domingo, 25 de agosto de 2013

Películas de contraste: Si las paredes hablasen (1 de 2)

Pues sí, amiguitos, se nos acaba el verano dentro de nada. Vuelve septiembre y, aunque yo ya estoy teniendo mis palizas de trabajo, he de decir que el nuevo mes se presenta cargadito de emociones -boda incluida- y que tengo ya cuatro post a medias, por culpa de unas semanitas de infarto, en las que creo que, por lo menos, el ejercicio me habituará de cara a las semanas que vienen.

Lo bueno, como siempre, ha sido poder disfrutar de cine curioso, de ese que ya todos sabéis que termino viendo a escondidas, con total nocturnidad, cosa que me hace sentir que aún puedo rascar un poco de libertad a los últimos días del verano.

La verdad es que la mayor parte de las noches me he dedicado a ver moñeces absolutas, eso las que veía algo, porque casi todo este tiempo, he intentado avanzar con la tesis en cualquier rato que tuviera libre. Con este apretado margen, he de decir que una noche me topé con un par de historias la mar de interesantes.

Andaba yo buscando vídeos y cortometrajes para jóvenes, cuando de pronto, algunas respuestas del buscador me dirigían a  páginas web relacionadas con la homosexualidad. Una de ellas, dedicada al mundo lésbico, ofrecía bastantes filmes en línea que trataban el tema desde diversos puntos de vista.

Más de una vez he leído o visto alguna reseña sobre cine homosexual, pero desde luego, casi nada de cine lésbico, lo cual es una pena, porque dentro de esta tendencia se encuentran auténticas joyas cinematográficas -como La calumnia, protagonizada por Audrey Hepburn y Shirley MacLaine, sin ir más lejos-. Bien es cierto, no obstante, que existe algún que otro libro que habla de cine gay, refiriéndose a todas las tendencias, como El armario secreto de Hitchcock, de Boris Izaguirre, el cual resulta demasiado específico, aunque entretenido. De entre las relaciones lésbicas tratadas, destaca la de Rebeca, película donde el ama de llaves vive obsesionada con el recuerdo de su señora, y se encarga de mantener viva su memoria, convirtiendo el ala oeste de la casa en un auténtico mausoleo, que cuida de forma abiertamente fetichista. Aparte de lo anterior, reconozco que no he leído ni visto mucho más sobre el tema, aunque como todo, es cuestión de ponerse a investigar.

De hecho, uno de los mejores puntos de partida podría ser esta página web de cine sobre lesbianas, donde se recomiendan también cortometrajes más o menos interesantes. Pues bien, una de las varias películas que en aquel blog se ofrecían era If these walls could talk 2, que en España se tradujo como Mujer contra mujer.

Aparte de pensar en el triste alcance del daño perpetrado por las letras de Mecano, no pude evitar fijarme en lo evidente, aquella película se trataba de una segunda parte, y me llamó la atención que, si bien ésta era citada y enlazada en el blog, nada se decía con respecto a la primera. Un par de minutos tecleando me dieron la respuesta.

La cosa va como sigue. Si las paredes hablasen es la traducción literal de la primera entrega, una TV movie de la HBO. Filmada en 1996, la cinta obtuvo diversas candidaturas a los Emmy y a los Globos de Oro, amén de otros premios internacionales. 


La cinta narra tres historias que giran en torno a un tema central, en este caso, se trata del aborto. Cada una de las historias se desarrolla en una década distinta del siglo XX, los cincuenta, los setenta y los noventa, dando a cada caso concreto un escenario político y social completamente distinto, además de estar protagonizadas -cuando no dirigidas o producidas- por actrices de renombre en aquel momento, como Demi Moore, Sissy Spacek, o Anne Heche o Cher. 

En la primera historia , Demi Moore interpreta a una enfermera que, habiendo enviudado recientemente, vive en una ciudad pequeña, apoyada por la familia de su esposo, un militar de excelente reputación. Una noche, en plena crisis de llanto, mantiene relaciones con su joven cuñado, dando como resultado un embarazo. Ante tal tesitura, la mujer decide abortar, puesto que sería una madre soltera y haría que tanto ella como su familia política perdieran su buen nombre dentro de la comunidad.

En los años cincuenta, el aborto estaba prohibido en Estados Unidos, y la joven Moore tiene serios problemas para lograr su objetivo. Finalmente, rechazada por las pocas personas de confianza que la 
rodean, y con serios problemas económicos para costearse un aborto clandestino en un lugar en buenas condiciones, termina recurriendo a un siniestro médico, que le practica el aborto en la cocina de su casa por poco dinero.

