lo sabemos, porque el prodigioso montaje de la película nos deja con la intriga, y nos traslada al día siguiente en clase. Allí, uno de los esbirros de Jake, Vince (Jonhy Venocur), va a la misma clase que Brenda y sus amigas, y tiene la misión de chivarse de quién fue la que le cortó el jeto. En medio de todo esto, el cansino baboso vuelve a insinuarse a Brenda, lo que provoca que la protagonista y la novia pija vuelvan a enzarzarse, amén de otra escena de humor de instituto a lo Porky's. Las chica se pegan, Brenda le arranca la camiseta a la pija, y esta se queda de nuevo en... bah, si ya lo sabéis. Y sale corriendo, chocándose con un profesor gafudo que ya tiene para un mes y pico de pajas.

Finalmente, vemos a Francine probándose su vestido de novia. Cuando sale de la tienda, los Scars la persiguen en su coche. En este momento hay una escena donde Francine llega hasta un puente, huyendo. Lo curioso es que uno de los planos está grabado con una especie de ojo de pez, que no termino de saber muy bien qué pinta en un plano donde una chica pasa corriendo y un coche la persigue. Tampoco importa mucho, teniendo en cuenta el ritmo de peli que llevamos.

Los macarras acorralan a Francine, que no duda en escupir a Jake a la cara. Otra afrenta. Comienzo a pensar que Jake es en realidad un personaje calderoniano, que vive mucho eso de que le toquen el honor. Total, que le da un ataque de ira y tira a Francine por el puente, con el vestido de novia detrás.

Pero héte aquí que Vince, de pronto, se arrepiente de todo. Y huye desconsolado al hospital, para pedirle perdón a la hermana de Brenda. Nuestra protagonista está empezando a cansarse de todo, y comienza a poner en práctica su venganza.

Sí , amigos, porque se suponía que todo esto trataba de una venganza, que no sale hasta el final de la peli, lo cual hace que te desesperes más de una y dos veces. Menos mal que la transformación de Linda Blair merece la pena, después de sacarla reflexionando en la bañera, en tetas, por supuesto.


Cosas que necesitas para llevar a cabo una venganza: pelo cardado, botines negros de tacón, un peto ceñido con cremallera, un cinturón, una navaja, un plano directo a tus tetas y este temazo:


Con todo este arsenal, Brenda escapa de casa y se dirige a ver a Vince. El pobre le cuenta todo el plan de los Scars. Ahora, Brenda está preparada.


Mientras Jake se va a atropellar a Vince con su coche para que no hable, sus dos compañeros mindundis se quedan en un almacén. El plan de Brenda es sencillo. Les vacila, se mete dentro del almacén, y ellos solos irán cayendo, mientras no paran de hablar. ¡Qué mierda de tensión es esa! ¡Cómo pretendes que no te encuentren, si lo que quieres es acorralarla! Como son esbirros, se lo perdonamos. Por eso, y porque Linda Blair saca el arma definitiva.

Y esta vez, no son las tetas.

¿No?

No. Es una ballesta.

Con eso, la navaja y un par de cepos, los malos caen en cuestión de segundos a sus manos. Ahora, le llega el turno al jefe de la pandilla.

Desde luego, la mente estúpida que planeó esta escena final se basa en una premisa universal del cine de acción, el malo final debe morir unas cuantas veces, hasta que llega la definitiva y más espectacular de todas. Creo que recordando Con Air (convictos en el aire) todo el mundo entiende de qué estoy hablando. Pues bien, nada más llegar al almacén, Jake recibe dos flechazos en las piernas, y se saca las flechas. Pero no muere desangrado, sería demasiado fácil, sino que persigue a Brenda hasta su coche. Ésta le prepara una trampa y lo deja colgado de una valla, diciéndole que le va rajar como a un cerdo. Pero -¡Oh, sorpresa!- Jake le arrea con una puerta metálica y se desase de la cuerda. Brenda se queda hecha polvo en el suelo. Jake, a pesar de tener las dos piernas desangrándose, gana terreno y casi mata a Brenda, que le clava su navaja en los genitales.

