jueves, 6 de junio de 2013

¿Pero ehto qué poya éh?: El Republicano.

Más aún que lo mucho que pueda perturbar un libro, está el desquiciante nivel que algunas películas ignominiosas llegan a alcanzar. Después de alimentar mi espíritu con lecturas edificantes y de buen gusto en general, siempre suelo necesitar una bálbula de escape que me ayude a perder la respiración mientras lloro de risa. Como aquel día descubrí que llevaba mucho tiempo sin ver buen/mal cine de verdad, decidí que aquella era una ocasión especial. Y nada más especial que la soberana basura que encontré de purita casualidad.

Había descartado previamente otras películas con pinta bastante atrayente a mis necesidades, por ejemplo, una de ¿miedo? protagonizada por Kevin Costner (de Jezú), en la que interpretaba a un desesperado padre que ve cómo una extraña presencia quiere atemorizar, o matar, o lo que sea, a su hija. Tengo la impresión de que va a ser una especie de Dragonfly de vigésima generación; pero ahora no me importa haberla dejado para otro día. El Republicano fue mi elección, y creo que estuvo a la altura de las circunstancias.

Vamos a ir por partes, para no perdernos nada de lo esencial. El film está dirigido nada más y nada menos que por David Arquette, y producido por Courtney Cox, su pareja. Por si alguien no los conociere, conste que hablo de la periodista y el poli atontolinado de Scream.

Puedes llamarme "Mónica la de Friends"


Debe ser que, tras cuatro entregas de la saga que reflotó el Slasher en plenos años noventa, al bueno de David le entraron ganas de hacer más, por lo que comenzó a escribir su pútrido guión junto a Joe Harris, autor de algunos cómics de X-Men y demás, y guionista y realizador de otras películas de miedo como Tooth Fairy o Wichtwise.

Como ya sabemos, el mundo del Slasher había sido suficientemente sobreexplotado en los ochenta, con una serie de fórmulas fijas instauradas desde las primeras cintas de los años setenta, como Halloween o La matanza de Texas. El caso es que el género había dado ya multitud de muestras de decadencia, que se pueden observar en absolutas bazofias como las últimas entregas de Pesadilla en Elm Street, Payasos asesinos del espacio exterior, o las sucesivas entregas de la cutre-saga Leprechaun. Al parecer, la cosa no daba para mucho más.

Pero llegaron los noventa, y Wes Craven decidió recuperar el género con la serie Scream (Vigila quién llama). Una cinta que rompía parte de las convenciones impuestas años atrás, donde la "tía famosa" muere al poco de comenzar la historia, y los protagonistas se van salvando gracias a sus conocimientos de Slasher, aprendidos con el paso de las décadas -y de las soberanas castañas, valga decirlo-.

En este contexto, el género de los asesinos en serie vivió una revitalización, surgiendo películas que, como antaño, seguían la estela de los films más conocidos. De este modo, Sé lo que hicisteis el último verano, Un San Valentín de muerte o Leyenda urbana comenzaron a atraer de nuevo al curioso y siempre dispuesto público adolescente. Incluso EJpaña se vio tentada por la nueva ola, pariendo abortos de la naturaleza tan repugnantes como School Killer o Tuno negro.

Así las cosas, en pleno año 2006, David Arquette saca a la luz una película en la que, de nuevo, un grupo de jóvenes va cayendo como moscas ante el ataque de un asesino psicópata. Pero qué asesino, señores y señoras... ¡Qué asesino!

Ante tal oferta de historias clónicas sucediéndose durante años, no cabe duda de que la mollera de los guionistas para inventar una figura de villano única, reconocible y perdurable ha debido estallar en más de una ocasión. Icónicas resultan ya las pintas de Freddy con su jersey, su sombrero y sus cuchillas, las máscaras de Jason y Michael Myers, o el disfraz de fantasma del asesino de Scream, sólo por poner los ejemplos más conocidos. ¿Cómo crear un asesino psicópata original, atrevido, que cumpla con la normas clásicas del estereotipo y a la vez destaque entre tanto icono? La respuesta de David y Joe fue, sin duda, sorprendente, pero para mal; o por mejor decir, para bien/mal, que es justo lo que a mí me gusta.

El argumento es como sigue: un pequeño niño que vive en una zona boscosa de EEUU tiene a su madre muy enferma y a su padre, un honrado talador de árboles, que debe trabajar para comprar las medicinas de su sufriente esposa. El nene, además, se pasa las horas muertas viendo la televisión, donde al parecer sólo ponen discursos y propaganda de Ronald Reagan, en aquel momento presidente de la nación.

Resulta que hay un grupo de hippies que se reúnen en el bosque cercano a la casa del tierno chiquitín, porque van a manifestarse en contra de la tala de unas secuoyas ancestrales que hay allí. Los taladores se enfrentan a los hippies, la tensión crece, y se masca la tragedia. Cuando la policía detiene al pobre talador de árboles, su hijo, lleno de ira siguiendo el ejemplo del padre de la patria Reagan, agarra una motosierra y desangra al hippie violento sobre el musgo. La semilla del psico-killer estaba plantada.

Traumaaaaaaaaaa


Flashforward. Una pizca de años después, un grupo de hippies se dispone a asistir a un festival en pleno bosque, con música, alcohol y drogas a tutiplén. Todos ellos son, como cabía esperar, una sucesión de estereotipos, pero la protagonista... ¡pues también! Porque la chiquilla tiene un conflicto interior, ya que se debate entre su deseo de ser hippie y la animadversión a las drogas, motivada por un "mal viaje" en medio del cual apareció su novio a regañarla por drogarse e intentar llevársela a casa. Se nota que el novio es muy tradicional, y no hippie como ella, porque lleva siempre el mismo traje negro y la camisa desabrochada sin corbata.

Una vez llegados al bosque, comienzan los asesinatos de personajes que no importan un carajo, pero que simplemente pasaban por allí, como el chico nudista que se pone a comulgar con la Madre Naturaleza persiguiendo a un conejito. El asesino, desde luego, es listo. Ponerle a un hippie desnudo un conejito de señuelo para que lo persiga y caiga en una red es uno de los planes más maquiavélicos que he visto en mi vida...

En este preciso momento entra en acción el mejor personaje de la historia: EL SHERIFF. Que es nada más y nada menos que...

Servidor


¡Efectivamente! ¡The Punisher! El representante de la ley al que nadie hace caso, pero que intenta frenar el festival del Amor Libre para evitar los asesinatos. Lo malo es que el organizador capitalista -en serio, habla de ello en muchas ocasiones- y el acalde-que-hace-oídos-sordos-a-todo-porque-sólo-quiere-pasta modelo Tiburón pasan de él también, y opta por llevar la investigación del caso con su fiel amigo, el ayudante regordete.

La cosa se va poniendo fea y aún no hemos visto ni hemos oído hablar al perverso asesino. En un momento dado, descubrimos en qué se ha convertido el niñito de la motosierra. Ese niño.. ese tierno infante que sólo quería defender a su padre y salvar a su madre ahora es... Ronald Reagan.

No. No es coña. Veamos la carátula del film


Pues ahí lo tenéis. Un tío que se viste y maquilla como Reagan -que mira que son incómodos los zapatos para andar por el bosque- y que va con su hacha en la mano matando hippies, mientras habla con una Nancy Reagan imaginaria, diciendo chorradas sin sentido como "mamá está triste y quiere que vuelvas a casa" o "llega el momento de una nueva reelección". El colmo de la genialidad. Y de los motivos para arrancarse los ojos con los tacones mientras te cortas las venas con un cartabón de treinta centímetros.

De entre todo este nido de hilarante podredumbre, destaco la escena de la fiesta final. La chica intenta avisar a unos hippies que están de batukada en el bosque, con sus hogueras y tal; pero ellos le meten droga con una pistola de dardos -¡hippies sofisticados!- y llega nuestro querido Reagan a cargárselos a hachazos a todos. La muerte del ex novio trajeado, al grito de "¡Pero si yo soy republicano!", es de lo más glorioso; así como los hippies corriendo delante de la jauría de perros rabiosos de Reagan -tiene una de ésas en su casa para cuando se le acumula el trabajo-, sobre todo porque, cuando la policía los mata a tiros, una joven activista se alza para gritar: "¡No los matéis! ¡Tienen dignidad! ¡Ellos también son hijos de Dios!" y de inmediato un perrazo se la come a bocaos. 

¡Pero si soy republicano!

Por otro lado, cabe destacar que todas las escenas violentas están muy bien conseguidas, y se nota que Arquette conoce el género y el modo de rodarlas. Incluso se permite el lujo de hacer un cameo, interpretando a un "paleto" con aires de matón frustrado de instituto, que persigue a los hippies protagonistas para pegarse con ellos. Huelga decir que, por supuesto, muere también. ¡Nadie le quita sus hippies a Reagan, hombre ya!