El final de la historia es bastante trágico, puesto que la mujer comienza a sangrar abundantemente y, presumiblemente, muere tratando de llamar al hospital.



En la segunda historia, Sissy Spacek interpreta a una madre de familia numerosa, ama de casa, que está sacándose estudios superiores en la universidad. Ante la noticia del nuevo embarazo, se plantean serias dificultades económicas, puesto que un bebé supone que el padre no se pueda retirar, que la hija mayor tal vez no pueda estudiar en la universidad que quiere, y que la propia Spacek tenga que abandonar sus estudios. Ante toda esta amalgama de problemas, la protagonista se plantea la posibilidad de abortar. Dentro de quienes la apoyan en este sentido, su hija mayor, una joven hippie y feminista, la pone al corriente de las opciones existentes, y la anima a que lo haga, eso sí, con un cierto puntito egoísta, puesto que no quiere perder bajo ningún concepto su oportunidad de ir a una buena universidad.


La escena final, bastante ilustrativa, nos deja con la sufrida madre de familia abrazando a su hija mayor, que llora desconsolada mientras ella le confiesa que no va a abortar; y la consuela diciendo que ya encontrarán una salida a sus problemas y que todo se arreglará.

En este punto, debo decir que no me gustan nada las películas tendenciosas. Nunca me ha parecido bien que el público sea tomado por estúpido, o que una película o un libro me digan cómo tengo que pensar. En este caso, siempre pongo el ejemplo de Million Dollar Baby, donde se os expone un caso de eutanasia desde un punto de vista completamente aséptico, para que cada cual saque sus propias conclusiones. Incluso Juno destaca por la magistral forma de presentar este mismo tema del aborto desde un punto vista más bien humorístico, que le da a la historia un toque curioso, poco convencional. En este aspecto, If these walls could talk resulta bastante tendenciosa, aunque bien elaborada y con unas historias inetresantes. Cuando realmente me quedé perpleja fue cuando llegó el episodio de los noventa, producido por Cher, que además aparece en la cinta.

Anne Heche es una brillante estudiante de arquitectura que se queda embarazada después de mantener relaciones con uno de sus profesores. Ante la posibilidad de abortar, su mejor amiga trata de convencerla para que no lo haga; pero ella tiene dudas y decide ir a informarse a una clínica abortiva. 

Cuando llega, se encuentra con un grupo de mujeres rezando en la puerta, que de nuevo intentan convencerla para que no aborte. De todas formas, la chica entra en la clínica y se informa de todo. A pesar de las presiones que siente por uno y otro lado, finalmente pide ayuda a su amiga y ésta termina acompañándola a abortar.



Hasta aquí, todo correcto. El mismo día en que las dos jóvenes van a la clínica se ha convocado una manifestación anti abortista delante de la clínica -cuya directora, por cierto, es Cher con una terrible melena pelirroja de tinte- , y la fachada del edificio es tomada por una multitud que grita sus consignas y canta sin cesar. Esta y otras situaciones anteriores producen un intenso debate entre los diferentes personajes, que aportan su punto de vista sobre el asunto. Como he dicho antes, esto me parece bien. Cada uno va diciendo su opinión y el espectador saca sus propias conclusiones. Repito, hasta aquí todo correcto.

Hasta que llega el final, que es uno de los más sucios que he visto en mi vida. Anteriormente, tanto los personajes a favor y en contra del aborto han ido mostrando su mejor y su peor cara, mientras Anne Heche aborta en la clínica, con la ayuda de Cher. Si todo hubiera terminado de forma diferente, la película será salvable e incluso destacable; pero debe ser que la cantante no estaba por la labor. Justo cuando la Heche respira aliviada por haber terminado la operación, un joven que se había colado anteriormente en la clínica haciéndose pasar por el novio de una chica embarazada, entra en la habitación y se lía a tiros con la doctora Cher y su melena. En medio del charco de sangre, la muchacha Heche llora desconsolada y asustada, abrazando el cuerpo inerte de Cher, asesinada por un joven activista pro vida.

El pelo es horrible, pero no hacía falta matarla por eso


Como digo, el final es sumamente tendencioso y demasiado cogido por los pelos, dejando un mal sabor de boca que, además, hace que todo el debate suscitado con anterioridad, incluso en las dos historias precedentes, quede completamente eclipsado y resulte absurdo y sin sentido para los espectadores. En resumen, una película de tema controvertido y de brillante ejecución en muchos momentos, que se ve abocada al pasmo y el cutrerío cuando llegas al final. Una pena.