Pero Jake no grita, no aúlla, ni siquiera gime. Simplemente, pone cara de estreñido y se saca la navaja. La tensión puede cortarse con un cuchillo, que no sea la navaja, porque no parece que haga mucho efecto. Brenda parece tener ahora la sartén por el mango... a no ser que le dé un repentino ataque de histeria y que huya gritando como una loca, cosa que hace, aunque el espectador se tire de los pelos y decida que no entiende un puto carajo de esta historia. Asustada, Brenda se introduce en una droguería para esconderse. Jake la persigue ¿confiado? ¿Desafiante? ¿Lleno de ira y rabia por el dolor genital? Pues tampoco tanto, porque los gritos desesperados de "¿Dónde estás?" en medio de la droguería hacen que no sepamos realmente quién lleva la voz cantante en esta pelea.

Fuerte...

Intenso...

Por fin, Jake pilla a Brenda por detrás, y ésta le tira un bote de pintura verde encima. Forcejean. Brenda saca su mechero, que tiene la piedra un poco gastada par dar tensión, y Jake, cubierto de pintura inflamable, arde como una tea saltando por el escaparate, otra norma que todo guionista de peli de acción debe conocer. Da igual que no tenga sentido, pero el tío ardiendo tiene que romper un cristal. Sirenas, llega la policía. Corte porque sí.

La escena final de la película muestra un apacible cementerio en un claro día de primavera. Brenda, su hermana recuperada, y sus dos amigas, van a la tumba de Francine, a llevarle sus ramilletes de damas de honor. Todas van vestidas igual que siempre, por lo que no parece que haya pasado mucho tiempo; excepto Brenda, que de pronto parece la madre de su hermana. "Hicimos lo que había que hacer" dice Linda Blair, "No, Brenda. Tú lo hiciste", le contesta una amiga. Musicote, y fin.

Desde luego, la peli no tiene desperdicio. Hay escenas y gestos memorables, como cuando Brenda va a ver a Vince, ya vestida para matar, y llama a la puerta. El padre de Vince abre y dice que su hijo no recibe visitas entre semana. Brenda se excusa diciendo que tienen que entregar un trabajo al día siguiente, poniendo cara de buena. Con el top ceñido y todo, pero no importa, la excusa cuela igual.

Destaco los caretos intensos de Jake par dejar claro que es malo, violento y calderoniano. Un primer plano de tu cara haciendo "AAAARRRRGGGHHH" denota un control supremo de las artes interpretativas. Por último, las escenas de líos de instituto, el profesor gafotas y las pintadas que unos alumnos ponen a un póster, son sublimes, y el uso recurrente de las tetas casi de principio a fin, le dan vidilla a una historia épica, con un fondo de heavy metal, en un mundo donde está permitido llevar gafas de sol de noche.

¡Por cierto! el filme completo en español está en youtube. Os lo dejo. ¡Que disfrutéis!




domingo, 1 de diciembre de 2013

Días extraños

Llevo unos cuantos días en los que caigo en la cuenta de que la vida es, básicamente, contradictoria. Sé que esto parece una soberana perogrullada a cualquiera que lo lea; sin embargo, muy pocas veces caemos en la cuenta de realidades como ésta de forma directa y real.

Otra realidad que mucha gente tiene miedo de descubrir es la muerte. Como tal, la muerte es una de las partes clave de la vida. El fin, el colofón, uno de los hechos que ayudan a definir la vida en su totalidad. Hoy también he caído en la cuenta de la existencia de la muerte.

Yo conozco a dos chicos. Me disculparéis si no escribo sus nombres aquí. Ambos son hermanos. El mayor, de dieciocho años, está a punto de ir a la universidad, escribe bastante bien, y se desahoga jugando a mezclar conceptos de forma sorprendente. Además, le encanta la filosofía. La pequeña, de doce, es una de mis alumnas. Buena, simpática, con muchas amigas y siempre de buen humor. Sus ojos son claros y su cara es redonda, con pecas en las mejillas y unos labios gruesos que casi siempre sonríen. 