El final... bueno, lo podéis suponer, puesto que, a pesar de las bromas autorreferenciales al género, la película sigue bastante bien los cánones clásicos. Sólo os digo que es de lo más malo que he visto en mi vida, que los títulos de crédito son dolorosos, y que eso de mezclar cine Slasher con toques de cachondeo con las diversas mentalidades políticas estadounidenses dan la mezcla más explosiva -porque sientes que el cerebro te va a explotar, no por otra cosa- que he visto en mi vida. Como premio por haber llegado hasta aquí, dejo tráiler de la bazofia en cuestión. ¡A disfrutar!


Libros perturbadores: Los libertadores

Como persona que intenta avanzar en medio de una tesis doctoral, sé perfectamente que, en muchas ocasiones, el investigador se lanza a la piscina de cualquier tema, por desconocido o extraño que pueda parecer, sin tener ni idea de hacia dónde va a llevarle cada uno de los múltiples hilos de Ariadna que pueblan nuestra propia vida. Algunos de esos hilos te traen luz y te sacan del laberinto; otros, sin embargo, te hunden mucho más en las profundidades de sus altos e inexpugnables setos. Y otros, del género burlón, sólo sirven para tenerte entretenida y poder volver, cagándote en todo, al mismo punto en el que los cogiste.

Sin embargo, existen momentos en los que no eres tú quien necesariamente tiene que ahondar en un tema de forma más o menos infructuosa, sino que son los propios temas los que te buscan y, las más de las veces, te acaban encontrando completamente desprevenida.

Algo parecido fue lo que me aconteció hará unos meses, cuando buscaba un buen libro de lectura para mis alumnos. Suena un tanto absurdo; pero es más complicado de lo que parece. En un momento en que parecía que me iba a quedar un par de años sentada, contando una por una las flores que se abrían en los agrios setos del laberinto, mi jefe de departamento me tiró una madeja de hilo en forma de una novela posapocalíptica totalmente desconocida.

Se trata de una novela de Gerardo López Laguna, escritor que ya había publicado anteriormente otros libros ensayísticos sobre diversos temas, la mayoría relacionados con la religión y la sociedad actual. Los libertadores, por tanto, es su primera -y que yo sepa, única- incursión en la ficción literaria.

La obra, como ya he comentado, nos sitúa en un futuro posapocalíptico, en el cual se han producido grandes migraciones que han ocasionado una inusual mezcolanza de credos y razas. Por poner un ejemplo, las diferentes tribus americanas, cansadas de las innumerables guerras civiles que asolan su continente, deciden peregrinar hacia Europa, asentándose muchas de ellas en la península ibérica. Por lo demás, la humanidad sobrevive al más puro estilo medieval, estableciéndose en aldeas, caseríos o pequeños asentamientos. Sólo en el norte de Europa parece que se conservan vestigios de la civilización anterior, puesto que existe la electricidad, poseen vehículos a motor, y se rumorea que los habitantes de la zona pueden comunicarse a larga distancia.

En este contexto, una de las lacras que más afectan a la sociedad es el esclavismo. Cientos de personas son "cazadas" en todo el mundo, para posteriormente ser vendidas y confinadas en minas o burdeles, creando un ambiente hostil y temible, que hace que muchas aldeas den a varios de sus vecinos como tributo a los cazadores de esclavos, con tal de que sus poblaciones no sean arrasadas.

Así las cosas, centrémonos ya en la trama principal. El padre Ángelo es un sacerdote católico que recibe de su obispo la misión de fundar un pequeño asentamiento para albergar a niños abandonados. Con el paso de los años, chicos y chicas de diversas edades conviven en armonía, dedicándose a la caza, la pesca o la agricultura, mientras el padre Ángelo se encarga de su formación en todos los sentidos.

Un buen día, dos de los muchachos, Iván y Bo, se encuentran pescando en el río, y son atacados por una partida de mercenarios cazadores de esclavos. Los mercaderes consiguen llevarse a Bo, e Iván escapa a la carrera, para dar la alarma a sus hermanos sobre lo sucedido. A partir de ese momento, la gran familia se dividirá en dos, siendo los niños más pequeños enviados al monasterio de Lourdes, y el padre Ángelo y los muchachos más mayores, los encargados de liberar a Bo y a todos sus compañeros de encierro.

En este punto, sin embargo, debo decir que parte de la trama resulta un tanto decepcionante. En un principio, pensé que el autor nos mostraría el viaje por separado de los dos grupos, lo cual no sucede en ningún momento, dejándonos únicamente con la expedición de " los libertadores". Otro tanto sucede con la escena en que la banda de mercenarios ataca una aldea musulmana cercana a Burdeos, de donde escapan varias barcas con rumbo desconocido. En contra de las expectativas del lector, nada se narra sobre este particular. 

Así pues, sólo podemos centrarnos en las vicisitudes del padre Ángelo y sus jóvenes pupilos, que, rápidamente -quizá demasiado, en mi opinión- logran rescatar a Bo y sus amigos con ayuda de unos gitanos romaníes. Esto supone un importante giro de trama, puesto que el de nuevo ingenuo lector posmoderno que cree sabérselas todas, se encuentra con una nueva sorpresa.



Uno de los más importantes personajes de toda esta historia es el Sire, líder del grupo mercenario esclavista. Siendo uno de esos villanos ridículos en ocasiones, y un tanto histriónico, el Sire es un perfecto contrapunto para los personajes protagonistas. Tiene un camión y armas, y ciertos aires de grandeza que no cuadran en absoluto con la visión que sus propios subordinados tienen de él. Suele mostrarse bastante despectivo con todas las religiones, a pesar de ser sumamente supersticioso, puesto que tiene miedo de los gitanos porque piensa que hacen brujería, y mantiene tratos con un supuesto mago negro, al que entrega humanos vivos en sacrificio cuando necesita llevar a cabo cualquier tipo de empresa difícil. Este curioso y contradictorio personaje, lleno de orgullo, rencor, y unas ideas "neoliberales" más atrofiadas de lo normal sobre el concepto de la propiedad privada, decide perseguir a los esclavos fugitivos para matarlos. En contra de lo que se podría pensar, el resto del libro no resulta sólo una sucesión de persecuciones hasta la meta final. 

En un arrebato de inspiración, el padre Ángelo decide que el ejemplo de sus muchachos puede encender la chispa de la rebelión contra la esclavitud. En lugar de huir de incógnito por caminos poco transitados, los chicos y el sacerdote entran en las aldeas para relatar su historia e intentar cambiar la mentalidad de la gente. De esta forma, el Sire tiene muchos problemas para seguir su pista, puesto que los pueblos que no hacen caso de los consejos de Los libertadores le ayudan en sus pesquisas; pero en las zonas rebeldes, suele encontrarse con silencio e informaciones falsas o contradictorias.

No revelaré el final de la historia, puesto que no estaría nada bien, por si a alguien le apetece acercarse a ella, así que paso a otros aspectos. Hay que reconocer que a veces el autor comete fallos de estilo, y que la edición presenta algunas erratas. En otras ocasiones, considero que las acciones cruciales se narran de manera un tanto rápida, mientras que, a veces, el autor se detiene a describir acciones de muy poca importancia, lo cual desluce un poco el conjunto y resulta un tanto aburrido.

Sin embargo, las diversas mezcolanzas del mundo futuro neomedieval no chirrían demasiado. Gerardo López plantea ciudades islámicas de nombre árabe en pena Francia, monasterios en mitad de la  naturaleza por donde los judíos pasan para su última diáspora, razas híbridas de animales, como los cabúfalos (caballos con cabeza de búfalo) o los sauriones (perros modificados genéticamente para aumentar su instinto depredador y disminuir sus capacidades cognitivas), etc.

Asimismo, destaca la idea de la espiritualidad por encima de la religión, puesto que muchos de los personajes son musulmanes, cristianos o judíos. Otros, son ateos o creyentes en las ciencias ocultas, y otros se convierten al cristianismo, el cual se supone, como los demás credos monoteístas, un culto minoritario y casi perdido con el paso del tiempo.

Al principio de este post decía que, a veces, son los temas los que te buscan. Hace ya un tiempo que escribí sobre el padre Fortea y sus novelas de la era del Apocalipsis, -y más tarde sobre Dune y la ciencia ficción-. Me resulta curioso toparme de nuevo con un libro sobre el futuro, escrito desde el punto de vista de un católico creyente. Se da la circunstancia, además, de que ambos escritores resultan un tanto flojos en cuanto a estilo; pero sin duda, y a pesar de que la novela de aventuras "a lo divino" que presenta Gerardo López es entretenida y bastante amena, el mejor es Fortea, aunque presenta un relato más depresivo, pero mucho más maduro, en el que el punto de vista del cristianismo queda omitido por completo, dando paso al desarrollo de la trama, lo cual supone un trasfondo mucho más impactante y de mayor interés. Pero eso es otra historia, y debo decir que Los libertadores es una novela juvenil entretenida, que aunque aburre un poco a ratos y evidencia un par de flecos descolgados y unos giros de trama que hacen decaer un pelín el ritmo del argumento, puede resultar atractiva para jóvenes a los que les gusten las novelas fantásticas y de viajes. He de decir también, que a la mayoría de mis alumnos les gustó, lo cual ya es difícil. A pesar de los tiempos de Crepúsculo y Juegos del hambre que corremos, el lector adolescente no es estúpido, y puede mantener un criterio más firme, incluso, que el público adulto.  