A todo esto, entendí perfectamente por qué no había aparecido enlazada en aquel blog sobre lesbianismo del que hablé al comienzo de este post. Ciertamente, ambas películas son idénticas en su estructura, aunque el tema a tratar sea distinto en cada una de ellas. Y como este post ya se está alargando demasiado, dejo el comentario de If these walls could talk 2 para el próximo. Sólo adelanto que, como excepción que confirma la regla, la segunda parte es mucho mejor. 

Dejo el enlace de la primera película completa en español. Que la disfrutéis.



viernes, 2 de agosto de 2013

Alter egos

Todos hemos deseado alguna vez ser otra persona. Tanto es así que, de pequeños, buscamos nuestra propia personalidad reproduciendo lo que vivimos en nuestro entorno para normalizarlo y hacer que forme parte de nuestra vida. Jugar a papás y mamás, a policías y ladrones o a las tiendas nos hacía crear una vida idealizada, que, por unas horas, era la nuestra. De hecho, se dice que ese deseo es el mueve a mucha gente a estudiar interpretación, así como otros muchos encuentran gran placer en jugar una buena partida de rol.

Quien más quien menos, todos hemos tenido uno o varios alter egos, figuras a las que admirábamos y deseábamos imitar. Muchas veces se trataba de eso, otras, de una mera cuestión de empatía, o de la mezcla de ambas.

En mi caso concreto, la mayor parte de mis alter egos procedían de la literatura. La admiración por los personajes cinematográficos vino después, y se basaba, en parte, en el Hollywood clásico. El caso es que hoy paso a enumerar algunos de los personajes que quise emular durante los primeros años de mi vida.

Josephine March: Una de las cuatro Mujercitas de Louisa May Alcott. Jo era valiente, y un chicazo cuando era pequeña. Formando un club "secreto" con sus hermanas, representaban las obras de teatro que ella misma escribía. Su gran ambición era ser una escritora de renombre con sus relatos de misterio y amores
apasionados. Pasados los años, renunció al amor fácil de su amigo Laury, a sabiendas de que sería una relación fallida, y se marchó a Nueva York a ganarse la vida. Allí conoció al profesor Bahuer, un hombre sencillo y sensible que adora a los niños. Gracias a él, descubrió la belleza de la ópera, y que para escribir "debe inspirarse en la profundidades de su alma". La vuelta al hogar, con sus hermanas casadas y con hijos, le reportó una pesada melancolía. El final de la historia, con Bahuer dejándole su primera novela, le trae la vida que siempre deseó:

-Pero, yo no tengo nada que ofrecer, mis manos están vacías.

Jo toma la mano del profesor, ambos se resguardan de la lluvia bajo un gran paraguas.

-Ahora ya no están vacías.

¿Quién no siente nada con este final? Jo consiguió heredar la mansión de la vieja tía March y convertirla en una escuela. Con el hombre de su vida, vivirá una existencia pobre, sencilla, dedicada a las letras y a la enseñanza. Puede sonar muy tradicional, pero yo quería ser ese chicazo que subía a los árboles y encontraba el amor verdadero basándose en las cosas sencillas y profundas de la vida.

En este apartado, debo decir que las adaptaciones cinematográficas de Mujercitas me dejaron, en general, bastante mal regustor. En la primera, que en España se llamó Las cuatro hermanitas (1933), Jo era interpretada por Katherine Hepburn, y no me gustó nada. La Hepburn tiene papeles bastante mejores, y su pinta siempre ha sido de demasiado mayor, aun siendo joven. Lo cierto es que tampoco me gustaba eso de "¡Por Cristóbal Colón!" que se pasaba diciendo toda la película. Vale que Mujercitas es moñas, ¡pero no tanto, por favor!


La siguiente adaptación, de 1949, me parece la mejor representación del personaje de Jo, o al menos la que más me gusta. June Allyson está muy bien, y, aunque sigue diciendo cosas como "¡Madre de mi alma!", resulta mucho menos remilgada y elegante, en su carita redonda poseía la firmeza y la dulzura propias del personaje -si no me creen, véanla en Los tres mosqueteros junto a Gene Kelly, interpretando a Constanza- así como ese aire risueño y pizpireto que la hacía tan especial.


Entremedias, recuerdo que, por aquellos años, se emitió una serie de anime japonés que narraba las aventuras de las mujercitas. Al ser una serie de bastantes capítulos, el personaje de Jo podía desarrollarse con mucho más detalle, y reconozco que me encantaba la larguísima coleta que llevaba.