Su tío es compañero de trabajo, y su madre lleva años padeciendo una terrible enfermedad. A partir de hoy, su sufrimiento ha terminado. Hoy, esos dos chicos buenos y simpáticos se han quedado sin madre. Y en estos momentos sólo quiero decirles, a mi compañero, y por supuesto a ellos, lo mucho que lo siento. Lo mucho que desearía compartir parte del dolor que deben estar viviendo. Y las muchas buenas cosas que su madre podrá seguir haciendo por ellos, aunque ya no esté aquí, y no puedan verla.

Sin embargo, no soy nadie. En realidad, no soy nadie para decirles eso. Para consolarles más que sus seres más queridos. Por supuesto que puedo ayudar y pienso hacerlo, pero en realidad, no soy nadie para trasvasar determinadas líneas que no llegan hasta el fondo de sus corazones. De hecho, eso será sólo labor suya. Pasar el duelo, que se dice.

Espero ser testigo de lo que ahora sea de ellos. Y también de que, sea lo que sea, devenga en algo bueno, positivo y feliz. Pero la cercanía y el deseo de ayudar se unen a una especie de rara impotencia, de saber que no todo está en tu mano, aunque veas a una persona todos los días. No todo está en mi mano, y, en el fondo, desearía que lo estuviera. Por la parte que me toca, desde luego, haré todo lo que pueda.

Todo esto, viene en medio de unas jornadas felices en el terreno laboral. He firmado el contrato de mi libro, se ha presentado una revista en la que aparece un poema mío; y mañana me hacen una sesión de fotos. Dentro de poco nacerá un libro, un libro que llevo años preparando, moviendo, tirando en el fondo de un cajón; y que ahora está en vías de presentarse delante de la gente, de todo aquel que quiera verlo. Un libro nace, y una persona ha muerto. Obviamente, las diferencias son más que claras, y en el fondo me siento un poco culpable por sentirme bien y satisfecha de mí misma en ese aspecto.

Y todo esto venía al hilo de los días. Esos días extraños en que la velocidad de la vida se ralentiza, se interrumpe, y nos obliga a ver hasta los más pequeños detalles de la realidad, vestida siempre tan pobremente, que nos es casi imposible descubrir las pequeñas joyas que, de vez en cuando, adornan sus solapas. 

En el fondo, este texto intenta ser un desahogo, por ese pésame que he querido dar hoy, por ese abrazo que debiera haber sido más largo. Por ese silencio de verdad inmutable que me agrede en mitad de la noche. Por todo eso. Mi más sentido pésame. Lo siento. Rezo por vuestra madre, por tu hermana, y por todos vosotros.

jueves, 21 de noviembre de 2013

¿Pero ehto qué poya éh? Villancicos atroces

Últimamente ando muy pesada con mi manía por los años ochenta, y creo que la razón es más que obvia, aunque desconocida para vosotros, sutiles lectores:

En realidad, yo lo que soy es una niña de los noventa.

Y lo peor de todo es que mi adolescencia la pasé en los plenos dos miles. Ello quiere decir que viví el primer Gran Hermano sobre los quince años, y, tan sólo un año después, el primer Operación Triunfo, que nos puso a todos a cantar al ritmo -porque la letra a ver si había cojones a entenderla- de Rosa de España.

Con semejante panorama, que nadie se extrañe de que me haya ido unas cuantas décadas atrás con respecto a muchas cosas lúdicas; y que en cuanto a trabajo y literatura, directamente me haya teletransportado a otro siglo.

Una de las mejores muestras de lo que digo viene de la mano de un pernicioso recuerdo que me vino a la mente justo ayer. Os pongo en antecedentes.