En cuento a mí, quién sabe. Quizás a la larga me acabe haciendo especialista de novela fantástica cristiana -si es que ya existe una etiqueta así de rocambolesca para este tipo de obras-. De momento, me conformo con leerlas, a ver si me siento perturbada la próxima vez que salgan a mi encuentro.


miércoles, 22 de mayo de 2013

El submundo de las películas de madrugada

Hace ya algunos años que dejé de ser estudiante como tal. Bien es cierto que, ahora, entre los exámenes de idiomas y la tesis doctoral, sigo estudiando algo en un sentido estricto, pero vamos, nada que ver ya con aquellos cerros de apuntes, libros y artículos que te tragas sin pan pa' empujar cuando entras a hacer la carrera, por no hablar del imborrable recuerdo del olor de tus libros para la selectividad.




Para mí, los últimos años de instituto fueron muy buenos, aunque el recopetín se lo llevaban los cinco años de carrera, en los que poco a poco me fui soltando la melena y aprendiendo cosas importantes de la vida. Dentro de este último apartado puede meterse tanto La Regenta de Clarín como la aplicación de las valiosas enseñanzas de Perico Malastrampas, por ejemplo.

En la universidad, muchos estudiantes hacen gala de un impecable orden, que los hace ser madrugadores, responsables, ordenados en sus apuntes y tareas, así como en sus horarios de estudio. En este sentido, yo podía ser muy ordenada; pero, desde luego, no era madrugadora. Mi horario de estudio durante esos cinco años se mantuvo indefectiblemente nocturno. Y claro, así pasaba.


Siempre me había considerado un ave nocturna, que se dice. En las largas madrugadas silenciosas, estudiar solía convertirse en un indescriptible placer. Paz, nocturnidad y una cierta alevosía a la hora de tomarme algún que otro descanso, o de despejar la cabeza hasta el día siguiente, eran las más importantes ventajas de la noche frente a los estudiantes diurnos.

Fue en esas noches de lectura y empolle diarios cuando pude rescatar de entre los escombros mi amor por el cine de mierda. Ese que, de tan malo, era bueno. En aquellos años, los canales autonómicos eran los únicos que ofrecían una programación de cine cuya repugnancia aumentaba de forma proporcional a la hora de emisión. En este post quiero rendir homenaje a aquellas maravillosas noches de febrero y junio en espera de los temidos exámenes, y a cómo aquellos pútridos descubrimientos me hicieron disfrutar en la soledad de la noche, acrecentando mi capacidad de criterio y mi ya de por sí larga placeres culpables.

Antes de comenzar con mi top cinco a modo de ejemplo, quiero resaltar que escribo de memoria; y que podría haber buscado más información de la mayoría de estos filmes; sin embargo, me parece más apropiado basarme en el puro recuerdo, salvo por un par de datos y referencias necesarios para la comprensión del ranking.

5. Combo braker: Mortal Kombat/ Street Fighter II/ Dead or Alive

Una de las combinaciones estrella de las madrugadas de Telemadrid era la reposición de dos o tres películas de lucha seguidas. En Madrid, en junio, el calor podía hacer insoportable cualquier noche, por lo que muchas veces resultaba más prudente irse a dormir con el fresquito del amanecer, habiendo estudiado todo lo que tu mente pudiera dar de sí. Con el resto de canales haciendo el agosto con los tarotistas y las chicas que decían regalar dinero con los programas-estafa; esta serie de mamporros parecía la opción más sensata.


Poco tengo que decir con respecto a las tres películas, de sobra conocidas. Todas se basaban en videojuegos que, en su momento, llegaron a estar muy de moda. Si bien la primera entrega de Mortal Kombat, con Christopher Lambert  a la cabeza, era una castaña y un cutrerío, la segunda parte resultaba bastante más entretenida, y por lo menos había más manguzadas, que a esas horas, y con el bajón del estudio, era lo que se pretendía. Sobre todo si lo acompañas de su alegre música makinera.



Nada que ver, sin embargo, con la mejor de las tres, que solía ir en primer lugar dentro de la programación. Street Fighter II es una película cutre de acción memorable, que, pese a los intentos de incluir a personajes de renombre como Jean Claude van Damme, Kylie Minogue o Raúl Juliá, se queda en un intento más de llevar videojuegos a la gran pantalla. Eso sí, las breves escenas en las que Zangief habla de su pasado como bailarín clásico, o la rocambolesca historia de Blanka y Dalshim, no tienen desperdicio ninguno. Un presupuesto muy mal/bien gastado, que las futuras generaciones de estudiantes noctámbulos agradecemos a posteriori.

La tercera en discordia era de lo más entretenido. Personajes estereotipados con una caracterización que ronda lo lamentable son convocados para luchar en una isla. Se supone que cada uno tiene sus motivaciones y el malo malísimo quiere quitarles sus poderes. Ante tal amenaza, la cosa se resume en que todos los buenos se ayudan para salvarse y el malo muere de manera estúpida. Mención especial a las actrices exuberantes, que no le llegan a las de los videojuegos ni a la suela del zapato -pixelado-. Aún recuerdo esos pósters del Hobby Consolas que los adolescentes de mi generación compraban, sólo para ver cómo cada entrega de la saga DOA las tetas de las chicas botaban más y se hacían más y más grandes. En la peli, salvo la rubia texana hija de un luchador de wrestling enfundada en un bikini con la bandera de E.E.U.U., poco se podía resaltar. Encima, al estar pensada para tíos, tampoco es que los machos alfa estuvieran de buen año. Pero había tortas, y grandes construcciones de roca que se derrumbaban. El colofón perfecto para irse a dormir.

Dejo vídeo de presentación de las féminas, introducing... ¡Los piratas ridículos! Aún más lerdos que los de Astérix. ¡A disfrutar!


4. Legado de sangre (The breed)

He aquí una extraña joya salida de las entrañas de los primeros años de Castilla-La Mancha TV. En un desesperado intento por copiar absolutamente todo lo que hiciera Telemadrid -que también hay que tener valor-, las madrugadas de la cadena autonómica se convirtieron en una fuente inagotable de bazofia televisiva de madrugada. En este caso la idea era poner un film más o menos actual con una cierta pátina de respeto, que terminaba yéndose al garete a pocos minutos de comenzada la historia.


En un futuro impreciso, los vampiros conviven pacíficamente con los humanos. Es entonces cuando un vampiro renegado decide sembrar el terror y convertirse en un asesino en serie. La frágil cordialidad entre razas está en peligro. ¿Qué hacer? El caso es encomendado al agente Grant, a quien se le asigna un nuevo compañero que es... ¡un vampiro! Bueno, un vampiro que, a la postre, es Adrian Paul, a quien los frikis de pro conocerán como el prota de la serie de Los Inmortales, entre otras cositas. A partir de entonces la cosa se transforma en una mezcla rara entre intriga policíaca con conspiraciones gubernamentales en la sombra, vampiros underground y una estética que da bastante vergüenza ajena, como en este breve vídeo que dejo aquí.



Como se habrá podido observar, creo que los guionistas quisieron escribir una de intriga de Antena 3 a las cuatro de la tarde, pero con seres fantásticos de por medio, lo que hizo que, inmediatamente, bajara puntos para un público normal y subiera para los cuatro desgraciados que teníamos estómago para digerir eso a las tantas. Con eso, la pantera, y el bueno de Adrian, lo mejor que podían haber hecho.


3. Crimen Imperfecto

De nuevo, otra de Castilla-La Mancha; y de nuevo, otra de investigadores, esta vez, a la española.

Fernando Fernán-Gómez y José Luis López Vázquez interpretan a Salomón y Torcuato, dos investigadores privados que entran ya no recuerdo cómo ni por qué -así que supongo que no será importante- en una trama de tráfico de drogas. Todo ello, con un Jesús Puente con pelazo y patillas, y un grupo de chicas con curvas de ésas que tanto gustaban en el cine patrio de la época.

Realmente, la trama no la recuerdo con demasiado sentido, ni falta que me hacía que lo tuviera. Sólo me interesaba el hecho de que, aunque a simple vista pudiera parecer una producción más destinada a las mazmorras de Cine de Barrio, la cinta tiene un par de escenas que la sacan de cualquier argumento racional entendible para un espectador medio de cero a noventa y nueve años.

Una de las más sublimes creo que está como por el final, y se ve a ambos protagonistas disfrazados de enfermeras, por supuesto, dando el pego, que para eso lo dice muy clarito el guión. La segunda escena, que una persona tan perturbada como yo ha decido colgar en Youtube por caridad para los noctámbulos del pasado, es un despropósito en el que don Fernando y don José Luis se visten de hippies y acaban fumando porros (léase este último término con la voz de López Vázquez en Adolescencia), y tienen unas visiones psicodélicas sumamente perturbadoras. Globos, chicas bailando de forma picantona, Jesús Puente posando a lo James Bond, escenas inconexas de un señor oculto tras una cortina, una actriz que baila desbocada con unas mallas con ojos en sus partes pudendas, y un ballet de la Revista de José Luis Moreno que no se sabe muy bien qué hace ahí. Lo más sorprendente, es que, cada uno con su porro y su ida de olla, sueñan lo mismo. ¿Great minds think alike? Maybe...


Y otro bonito recuerdo para vuestras retinas. De nada.


2. El grito de la muerte (Cry of the Banshee)

Aquí viene una cinta medianamente buena, pero cuyo argumento resulta más perturbador que otra cosa. Se trata de una de las numerosas cintas de terror de la Hammer, de 1970. Como no podía ser menos, Vincent Price se encarga de poner el arte y el buen gusto a un film que, si bien en otras circunstancias podía pasar por un coñazo mañanero -la serie de Edgar Allan Poe ha quedado ya para cinéfilos, historiadores del cine, y poco más- si no fuera porque, de madrugada, todo convence mucho más.

El caso es que la historia era interesante. En pleno siglo XVI, un noble escocés -Vincent Price-, decide perseguir a los grupos de brujas que aún perviven en sus tierras. Un buen día, sorprende a la bruja Oona y su Aquelarre, y las brujas son condenadas a muerte. Ante tal ultraje, Oona lanza una terrible maldición, haciendo que un joven que se transforma en una mezcla entre demonio y hombre-lobo mate a toda la familia del noble, a lo serial killer.



De esta película podemos destacar muchas cosas, aunque sólo hablaré de las dos más importantes: la primera, los títulos de crédito diseñados por el GRAN Terry Gilliam.



La segunda, es más bien una cuestión de guión, al parecer, en un principio el director de la cinta no quería que se mostrara una versión maniquea de la brujería, y pretendió basarla en la tan de moda entonces Antigua Religión -en algunos casos relacionada con la Wika-. Por este motivo, el Aquelarre de Oona está integrado por jóvenes vestidos de blanco que portan coronitas de flores sobre su cabeza mientras adoran a Satán. Motivo por el cual la cosa da todavía mucho más miedo, al ser una mezcla sumamente grotesca, que mueve tanto a risa por la pinta de hippies come-flores del grupito; como a miedo, puesto que su pretendido buenrollismo esconde intenciones mucho más oscuras.

Esta vez no voy a contar el final. Sólo decir que en esta reseña se aportan datos muy interesantes del film y de su realización. Además de eso, coincido plenamente con la leve comparación entre esta película y The Wicked Man, aunque la segunda cumple mucho mejor con los objetivos de la primera. Quizá por el cierto paralelismo entre ambas, esta escena del trovador cantando una bella canción sobre una joven violada que busca venganza me hace plantearme que sí, que El grito de la muerte era mucho más divertida de madrugada.



1. Rumbo a la muerte aka Barco encantado (Haunted Boat)

La mínima salud mental a la que puede llegar una persona me habría hecho poner la película anterior en primer lugar; pero no podemos faltar a la realidad. Aquí lo que se juzga es el nivel de perturbación que te dejan los filmes cazados in fraganti en una noche de estudio. Así, siendo fiel a la verdad, esta cosa es lo que me dejó peor en todos los sentidos, cuando me pilló de improviso una noche de hace ya unos cuantos años.



La cosa va así. Un grupo de chavales deciden pasar un fin de semana en el barco de su amigo el marginado, que quiere integrarse y ser guay y, a la postre, tiene problemas cardíacos. Un buen día, todos se ponen a fumar porros y a contarse qué cosas son las que más miedo les dan del mundo mundial. Como resulta que el anterior dueño del barco se suicidó en extrañas circunstancias, una especie de ser filmado a contraluz transporta el barco hacia una dimensión alternativa, donde los temores de los jovenzuelos se hacen realidad.

Hasta aquí, podría tratarse de cualquier película de terror adolescente normal y corriente, si no fuera por esa imagen como de cámara barata, los planos que parecen de un corto de fin carrera de Comunicación Audiovisual, las pésimas actuaciones de los jóvenes, y la trama que, escrita por mí, parece tener sentido, pero os aseguro que, mientras intentas verla, no posee la más mínima coherencia, sobre todo en el momento en que los chicos dejan solas a las chicas para tratar de buscar ayuda y vuelven algo así como zombificados, pero sin hacer daño a nadie, sólo se pasan el rato tumbados y se van. Y todo se resuelve gracias a un gato que se paseaba por cubierta. Al final, se supone que la protagonista es la única que queda viva, y despierta en su habitación. En lo que pretende ser un intento de superar su trauma, se sale a dar un garbeo por el puerto, donde, a lo lejos, ve un barquito con dosel, como la cama de la Barbie, con sus amigos a bordo. Ella se sube y todos se van de fiesta por el mar. 

¿Está viva? ¿Muerta? ¿Y los amigos? ¿Siguen en la realidad alternativa? ¿Ha sido todo un sueño? ¿De quién? ¿De la protagonista o de Resines? ¿Irán todos a  la isla de Perdidos a tomar café? Misterios...

Y con esto y un bizcocho, esta ha sido la lista de las películas más rarunas que tuve el placer de conocer en mi vida anterior. En el tintero quedan joyas del terror español como Pánico en el Transiberiano o Inquisición; pero ésas ya no me pillaron en las mismas circunstancias, y serán carne de comentario para otro día. De todas formas, si alguno de mis lectores es noctámbulo, o estudiante, o ambas cosas, le aconsejo fervientemente que descubra por su cuenta sus propias bazofias perturbadoras. Las disfrutará más y le entrarán mejor, porque ya se sabe, de noche todos los gatos tienen más tragaderas para el mal/buen cine.



domingo, 12 de mayo de 2013

From Heaven to Hell. Celebraciones con niños

Hace algunos años, fui invitada a dos bodas que se celebraban dos días seguidos. Una era de una amiga y compañera de trabajo; la otra, de una antigua compañera de facultad. Recuerdo que entre ambas bodas mediaba un abismo, que crucé, no sin sorpresa, en cuarenta y ocho horas. La primera fue una boda sencilla, repleta de detalles emotivos, con poca gente y sin un exceso de la clásica parafernalia que tanto se suele criticar -normalmente con razón- en todo este tipo de celebraciones. La segunda boda fue bastante más multitudinaria, de buen gusto, y con mucha gente feliz y dispuesta, aunque en muchos aspectos me resultó bastante más fría y distante que la del día anterior.

Jamás pensé que la vida volviera a darme la oportunidad de poder observar esta dualidad en torno a las celebraciones religiosas -olvidaba decir que ambas bodas fueron por la Iglesia-, pero este mismo fin de semana, he vuelto a revivir de nuevo esa sensación entre lo deseable y lo insufrible, además, con niños. 


El sábado estaba invitada a un bautizo en Valencia. La celebración se llevó a cabo en una pequeña y bonita iglesia, perteneciente a un pueblo encantador. Allí estábamos sólo los invitados, más bien escasos, entre familiares cercanos de ambas familias y los amigos más allegados, la mayoría con pareja e hijos. Todos perfectamente arreglados, pero sin perifollos de más, asistimos a la celebración, que fue rápida, amena y muy emotiva, puesto que el cura también era un amigo del matrimonio. Como ya he dicho, parte el grueso de todos los que allí estábamos eran niños, y más de uno podría predecir una inmensa catástrofe: los típicos bebés gritones, los más mayores correteando sin control, hablando alto; y los padres regañando y resoplando, mientras maldicen el día que semejantes monstruos les están haciendo pasar.

Nada más lejos de la realidad. El acto en sí y la interactuación del sacerdote con los chiquilines fue impecable. Los adultos se comportaron tal y como correspondía a la ceremonia, y sus hijos supieron estar a la altura en todo momento. 

Terminada la ceremonia, todos nos marchamos a un pueblecito cercano, a la casa del padrino, que había organizado una barbacoa. Muchos de los peques se habían cambiado de ropa, y fueron los primeros en comer. Así, mientras los adultos disfrutábamos de la carne a la parrilla, el vino y toda la comida que los familiares habían dispuesto, los enanos jugaban tranquilos en el mismo patio, con sus gorritas para el sol, un par de juguetes, y un pobre escarabajo cazado y asesinado sin piedad por el grupito de los más mayores y curiosos. Finalmente, el festejo transcurrió sin incidentes, y cuando buena parte de los invitados hubo de volver a casa, aún quedó tiempo para echar unas canastas todos juntos. En definitiva, un día perfecto de una celebración de personas normales y corrientes, que comparten aquello que les parece importante y hermoso con sus seres más queridos.