Como ya suponéis, trabajo dando clases, y la verdad es que me lo paso francamente bien. Siempre hay días en que desearías haber estudiado cómo manejar un arma de fuego en lugar de una carrera de letras; pero en el fondo los chicos son estupendos, y da gusto verlos aprender poco a poco, así como observar lo buenos que pueden ser en determinadas situaciones. De hecho, el otro día tuvimos una excursión, y varias niñas estuvieron rascando sus bolsillos para ayudar a su amiga a pagar el importe del autobús. Cuando quieren, les salen verdaderos momentos Nescafé.

En mi lugar de trabajo, la proximidad de la Navidad implica tres cosas importantes: la primera, que ya me puedo poner a corregir y pasar notas como una cerda, porque luego llego al final de la evaluación con la lengua fuera. La segunda, es el concurso de Belenes, elaborados por cada clase con temática libre -sé que nunca podré hacer un Belén zombie-; y la tercera, de la que pienso ocuparme hoy, es el concurso de villancicos.

Cada año, antes de que todos salgamos por patas de vacaciones, todas las clases preparan un villancico para ver quién tiene más gracia y salero. Es una actividad común en la que luego todos nos echamos unas risas, y a los chavales les encanta, la verdad. 

El año pasado me tocó ser tutora por primera vez, y hube de estrujarme el cerebro en busca de un villancico adecuado a las treinta y dos almas que me habían tocado en suerte; porque las bases del recital del curso anterior se resumían en que el villancico elegido tenía que ser infantil, y yo de eso pilotaba más bien poco. Total, que al final encontré una ochenterada de las mías -como no podía ser menos- y me saqué de la manga una coreografía estilo Onda Vaselina. Todo iba como la seda... hasta que a los chicos les entró la vergüenza, y decidieron que lo de aprenderse la letra no iba con ellos, y que mejor se callaban todos y mariquita el último. Conclusión: nos dieron las gracias y los buenos días, y con suerte, por ser Navidad...

El caso es que este año, vuelvo a una tutoría renovada, donde mis pequeñuelos parecen tener ciertas ganas de marcha. Además, el villancico será de tema libre, con lo que tengo más manga ancha para buscar. Y como he decidido ser previsora y que no me pille el toro, comencé a buscar hace tan sólo un par de días. Ha habido ideas buenas, pero para eso no os voy a contar nada ¡Menuda chorrada entonces! Lo que quiero compartir es la retahíla de despropósitos musicales que puedes encontrar en internet si quieres ser un poco original.

Todo comenzó cuando el ínclito Paco Fox, que escribe puntualmente en este blog , decidió mostrarnos este coso navideño perpetrado por los Erasure. De un disco COMPLETO de canciones de Navidad, ahí es nada:



A partir de ese momento, mis neuronas se activaron, y comencé a buscar, como siempre, en lo más raro que cabe en ese trastero sin fondo que es mi memoria creativa. "Busquemos villancicos con un estilo original" pensé, "así seguro que salen cosas chulas".

Y... bueno... si por "cosas chulas" entendemos lo que siguió... entonces es que este blog lo lee mucho perturbado, y que estáis casi tan enfermos como yo por buscar semejantes mierdacas a las tantas de la madrugada.

Mi primera idea, quizá por ser la más manida, fue mirar los consabidos villancicos flamencos. Suelen ser, en la mayor parte de los casos, los clásicos villancicos de toda la vida, pero con cantaores y con guitarras y palmas de fondo. Pero claro, yo tenía que ir más allá. La cutrez no tiene límite, hasta que conoces a los Arábiga y su videoclip Su carita divina, donde mezclan lo mejor del estilo rockero y la voz aflamencada en estado puro:


Como se puede observar, los chiquillos son un derroche de poderío, a pesar de que el fondo en el salón de su casa no ayude mucho a meternos en situación. Eso sí, todo va con espumillón, y muy bien decoradito, para que se vea que es un villancico. Y con chupa de cuero. ¡Ese es el espíritu!

Siguiendo adelante con mis pesquisas, trato de buscar alguna idea dentro del rock o el heavy que sea lo bastante molona y accesible para el concurso. Por supuesto, una de las mejores cosas que encontré fue ésta:


Pero no nos engañemos. Por mucho que mole, mis niños aún no han cambiado la voz para tenerla como Christopher Lee. Y todo lo que baje de eso sería una deshonra para el buen señor. Así que, descartado. 