Hoy mismo, por la mañana, había decidido subir a misa. ¡Craso error! El mes de mayo puede resultar fatal en muchos aspectos, como la alergia y el cambiante clima de la primavera. Desde luego, nada tan horrible como las comuniones.


Nada más entrar por la puerta, me encontré con el hecho de que a poco sí me dejan entrar, de lo abarrotado que estaba el templo. Una marea de gente vestida de los colores más chillones inundaba toda la bancada de la iglesia, y otros muchos invitados esperaban de pie el comienzo de la misa. Además, el sonido de la multitud de tacones que se movía de acá para allá, los saludos a gritos, y el barullo de un enjambre de niños vestidos a la última moda, que no paraban de llorar, correr o reclamar la atención de sus padres de cualquier otra forma, se me clavaban en los oídos con un dolor indescriptible. Desde luego, aquello no se parecía en nada a la tan predicada paz de la casa de Dios.

El acto duró algo más de una hora. En ese tiempo, grandes y pequeños entraban y salían de la iglesia, la gente hablaba sin parar, los fotógrafos de cada familia daban vueltas buscando la foto perfecta del comulgante correspondiente, el cura seguía adelante, contra viento y marea, intentando sacar a flote una ceremonia primorosamente organizada, que no contaba en absoluto con el hecho de que a muchos de los presentes les importaba un pimiento lo que allí pasara. En fin, que aquello era poco menos que un caos.


Lo que más me indignó, además de la pasarela de las últimas tendencias de la temporada primavera-verano 2013 y el mareante olor de la mezcla de lacas y colonias de muy diversa marca y calidad, fue el detalle de ver entrar a una mujer joven, en avanzado estado de gestación, y a la que absolutamente nadie fue capaz de ceder el sitio. En esa iglesia de comuniones masificadas, cada uno iba completamente a la suya, sin prestar atención ni siquiera a los pobres niños que, inocentes y felices por tener una fiesta para ellos solos, con sus flamantes trajes recién estrenados, estaban, se supone, participando de un rito importante, en el cual guardaban la compostura bastante mejor que sus familias.

Al parecer, el total de niños que recibían su primera comunión era de veintisiete. ¡Veintisiete! ¡Allí había gente que hubiera servido de cortejo a más de cien! Hermanitos y primos esperaban aburridos el final de un espectáculo que nos les interesaba, y actuaban en consonancia con sus padres, que se saludaban, daban la paz y buscaban sin el más mínimo recato, hablando en el volumen que les daba las gana, que para eso el cura tenía micrófono.

Cabe destacar que, en mi caso, tuve que soportar el agobio de la gente que transitaba por el templo como si fuera un restaurante -más de una vez temí que alguien se acercara al sacerdote a pedirle una clarita con limón-, el cansancio de estar casi una hora y media de pie, alérgica y con la menstruación recién llegada apenas unas horas antes. A pesar de todo, la diferencia es evidente.

En aquel idílico bautizo, que después de lo de hoy parece más lejano, el bebé estaba la mar de tranquilo, vestido con una preciosa alba de tradición familiar, y un trajecito confeccionado por su madrina. Esta mañana, las atrocidades estéticas infantiles se sucedían, como un niño que parecía el "marinerito oscuro", otra pobre niña con una enorme corona de flores-alcachofa rodeando su frente, y otra que lucía algo que pretendía ser un tocado estilo años veinte, con un floripondio y unas plumas en el entrecejo que daban más miedo que vergüenza.

Por si aún no habíamos sido suficientemente mortificados, aquella comunión de chirigota se cerró con una entrega de diplomas a los comulgantes (¡¿?!), y una cancioncita interpretada por los mismos -recuerdo a un pobre chaval meneando la cabeza para ver algo a través de su enorme flequillo-, momento en el que, de nuevo, hubo gente que no tuvo la delicadeza de callarse ¡Y eso que eran de su familia!

Sobre los veintisiete convites de después, la verdad es que no tengo ni idea de lo que habrá ocurrido, aunque me lo puedo imaginar. En algunos casos, la cosa habrá transcurrido de manera tranquila y sin incidentes, y todo se habrá desarrollado de la forma más sencilla y hogareña posible. En la mayoría, y por lo que he podido sufrir esta mañana, el asunto no habrá sido tan fácil. Imagino el típico restaurante con espejos en las paredes y mesas redondas, donde se reparten los diversos miembros de la ruidosa familia, para comer un menú en el que todos zampen mucho y bien. En otros casos esto puede ser intercambiado por una zona con jardín, la mar de cuca. En cualquiera de las dos situaciones, una o dos de esas preciosas mesas estarán destinada a la mayoría de los niños, para ser ignorados una vez más por sus padres, y que, aburridos y sin apenas haber comido nada, comenzarán a correr y jugar entre las zonas de los mayores, que intentarán espantarlos como quien aleja una mosca de un manotazo al aire.


¿Y el protagonista de la Primera Comunión? Pues me imagino al pobre niño o la pobre niña sentado, al menos un rato, pensando en que ya está bien de tanto traje raro y queriendo hacer el gamberro con los demás, y me lo imagino recibiendo una enorme tarta, y algunos regalos muy caros, que son los que realmente van a compensarle, en buena parte de los casos, por haber pasado todo ese día portándose bien y amuermándose. Como todo el mundo sabe, la Primera Comunión se hace para recibir regalazos, lo demás es accesorio, ¿no? Recuerdo ahora las vacías y no escuchadas palabras del sacerdote, exhortando a los pequeños y a sus padres a que no pierdan la costumbre de ir a misa los domingos, confesar y comulgar. Si le hubieran oído, tal vez alguno hasta se lo replantearía.

Mis reflexiones acerca del contraste de este fin de semana son varias. En primer lugar, me reafirmo en la postura de que todos estos actos religiosos que se celebran desde la más profunda y absoluta frivolidad, son más un atraso que un reflejo de una tradición o cualquier otra chorrada que a alguien se le pueda ocurrir. Si no quieres que tu hijo haga la comunión, porque en el fondo eso a ti te parece un coñazo, ¡pues que no la haga! Diga lo que diga quien sea. Pero claro, ¿cómo no va a hacer la comunión, si la hace todo el mundo y luego tiene una fiesta con regalos y un convite y no sé qué más? Celebra otra cosa, dale un cumpleaños especial, y cómprale un vestido precioso otro día, pero no lo tengas dos años yendo a catequesis para que luego vea que a los adultos, esa cosa tan importante que le han dicho en clase se la refanfinfla. La gente está muy apegada a sus tradiciones, pero creo que, sinceramente, no las entendemos ni las transmitimos bien. Y de aquellos polvos nos vienen estos lodos.

Por otra parte, ya estoy muy cansada de la gente que se queja de los niños que van a misa. Yo puedo entender que un bebé no sabe dónde está, y eso a veces puede provocar que llore, pero es muy pequeño, no le pidas más. A veces no es tan fácil para unos padres dejar a su hijo a alguien, y también pueden no ir, pero ¿quiénes somos nadie para decidir cuándo una persona puede o no ir a un sitio, al menos en este caso? Y aquello de los chavalines que corretean y hacen de las suyas... lo siento, pero ya no cuela. En más de una ocasión -y en el bautizo volví a descubrirlo- los niños pueden comportarse de forma adecuada a la situación en la que están, y desde bastante pequeños. El tema no está en los niños, está en sus padres. Si el nene ve que sus padres y hermanos se están comportando en una iglesia como en un bar, ellos harán lo mismo, luego que no pretendan que los pequeños se comporten como estatuas, para así poder estar un rato sin vigilarlos o hacerles caso. Los niños del bautizo se comportaron a la perfección, porque sus padres actuaban de acuerdo al lugar en el que estaban, y ya está. si no quieres que tu hijo se porte como un salvaje, no te comportes tú como un gañán maleducado. Con eso, tienes buena parte de la situación ganada. Si a ti no te importa, al niño tampoco, así de simple.

Que conste que, en cierto modo, este post es una advertencia. En cualquier celebración de este tipo, no os comportéis como algunos de los de esta mañana, no hagáis parafernalias absurdas, no montéis circos. Muchas veces la esencia de las cosas está en su fondo, y eso determina su forma, sin necesidad de forzar nada "porque es lo que hace todo el mundo". Además, y desde un punto de vista completamente egoísta, este post también es una advertencia para mí, por si en el futuro se me ocurriera hacer alguna horterada de este calibre. Si eso ocurriera, ¡rápido! ¡A leer lo que escribiste en mayo de 2013!

martes, 30 de abril de 2013

Libros perturbadores. Perico Malastrampas: el Troll de las cavernas

Hace poco mantuve una conversación telefónica en la que salieron a relucir los cuentos infantiles. Además de Pulgarcito, Cenicienta y demás "cuentos clásicos", yo siempre he sentido admiración por aquellas historias populares poco conocidas. Recuerdo que, de pequeña, existían dos colecciones de cuentos en vídeo, que se compraban por fascículos, y que contaban las historias más variopintas. Una de ellas era Los cuentos de las estrellas, cuyo título original en inglés era Fairy tale theatre. Se trataba de adaptaciones de aquellos "cuentos clásicos" realizadas por famosos directores de cine de  los ochenta, y protagonizadas por los más renombrados actores de Hollywood. La verdad es que muchas de aquellas adaptaciones estaban bastante bien, aunque no incluían ningún cuento especialmente original, motivo por el cual podré explayarme con ellas otro día.

La otra gran colección que plagaba los kioskos de mi infancia era Videocuentos infantiles, distribuida por Planeta de Agostini. El concepto era simple: manga japonés que va narrando, en versiones totalmente libres y peculiares, los cuentos más y menos conocidos de la historia de la literatura infantil. Aparte de las consabidas historias de Cenicienta, Blancanieves, Caperucita Roja y demás, algunos de los cuentos que allí aparecían eran sumamente chungos, llenos de demonios, brujas, vampiros, y otra serie de personajes reinterpretados a la japonesa. Fue en esta última colección donde descubrí auténticas joyas, como "Piel de oso" -también conocida como "Piel de asno"-, "Los seis cisnes", "El médico prodigioso" -el título de esta obra no lo tengo claro, pero recuerdo perfectamente la historia de un joven que vende su alma al Diablo para hacerse rico-, "La bola de cristal" -La mala es una bruja vampírica. ¡Ojo cuidao!-, y más de un largo etcétera de historias, a cada cual más bizarra, y que muchas veces resultaban sumamente interesantes en comparación con los cuentos de toda la vida que Disney nos quiso vender.


La tercera fuente de información en este aspecto era una de aquellas extrañas colecciones de cuentos, que nunca he vuelto a ver en librerías. Al principio, siempre aparecía un par de historias conocidas, pero luego allí empezaban a salir historietas como "El rey Pico de loro" o "El mago Zanahary", que te dejaban a cuadros y te divertían más que las de siempre. Reconozco con pesar que no soy capaz de recordar ni el título, ni la editorial. Sólo recuerdo que eran voluminosas, aunque su formato de página era más bien pequeño, y que tenían cientos de volúmenes, ilustrados con figuras un tanto tradicionales.

¡Es lo que tiene tener un padre librero y cinéfilo! Al final, las influencias me llegaban de muy diversos sitios. A veces, cuando voy por ahí a "lamer las vitrinas" -¡Toma galicismo!-, me encuentro con libritos sorprendentes, como "Las princesas también se tiran pedos" y cosas por el estilo, que tratan de cambiar un determinado paradigma de princesas desvalidas que sueñan con príncipes azules. En esos momentos me pregunto si no sería más fácil que, en lugar de leer los "cuentos clásicos" y basarnos sólo en el imaginario de merchandising de Disney, los chavales de hoy leyeran más historias como la de Perico Malastrampas.

Perico Malastrampas es un cuentecito de una colección infantil, llamada Los cuentos de la Media Lunita, que distribuía -o puede que aún distribuya- la editorial Algaida. Su autor, A. R. Almodóvar, es poco menos que un Jrande de Ejpaña, y es que Periquillo es uno de los vacilones -o trolls- más grandes que he tenido el placer de conocer dentro de los libros de mi vida.

¿De qué trata la historia de Perico? Paso a resumirla brevemente. Un señor muy pobre tiene dos hijos. Juan,
el hijo mayor, que a la postre es un poco bobo; decide marcharse de casa a buscar fortuna. De camino, no tarda en encontrarse con un terrateniente caradura, que le ofrece trabajo bajo estas condiciones: cobrará cuando cante la cuquilla y no podrá quejarse nunca, en caso contrario, será despedido y el amo le arrancará tres tiras de pellejo.

Como ya hemos dicho, al pobre Juan le faltan un par de veranos, y acepta sin imponer ningún tipo de condición por su parte. Al día siguiente, trabaja hasta el agotamiento, y descubre que su amo no le ha dado de comer, motivo por el cual vuelve a la finca a quejarse airadamente. ¡Craso error! La queja ha provocado su despido, sin comer, sin cobrar, y con un poco menos de piel sobre su carne.

Herido en su orgullo, Juan vuelve a casa con el rabo entre las piernas, relatando lo sucedido. Aquí es cuando entra en escena Perico, el hijo menor, mucho más espabilado que su hermano. A pesar de que lo primero que sale de su boca es un sonoro "eres tonto", Perico no repara en nada, y decide ir a la finca del terrateniente a vengar a su pobre hermano. Como veis, estamos narrando una historia épica.
Juan, el hermano tontuso, y el terrateniente caradura

¿Cómo lleva a cabo su venganza el joven Perico? Muy sencillo. Al llegar a la finca pidiendo trabajo, acepta todas las condiciones de su nuevo amo como si fuera otro idiota más, solo que, sabiendo ya cómo se las gasta el terrateniente caradura, decide corresponderle con la misma moneda, lo cual convierte el cuentecillo en una amena competición que podría resumirse en un "a ver quién putea más".

Si el amo lo hace trabajar sin darle de comer, Perico decide no mover un dedo hasta provocar las iras de su jefe, el cual, temiendo quejarse en exceso y perder tres tiras de pellejo, acaba siempre cediendo a las exigencias del mozuelo. Como es lógico, esto lleva a una espiral en la cual el amo pide a Periquillo encargos cada vez más insólitos y difíciles; y éste, viendo sus intenciones, le deja siempre pasmado y, las más de las veces, humillado. Destaco sólo una de esas aventuras.

El amo quiere que Perico lleve unos terneros al mercado, y los venda por una cantidad desorbitada de dinero. Para más inri, los terneros están flacos y desnutridos, y puede que ni siquiera aguanten el viaje hasta el pueblo más cercano. Periquillo, entonces, decide quedarse en el campo hasta que las reses se queden casi muertas. Cuando llegan unos buitres a saborear su festín, el muchacho les pone los cencerros de las reses en el cuello, y vuelve a la finca gritando: "¡Milagro! ¡Es un milagro! ¡Los terneros se han vuelto buitres, amo!". El pobre terrateniente no tiene pruebas de nada de lo que el pillastre haya podido hacer con sus terneros, pero los ha perdido, así como el poco dinero que pudieran valer, motivo por el cual se encabrona in extremis. Periquillo, al notarlo, pregunta con chunga: "¿Es que se enfada usted, amo?". Y el amo, viendo sus manos atadas, sólo puede responder un escueto: "No me enfado... pero no me gusta". Y nadie se enfada, y todos contentos. Hecha la ley, hecha la trampa, que se dice.
¡Milagro! ¡Soy un trollaco!

Finalmente, el pobre dueño de la finca está tan desesperado por echar a Perico que decide llevar a cabo su última argucia. Pide a su mujer que se suba a un árbol e imite el canto de la cuquilla, para pagarle a Perico lo que sea y que, al fin, el maldito chaval se largue con viento fresco. Pero recordemos, Periquillo estaba llevando a cabo una venganza, y no podía marcharse de allí sin un buen trofeo.



No quiero contar el desenlace, porque ya hice bastante sangre con The Raven; pero el final resulta sumamente apoteósico. Para rematar, sólo decir que la finca queda vacía, y que Perico se traslada a vivir allí con su familia, incluido el tontaco de su hermano, vengado y feliz, habiendo aprendido algunas cosas sobre las verdades del mundo, como todos los niños que tuvimos la fortuna de conocer esta divertida historia.

En este caso, el post no ha sido muy largo, y reconozco que esta historieta parece poca cosa, al menos en comparación con el anterior libro perturbador sobre el que escribí. Dentro de poco habré terminado la última historia del padre Fortea y podré hablar de ella con propiedad. Sólo digo que es un tratado de demonología disponible en internet, para todos aquellos perturbados que, como yo, puedan albergar algún interés en el asunto. Por lo demás, reconozco que intento cambiar de tema con cierta frecuencia -es lo que tiene escribir sobre lo que se te viene a la cabeza- pero, al parecer, algunos asuntos vuelven a mí sin yo buscarlo. Dentro de poco también tendré que volver a hablar de musicales, aunque esta vez en una clave más bien espeluznante. Todo esto y mucho más -o lo que me dejen- ya en el mes de mayo. ¡Saludos!


domingo, 21 de abril de 2013

Divagaciones sobre Dune: El descubrimiento de Teg, el gañán místico

A decir verdad, nunca me he considerado una gran fan de la ciencia ficción. Bueno, ni siquiera una fan a secas. Sin embargo, reconozco que la historia de Dune, de Frank Herbert, me dejó completamente fascinada desde el día en que la descubrí.