Ante tal tesitura, me cambio de género, y busco por ahí a ver si hubiera algo en pan techno, dance, o cualquiera de los estilos que yo, en mi ignorancia, termino calificando como "chunda chunda". Y héte aquí que tampoco hay nada. Salvo versiones de los clásicos que alguien se ha atrevido a calificar de remix, y que yo defino de forma más simple como "una puta mierda":


Y esto es sólo un ejemplo, conque calculad vosotros mismos...

Finalmente, mi último cartucho de aquella noche estaba en mi infancia. Y con ello no me refiero a las cintas de cassette que ponía mi abuelo, donde cantaban niños con aquella estridente voz de pito. De hecho, siempre que oigo ese tipo de bazofia musical, se me viene automáticamente a la cabeza El día de la Bestia de Álex de la Iglesia, quizá porque son lo más cercano al satanismo que te puedes echar a la cara. Pero dejemos de divagar, porque con "mi infancia" me estaba refiriendo a los años noventa, época en la que volvieron a ponerse de moda los cantantes infantiles, algunos, de poca monta, como Ramsey y su éxito regalado en los McDonald's junto con los Happy Meals, Hamburguesa -NO ES COÑA-, y que era una auténtica basura casi tan grande como la comida. Para que veáis que no miento, paso un enlace donde he encontrado una versión de 2007, pero la original era mucho peor:

http://www.ritmic.com/pequenas-grandes-voces-musica-infantil-343068/hamburguesa-5950841.html

El grupo por excelencia, que literalmente lo petaba en aquellos años oscuros, fue Bom Bom Chip, con rimas tan curradas como "Llena tu nevera con kilos de peras", "Ay, ay, ay, ay, tengo un novio de Hawaii", etc. que se incluían en temas tan atroces como Multiplícate por cero, Déjame en paz, Miércoles, y así una larga lista de ignominias. El recuerdo, como es lógico, me dio escalofríos, pero debía sobreponerme. ¿Tendrían los Bom Bom Chip alguna canción de Navidad que, además, se ajustara a mis expectativas?


Si mis expectativas eran algo medianamente decente, desde luego que no.

Después de la última puntilla, decidí irme a dormir. He de decir, en justicia, que ya he encontrado alguna buena idea que debo compartir con los chiquillos, para que elijamos nuestro hit navideño y lo pasemos bien haciendo una divertida actividad entre todos. Pero esto es como todo, para llegar a la gloria, todo héroe ha debido previamente descender a los Infiernos. Hasta para mirar villancicos en noviembre.


miércoles, 30 de octubre de 2013

Finding Mark

Ayer fue un día bastante curioso. Me han encargado escribir la reseña de un libro, y parece que dentro de poco podré ponerme a intentar vender el mío como una loca por donde pille. Al hilo de eso, siempre se dice que las buenas noticias -al igual que las malas- nunca vienen solas. En este caso, lo que no ha venido solo ha sido un genial descubrimiento.

Desde hace tiempo me gusta escuchar música de los años setenta y ochenta, esto es un hecho, que quedó suficientemente demostrado en mi post sobre las cabeceras de las series (aquí). A pesar de que tampoco soy muy partidaria de poner los ochenta por las nubes simplemente porque sí, he de reconocer que buena parte de la música que se hacía en esos años me encanta.

Fue por este motivo que, escuchando mi emisora de radio predilecta, solía encontrarme con joyitas inesperadas, como Bette Davis eyes de Kim Carnes, o la BSO de Cumbres borrascosas, interpretada por Kate Bush (frikaza a la que debería dedicar algunas líneas de admiración cuando pueda). Pues bien, uno de esos encuentros me ha abierto los ojos a una nueva realidad musical.