Ni qué decir tiene que mi primer acercamiento a una de las más conocidas sagas de este género fue a través del cine. David Lynch es un director que me gusta bastante -si bien aún tengo pendiente el visionado de Cabeza borradora- y me llamaba la atención el modo en que más de un conocido me indicaba que su adaptación de Dune, auspiciada por Dino de Laurentis, era su peor film. Al parecer, el propio Lynch habría renegado de la cinta, utilizando incluso un pseudónimo en los créditos. Menos mal que mi hermano mayor, lector incansable y fuente de información durante años, me pasó los libros y, gracias a ellos y a las largas y productivas conversaciones que sobre la historia de los Atreides y compañía hemos mantenido siempre, logré entender la valía de Herbert -y la de David Lynch- a la hora de construir una pieza literaria importantísima dentro de la historia de la literatura de ciencia-ficción.

En primer lugar, dejo claro en pocas palabras que Dune no es la peor película de David Lynch. Simplemente, es una cinta diferente en tanto que se aleja de su peculiar modo de estructurar la trama, así como de sus fetiches y su personal estilo. Mucha gente esgrime este argumento para defender la idea antes expuesta, aunque creo que esas mismas personas deberían ver El hombre elefante, una estupenda película en la que tampoco aparecen ninguno de los usos y maneras por los que se suele identificar al director. Justo el hecho de que El hombre elefante se trate, asimismo, de una adaptación literaria, tira por tierra el segundo argumento, a saber, que Dune es una mala película porque no es una historia original de David Lynch, y trabaja, digamos, "a sueldo", para adaptar algo que no es suyo al cien por cien. Otra cosa muy distinta es que haya gente que prefiera la filmografía posterior del director, que va desde Terciopelo azul hasta Inland Empire, porque encuentren ese trabajo más maduro o más cercano a un determinado estilo. Eso no me parece ni bien ni mal; pero justificar un gusto personal o una opinión subjetiva sólo porque Dune sea diferente a otros filmes posteriores me parece una postura un tanto infantil.

Ello no obstante, por supuesto que hay personas a las que la película no les gusta, por muy diversos motivos, off llevan directamente a la esencia de la novela, por mucho que Lynch se salte pasajes. No nos engañemos, la idea está perfectamente cogida, y ya no podemos imaginar a otro Paul, ni a otro Leto, ni a otra Hellen Mohiam, ni a otra Dama Jessica más que a los elegidos por Lynch y su equipo. A excepción de Sting -creo que al pobrecito Feith nos lo podemos y debemos imaginar de otra manera, por nuestro bien- todo en la primera adaptación cinematográfica de Dune es perfecto, en cuanto a concepto de la historia y ambientación se refiere, cosa de la que no muchas otras cintas pueden presumir.
bien razonados y argumentados. Perfecto. Ningún problema. Yo, sin embargo, destaco una única virtud que hace que la película sobrepase a todas las demás versiones que de la saga de Herbert se han realizado hasta la fecha: David Lynch lo entiende. Tanto el cásting de actores como el vestuario y ambientación, así como determinados momentos, miradas, diálogos y monólogos interiores en

Terminada mi breve defensa de David Lynch, desearía continuar con mis ideas globales acerca de la saga en general, lo cual nos llevará a entender por qué me fijé en el personaje de Teg, ese gran hombre al que yo llamo cariñosamente "el gañán místico".

El primer libro de las Crónicas de Dune se publicó en 1966. A partir de ese momento, Herbert ya había construido un coherente y fascinante mundo de ciencia-ficción, en el que se tenían en cuenta una serie de factores que, tal vez, son las que le otorgan esa inusitada brillantez y originalidad.

Tras una gran guerra contra las máquinas, el ser humano se dispersa por el universo, bajo la consigna de no volver a depender jamás de las mismas. A este respecto, el salto de Herbert resulta poco menos que impactante. Normalmente, los mundos futuros imaginados por diversos autores suelen estar plagados de refinada tecnología, que hace la vida del hombre mucho más cómoda. Otros, sin embargo, se decantan por futuros postapocalípticos en los que la humanidad vive poco más o menos que en una nueva Edad de Piedra, y comienza su historia desde cero. En este sentido, el planteamiento de Dune es mucho más interesante.

Al no poder confiar en las máquinas, los seres humanos deciden potenciar sus propias capacidades, dando lugar a algunas "sectas" o "escuelas" donde aprenden a hacer todo aquello que las máquinas habían hecho por ellos. Así, las Bene Gesserit son capaces de controlar hasta las células de su cuerpo, y manejan su intuición casi como una ciencia; los Decidores de Verdad son capaces de observar el más mínimo rasgo de comportamiento para captar las mentiras de los demás; los Mentats son auténticas computadoras humanas y los integrantes de la Cofradía Espacial pliegan el espacio y viajan por él en muy poco tiempo. Un mundo futuro con tecnología, pero sin súper ordenadores ni rayos láser. 

Por otra parte, matizar que, en los dos últimos casos, el uso de drogas y otras sustancias para expandir la mente resultan sumamente curiosos. Paul logra aumentar sus poderes gracias a la especia, y los Mentats reactivan su cerebro por medio de una especie de jugo de rana que hace que éste trabaje a mayor rapidez. Todas ellas, sobre todo la especia, tienen una importancia prácticamente religiosa dentro de esa sociedad a caballo entre lo medieval y lo futuro ideada por Herbert, recordemos la famosa frase de "La especia debe manar" o el momento en el que Paul y Dama Jessica beben el Agua de vida, sólo por poner un par de ejemplos.



Otro rasgo a destacar en las novelas de Herbert es la importante aportación de lo espiritual y religioso. Todo en Dune tiene un cierto aire sagrado, que logra que hasta los pasajes más cotidianos tengan algo de sublime y resaltan los momentos más épicos dentro de los siete libros. Objetos importantes como el Gom Jabbar, o las dagas de los Fremen, las armas de las Honoradas Matres -ese cañón que las convierte en vegetales al que tanto temen- y la gran amenaza indescriptible que se cierne sobre la raza humana en los últimos libros, dejan claro que todo en Dune respira un cierto sentimiento religioso. La propia crónica de la ascensión de Paul para ser el Kwisatz Haderach y convertirse el emperador del universo está relatada a modo de libro sagrado para generaciones posteriores. La hermana de Paul es conocida durante su regencia como Santa Alia del Cuchillo. Las Bene Gesserit -mezcla de monjas con brujas en su concepto- llevan a cabo modificaciones genéticas esperando la llegada de su mesías, cuyos signos serán reconocidos gracias a las profecías anteriores. Los Fremen también tienen una fuerte tradición religiosa, y Paul vence al Emperador y el varón Harkonnen gracias a la "guerra santa" augurada por el pueblo del desierto. Si a esto sumamos el importante factor ecologista, de nuevo nos encontramos ante una novela que no parece ser una de las típicas historias de ciencia-ficción al uso.

En cuanto a la estructura de la trama, destaca sobre todo lo imprevisible de las posibilidades. ¿Cómo crear intriga en un mundo en el que los protagonistas saben lo que va a pasar? La famosa presciencia de Paul, Alia y Leto II El Gran Tirano, entre otros, no es ni mucho menos algo que los haga omnipotentes. En este caso, la presciencia sería una especie de consciencia de todas las posibilidades de un hecho, lo cual no quiere decir que estemos ante personajes que ven el futuro ni ante una trama determinista, sino todo lo contrario.

Por lo general, muchas veces los personajes de la novela tienen un plan, del cual han calculado hasta la más mínima posibilidad, desarrollando en su mente el proceso de causas y consecuencias que tendrán lugar para lograr sus fines. El problema no es que sepan lo que va a pasar, lo que nunca saben es el cómo, cosa que el lector también desconoce por completo. De esta forma, los acontecimientos se suceden. Unos intentan que sus planes tengan éxito, y otros tratan de acabar por todos los medios con los planes de los primeros, aunque nunca sabemos cómo demonios piensan llevar a cabo cada una de las acciones que les reportarían la victoria. Por este motivo, es frecuente en Herbert el introducir un elemento inesperado, que rompe los esquemas predeterminados de todos los personajes, y resuelve la trama, normalmente de una forma más bien agridulce. En El Mesías de Dune, Paul sabe desde el principio que alguien va a matar a su hijo nonato, además de a él mismo, y que su amada Chani va a ser acusada de ambos asesinatos y recluida en un pozo de esclavos; aunque, por supuesto, no sabe quién será el asesino, ni cómo pretende llevar a término su plan, ni quién está detrás de la conjura para derrocarle. Finalmente, un inesperado giro de trama llevará a Paul a contemplar una posibilidad que no entraba dentro de sus cálculos y, de esta forma, salvar a su familia y el nuevo linaje imperial. En Dios Emperador de Dune, Leto II ha logrado obtener un enorme poder de presciencia, motivo por el cual ha realizado toda clase de planes para preservar la supervivencia de su familia y la de toda la humanidad. Esto conlleva una amarga decisión, pues debe convertirse en un longevo tirano para esclavizar a los humanos, con el único objetivo de que no haya una sola generación que desee ser sometida a un régimen totalitario como el suyo. El único modo que hallan sus enemigos para vencerlo es dándole algo que no esperaba dentro de sus cálculos: la posibilidad de amar y ser amado.

Como hemos podido observar, el universo de Dune resulta muy particular, único y sumamente original dentro de la ciencia-ficción, sobre todo si tenemos en cuenta que la saga se desarrolla desde finales de los años 60 hasta mediados de los 80 -sin contar la última novela, escrita por el hijo de Herbert y Kevin J. Anderson y dividida en dos partes para vender más-. Vistos ya buena parte de sus logros, podemos ahora entrar en la tercera parte del post, que ha causado más de una noche de animada conversación con mi hermano mayor. Y es que Teg se lo merece todo.

Éste es Teg de pequeño. ¿A que era mono?
En muy pocos blogs se puede leer demasiado sobre uno de los más importantes Atreides de la saga. En todos, indefectiblemente, se cuenta su historia según aparece en los libros -en este caso, Herejes de Dune y Casa Capitular-, y ninguno que yo haya visto analiza el impacto de todo lo que se nos muestra sobre él, puesto que su inclusión en la trama marca, desde luego, un antes y un después.

Teg es un Atreides, pero no uno cualquiera. A la muerte del Tirano, los Atreides de las generaciones futuras nacen con una serie de rasgos genéticos, entre los cuales se encuentra el hecho de no ser descubiertos por rastreadores precientes. Asimismo, los Atreides tienen un importantísimo peso dentro de la Hermandad Bene Gesserit, y viven recluidos en la Casa Capitular, donde su seguridad está más que probada.

En un momento dado, una amenaza se cierne sobre el Imperio y sus colonias. La llegada de unas mujeres salvajes, expertas en técnicas de lucha, que posen cientos de esclavos sexuales y que arrasan cada planeta al que llegan como si fueran una plaga de langosta, diezma considerablemente las filas del mundo civilizado, impotente ante el ataque de esta fuerza desconocida. Estas mujeres, las Honoradas Matres, han llegado incluso a conquistar Arrakis (Dune), el planeta del que proceden los gusanos y la especia, motivo por el cual se han vuelto más peligrosas si cabe.

En este contexto de guerra mundial, es donde encontramos a Teg, el mejor general del ejército imperial, aunque un tanto entrado en años. Educado en los postulados de las Bene Gesserit, es asimismo un hombre sumamente inteligente, capaz de resolver y planificar estrategias, así como de vencer en todas las batallas y conflictos diplomáticos que se presenten. En este sentido, para qué negarlo, Teg es un crack. Incluso podríamos decir que lo es a la manera de Dune: inteligente, calculador, gran estratega, frío y astuto.



Con semejantes características, las Bene Gesserit deciden enviar a Teg a Arrakis, mientras tratan de averiguar cómo vencer a las Honoradas Matres. La idea es encontrar a una descendiente Atreides que vive en el desierto, y que es capaz de pastorear gusanos, para poder coger una cría y así tener las reservas de especia asegurada, aunque el pobre bichito de dos metros deba vivir en un entorno artificial.

A su llegada a Arrakis, Teg también realiza un acto muy presente en todas las novelas de la saga. Para que sus compañeros de misión no sean descubiertos, se sacrifica y es capturado por las Honoradas Matres. Nuestro héroe está en apuros... ¡Y comienza el cachondeo!

Las Honoradas Matres poseen una especie de instrumento de tortura definitiva, que viene a ser una sonda cerebral, y que causa un indescriptible dolor que sólo consigue que la víctima ansíe la muerte. Esta sonda es la que utilizan para torturar al bueno de Teg, que afronta el desafío con total valentía. Y aquí, precisamente aquí, es donde viene lo bueno de verdad.

¿Muere el pobre Teg como un héroe, entregando la vida por sus amigos? ¿Ha caído Herbert en el patetismo de presentarnos a un personaje potable que sale de la trama porque sí? ¡No! Herbert hace algo mucho mejor y más épico. Resulta que, como ya sabemos, el Tirano había hecho modificaciones genéticas en los Atreides, previniendo determinados problemas que pudieran surgirles en el futuro. No está claro si su presciencia le había llevado a ver el momento en el que la sonda se introducía en el cerebro de Teg; pero, desde luego, el tío tuvo vista. En el momento en que el general es sometido al mayor rango de dolor de la sonda, se opera una especie de cambio genético repentino, y Teg no muere. Tampoco grita. No es que soporte mejor el dolor. ¿Es un pájaro? ¿Es un avión? ¡NO, el el Superman de Dune!

De pronto, el supuesto chivo expiatorio adquiere súper fuerza y súper velocidad, y el caso es que arrasa con toda la caterva de Honoradas Matres y cohortes de combate que pululaban por allí, básicamente, en unos segundos diezma las defensas del enemigo, en un giro de trama digno de cualquier película cutre de acción; pero que en medio de las novelas de Dune, que poseen todas las características citadas anteriormente, chocan de forma sorprendente. En un mundo donde todo se centra en intrigas palaciegas, arrebatos de misticismo y experimentos secretos, el arma definitiva para acabar con la mayor amenaza de la civilización es un gañán que se lía a manguzadas supersónicas. ¡Viva Herbert!

Tiempo después, los compañeros de Teg han sido atrapados, y Teg vuelve a entregarse, siendo conducido a un antiguo banco que las Honoradas Matres han transformado en cuartel. En un nuevo alarde de violencia gratuita y flipada sin igual, Teg desciende desde el último piso hasta la salida, matando por el camino a todo bicho viviente, sin que al pobre vigilante que observa las cámaras de seguridad le dé tiempo a pulsar el botón de alarma. ¡Ojo! Teg sigue siendo el mismo general experto, y el mismo señor mayor, educado por las  Bene Gesserit, calculador y frío, sólo que ahora, además, reparte estopa a velocidad luz.

Las Honoradas Matres, que se han quedado flipando pepinillos, se dan cuenta de que han de acabar con Teg, la única arma del enemigo que consigue destruirlas en cantidades industriales. Pero, ¿cómo hacerlo? Por lo que sabemos, estas mujeres salvajes no se caracterizan especialmente por su actitud calculadora. No tienen presciencia, arrasan directamente con todo lo que encuentran a su paso y, si no pueden enfrentarse a algo, directamente huyen. Es decir, que las pobres son un tanto básicas en sus usos y maneras. Por este motivo, Herbert realiza el giro de trama definitivo. ¿Qué haces si tienes a un tío con súper velocidad y súper fuerza en tu planeta, matando a tu gente sin tino? ¡Pues cargarte el planeta, claro!


Y así es. Los compañeros de Teg han encontrado a la Atreides que pastorea gusanos, y se llevan una cría. Todos suben a la nave menos Teg, que, obviamente, vuelve a quedarse atrás, asegurando la huida del resto a base de liarse a tortazos como acostumbra. Mientras la nave sale volando a toda velocidad, las Honoradas Matres lanzan un pepinazo nuclear sobre Arrakis, y destruyen el planeta... con Teg dentro, claro, que era lo que les interesaba.

Total, que la historia de Teg supone, ni más ni menos, uno de los más importantes cambios de la saga. Por un lado, se acaban los héroes únicamente dotados de poderes mentales o biológicos. Teg es un Hulk cargado de epicidad trascendental. Por otra parte, se acaban las guerras en torno a Arrakis, puesto que... bueno... digamos que ya no vive más; y también se acaban los conflictos con la especia. Arrakis era el planeta de donde salía, y ahora, con el gusanito en la nave, la melange se podrá fabricar de forma artificial, así que eso de "quien controla la especia controla el universo" -mantra de todos los personajes ambiciosos de los libros anteriores- ya no cuela. Finalmente, el caso Teg termina con las tramas de pocos personajes luchando en ambientes más bien cerrados. Las intrigas palaciegas dejarán paso a una gran guerra interplanetaria y a la preparación para una lucha con el mayor enemigo de la raza humana, que regresa para vengarse de forma definitiva. El Tirano, inmerso en una trama doméstica, había previsto acciones que se salían de los márgenes de lo cotidiano, preparando el terreno para toda la humanidad futura. Y Herbert, con el inesperado y brusco giro de Casa capitular, rompe con una serie de lugares comunes, para dar paso al final de su historia, que parte de una base insólita sin perder la coherencia interna, y adelantando tramas sumamente interesantes y bien hiladas.

A todo eso, para los que piensen que he hecho el peor spoiler de la historia, decir que las aventuras de Teg no empiezan ni terminan exactamente en lo que he contado, sino que aún nos queda mucho gañán místico por admirar. Mucha gente que sólo conoce los primeros libros de la saga suele perderse a este personaje y la importancia que su historia conlleva. Por ello, animo desde aquí a todos los que no lo han hecho a leer Dune, y descubrir más bizarradas que las pocas notas que haya podido esbozar aquí. Os aseguro que merece la pena.