Estoy pirada y os molo igualmente

Nunca había sido fan de los Dire Straits, aunque bien es cierto que conocía sus canciones más famosas, incluso cuando no sabía ni quién las interpretaba. Un buen día, me enamoré de Sultans of Swing, y decidí buscarla en internet para escucharla un ratito. A partir de ahí, todo fue una sucesión de vídeos, canciones y álbumes, a cada cual más interesante. Sí amigos, hace un mes que conozco realmente a Mark Knopfler, y desde entonces no paro de flipar.

Porque Mark Knopfler es ni más ni menos que un cacho de trozo de pedazo de macarra. En resumen, es un jrande de Ejpania (en esta caso, de la Gran Bretania) básicamente porque puede y porque le da la real gana. Elementos imprescindibles del macarrismo bien entendido.


Knopfler tiene una manera muy peculiar de tocar la guitarra, colocando los dedos meñique y anular como apoyo, y realizando todo el trabajo de punteo sin púa y únicamente con el pulgar, el índice y el dedo corazón. Ya de entrada, hasta en eso nos demuestra que él hace las cosas a su manera. Si a ello sumamos lo bien que toca -porque desde luego es un virtuoso- tenemos ya una clara idea de dónde reside la genialidad del bueno de Mark.

Al insigne guitarrista no le bastaba únicamente con tocar, quería ser cantante, escribir canciones y mostrar al mundo sus ideas, vivencias y sentimientos. Y así fue, los temas de Dire Straits tienen letras de lo más curioso. Destaco únicamente la más famosa, Money for nothing, para no extenderme demasiado. Lo que el viejo y venerable Knopfler de hoy en día llama una "canción de situación" es en realidad una muestra del macarrismo implícito que él mismo llevaba en lo profundo de su ser. Dos tipos de una tienda de electrodomésticos se ponen a despotricar sobre los cantantes de moda que salen en la MTV, diciendo que eso no es trabajar, y que son millonarios y se pegan la vida padre por no hacer nada. Y ya. Y bastante cachondeo tenemos sólo con eso. Mark Knopfler, como siempre, sublime.

pa' flipallo!
Pero claro, no sólo las letras dicen mucho dentro de la obra de Knopfler, ojito con los vídeos de los Straits, que tienen su jolgorio y su miga. Se me viene a la mente, por ejemplo, un vídeo promocional de Walk of life. Al comienzo, se superponen imágenes de jugadores de baseball que van ajustando sus zapatillas, recogiendo el bate, etc. mientras Knopfler va también preparándose par su propio show. Todo el vídeo gira en torno a una actuación del grupo, montada con imágenes de los deportes predilectos del público estadounidense. Baseball, baloncesto, rugby...  El problema, o mejor dicho, lo curioso y mejor del asunto, es que todos los deportistas que salen se dan auténticas trompadas. Caídas, gente bizarra frikeando en el público, planos en los que se destacan la nalgas de las animadoras... todo ello lleva a pensar si no estarán los Straits trolleando un poquejo, cachondeándose, en parte, de esa american way of life deportiva. Pongamos el vídeo y opinad vosotros mismos.


Otra consideración que me hace pensar que Mark Knopfler es un jrande es su capacidad par sintetizar macarronería y horterismo del bueno con pocos elementos. En este mismo vídeo del que hablaba -y en otros muchos- nos muestra Mark lo más granado de su estética: cintita y muñequeras de algodón de ésas que llevaban Eva Nasarre o Jane Fonda para hacer aeróbic, chaqueta o camisa conjuntada y mocasines de colores, cuando no zapatillas de deporte. A pesar de que en la promoción de Walk of life Knopfler tiene serios competidores, como su compañero descalzo con un traje blanco y un foulard violeta con brillitos, o el cachas rubiales de la pandereta y el traje rosa, queda claro que cualquiera podía ser un hortera mariquituso en los ochenta; pero ser un hortera macarra era mucho más complicado y épico.

Viejuno, con camisa hortera abierta.
El poso siempre queda ahí.


Ya habíamos dicho que Knopfler tuvo la necesidad de compartir con la gente las paranoias que se le pasaban por la cabeza, y también hemos podido ver una pequeña muestra de su mise en scène macarrufias. Sin embargo, hay otro aspecto que me fascina sobremanera de las cosas que hace este señor, y es su forma de cantar. Esa voz grave, que casi parece que, más que cantar, recita, con una languidez entre lo yonkorro y lo neurasténico, hace que las más de las veces no se entienda un pijo de la letra. Amén de que escuchar la misma canción en diferentes versiones es toda una experiencia. Desde cambios en palabras hasta entradas en compases distintos, pasando por aceleración o ralentización en la medida de los versos o la pérdida absoluta de sonoridad a final de frase. Todo vale para que Mark Knopfler saque lo que lleva dentro, incluso sus aparentes pocas ganas de cantar.

Sin embargo, y a pesar de todo esto, otra de las virtudes de Knopfler es su actitud. Macarra y trollazo, por supuesto, pero además, SEÑOR.

Cuando Mark Knopfler sentía que se cansaba de irse de gira mundial con los Dire Straits, en lugar de relajarse en la campiña inglesa, o de desbarrar en Ibiza, o pasarse unos meses de asueto en una clínica de desintoxicación, decidía cambiar radicalmente de estilo, tocando su guitarra únicamente, asociándose con guitarristas de música country -como Chet Atkins- o saliendo en especiales de televisión par concienciar a los niños sobre la importancia de la música:


Ya con el pelo cortado, vestido como una persona normal, Knopfler se muestra en una nueva etapa, como un cantante introvertido y sensible, leyendo su periódico tranquilamente, subido al escenario con traje y camisa -algunas muy bonitas, como la del Music for Montserrat, por cierto-. Aún así, la bastería y el macarrismo son muy difíciles de dejar atrás. Veamos si no los primeros segundos de este vídeo, en los que no queda claro si Knopfler viene realmente de Newcastle o de Valdemorillos de Abajo, tal y como da las gracias con tono de llamar a las cabras:


Así pues, creo que ha quedado suficientemente claro que Mark Knopfler es un genio, pero no nos quedemos sólo es la carcasa de su Estratocaster. Para obtener la auténtica jrandeza es necesario mezclar una serie de elementos de diverso tipo. Y ahora es cuando más de uno/a dirá: "a ti lo que te pasa es que te pone Mark Knopfler y te lo querrías folgar". Pues creo que a eso voy a contestar de una manera simple, clara y directa, por si alguien no ha caído en ello durante la lectura de este post.

Mark Knopfler es FEO.

¡Y me he casado tres veces!

¡Chúpate ésa!

Y ya sabéis. Poneos el Brothers in arms, ¡y nos vemos en la próxima!

martes, 22 de octubre de 2013

Libros perturbadores: dos libros de cine

En este largo tiempo, una cosa que no puede dejar de intentar hacerse, aparte de ver cómo se te cae el pelo y ves humo negro por estrés, es leer alguna cosita ligera antes de ir a dormir. En mi caso, he optado por dos libros de cine muy majetes, que paso a glosar. Uno de ellos me dejó muy buen sabor de boca; el otro, no tanto. Vamos al lío.

1. Sesión sangrienta, de Jason Zinoman

Hace ya un par de años que esta obra apareció en librerías, y no sé cuál habrá sido el resultado general, pero bien es cierto que los que lo hemos leído hemos terminado contentos con el resultado, además de las buenas críticas obtenidas en diferentes reseñas de los internetes y alguna que otra revista.

Sesión sangrienta repasa la historia del llamado nuevo terror, que cambió la perspectiva del género tal y como se concebía en los años cincuenta y sesenta del siglo XX. Si en un principio los filmes del siempre lírico Vincent Price, e historias como El enigma de otro mundo, presentaban un concepto clásico del terror, en el que incluso el monstruo era más digno de lástima que de escalofríos, un grupo de nuevos directores -Polansky, Corman, Craven, etc.- decidieron que el terror tenía que ser precisamente eso, y que muchas veces, el monstruo se encuentra más fácilmente en el mundo real que en los seres fantásticos.

De esta forma, Zinoman nos muestra un detallado análisis de los más importantes elementos del cine de terror de los años sesenta y setenta, mostrándonos a los más despiadados asesinos en serie, niñas poseídas, madres primerizas sumergidas en un aquelarre de la tercera edad, padres vengadores y adolescentes en apuros, llegando a lo que para él es el último punto de inflexión: Alien, de Ridley Scott.


Además de esto, el final del libro cuenta con una breve reseña de tendencias y directores destacados de las últimas décadas del siglo XX y las primeras del siglo XXI, como el torture porn, representado por cintas como Saw o Hostel. En cada capítulo, las anécdotas se suceden sin necesidad de convertirse en una retahíla de historietas sin hilo conductor, se reflexiona sobre el concepto de monstruo, y se hace hincapié en el impacto de cada una de las películas más importantes del género, puesto que el autor tiene el acierto de presentar sus conclusiones en orden cronológico.

Así pues, casi sin darnos cuenta, asistimos a la aparición de nuevos géneros, como el slasher o el gore, y se comprueban las vicisitudes e ideas que llevaron a aquellos directores "inadaptados" a convertirse en los creadores de un género de culto, con filmes que ya son un clásico, como espero lo acabe siendo el libro de Zinoman. Muy muy recomendable, señores.

2. La antigua Roma en el cine, de Juan J. Alonso, Enrique A. Mastache y Jorge Alonso Menéndez.

Un curioso libro que encontré por casualidad en una feria del libro de hace un par de años. Como mi hermano es un pedazo de friki de la historia antigua, se lo compré. Y hete aqui que al final me lo he terminado leyendo yo, echando vistazos a las estanterías en busca de algo entretenido con lo que pasar la noche antes de dormir.


El libro trata de comentar la historia de la antigua Roma a través del cine. Como todos sabemos, el peplum es un género amplísmo que, aparte de haberse vuelto a poner de moda, contribuye tanto a la Historia y el buen gusto como a la cutrez más absoluta y perturbadora. En este sentido, los autores del libro se dieron cuenta de que hacer un libro medianamente serio en el que entraran bazofias como Rómulo y Remo o Salambó no podía resultar creíble, con lo que decidieron darle al asunto un cierto toquecillo de cachondeo, que es lo que esas horrendas -y divertidas- adaptaciones del mundo romano merecen.

Ahí estriba, creo yo, el problema de este libro. En muchas ocasiones, los datos sobre la organización política, o las costumbres de la época en cuestión, terminan sonando a aburrido libro de historia, y hace que nos perdamos los chistes que sobre las películas se cuentan. Estos chistes, por cierto, resultan graciosos a veces, aunque en la mayor parte de los casos se quedan un tanto descafeinados, o sea, les falta esa burricidad que a mí tanto me gusta. Por este motivo, a veces los pasajes de acalaración histórica no hay quien los levante, pues se acompañan de chistes malos, o han sido tan largos que ya no terminamos de recordar qué parte del film en cuestión nos estaban intentando explicar.


Hay que decir en su favor, que los capítulos y películas elegidas también se exponen en orden cronológico con respecto a la historia de Roma, lo cual resulta interesante, y que realmente cumple con una cierta intención didáctica. Sin embargo, esta suerte de "enseñar deleitando" no remata, siendo aburrida la mayor parte de las veces, cuando no un tanto floja, sobre todo con respecto a las expectativas que genera. Si alguien quiere aprender cosas sobre la historia de Roma de un modo un tanto original, puede ser recomendable, así como si se desea encontrar un catálogo con las cintas más destacadas del género, pero poco más. No me ha resultado tan recomendable como el anterior. Y, con mi hermano y mi padre, como ya he comentado otras veces, también he tragado mucho peplum en mi vida.

Pues nada, espero poder ultimar un nuevo post sobre mundos viejunos en breve. ¿Que qué es eso? ¡Pues ya lo veréis, qué impaciencia!

¡Hasta la próxima!