De la versión de 1994 sólo diré dos cosas. En cuanto a la novela, es la que más me gusta. No soporto a la Winona.


Fin.

Anna von Schloterstein:  Quizá este personaje no os suene demasiado a priori. Si digo que es la hermana de Rüdiger von Schloterstein, quizá os suene aún menos. Se trata de uno de los mejores personajes de la saga literaria infantil El pequeño vampiro, de Angela Sommer-Bondemburg.

Anna era una niña-vampiro de pelo rojo. Al ser la benjamina de la familia, fue la última en convertirse, y no podía beber sangre, motivo por el cual bebía leche rancia y batidos de cacao mohosos. Al no ser un vampiro completo, conservaba parte de su humanidad, por lo que no era tan egoísta como el resto de su familia. En realidad, es la novia de Anton, el protagonista de la historia. Lo malo es que a veces era demasiado cursi, le encantaban los vestidos bonitos y los perfumes. Aunque era muy lista y decidida -su hermano la apodaba "dientes de leche", pero todos la conocían como Anna La Valiente- solía demostrar una clara tendencia al drama, mezclando actitudes infantiles con un deseo irrefrenable de ser más mayor de lo que su edad eterna le permitirá .

En las antiguas ilustraciones de Alfaguara, Anna aparecía como una chica pelirroja de ojos grandes, mirada
inteligente y sonrisa pícara. Además, recuerdo que llevaba un enorme tupé casi encima de la frente, y las capas de vampiro, que me encantaban, eran únicamente unos ponchos negros raídos. La verdad es que volar por los aires, viviendo en una cripta, con una vida partida en dos mitades -medio vampiro, medio niña- hacían de Anna un personaje interesante, que trataba de ayudar a Anton y Rüdiger, aunque a veces lo que hacía era crear tramas paralelas que hacían que los chicos se metieran en aún más líos de los necesarios para cualquier chaval de nueve años, sea o no un vampiro.

Sólo conozco una adaptación cinematográfica de las novelas del pequeño vampiro. La verdad, es una castaña pilonga de mucho cuidado. El personaje de Anna está interpretado por Anna Popplewell -la Susan de Las Crónicas de Narnia- y se queda en un secundario soso que en nada se parece a Anna, la valiente pelirroja del tupé extravagante.






Elena: Jim es una de las mejores novelas infantiles de Manuel L. Alonso, publicada por la editorial Anaya, en la colección El duende verde. Elena es una niña que acaba de mudarse con sus padres a otra zona de la ciudad, teniendo que empezar su vida desde cero. Su mayor afición es leer libros de barcos y piratas, y buscar tebeorías para comprar cómics de aventuras. El único amigo que encuentra en su nuevo barrio será su primer amor, Jesús, al que ve todos los días dibujando solo, en la entrada de su portal. Al principio, mientras le espía por la ventana y no sabe cómo se llama, decide llamarle Jim, en honor al protagonista de la Isla del Tesoro.

Jesús "Jim" es un chico introvertido con una gran imaginación, que lleva a Elena a maravillosas expediciones
por el polo norte, o a buscar barcos ingleses que abordar en el Caribe. El problema de Jim es la mala fama que tiene en el barrio, puesto que su padre está en la cárcel. Esto lleva a un vecino desaprensivo a cometer un robo y fingir que Jim es el culpable.

Ante tal situación, Elena no se desanima en absoluto, sino que decide realizar un acto de valor para demostrar la inocencia de Jesús. Subida a un altísimo tejado, convoca a las autoridades para declarar la verdad que ha descubierto, y casi pierde la vida por ello.

Elena, de nuevo, era una chica valiente y decidida, a la que le entusiasmaba leer -he de decir que lo de las novelas de barcos y piratas nunca se me pegó, porque no me gustan nada- y que era capaz de imaginar miles de aventuras sólo con pasear por una calle o un parque. Recuerdo que alguna vez llegué a escenificar el juramento de hermanos de armas que Elena y Jim realizan en el libro. Elena era una auténtica heroína, y como decía Alonso en el prólogo, ojalá la hubiese conocido.

Miércoles Addams: El hecho de que me gustaran los relatos de terror, y el de sentirme normalmente incomprendida y retraída con respecto al resto de los niños de mi edad, me hicieron cambiar hacia otros alter egos que reflejaran mejor esas nuevas ideas que bullían en mi cabeza. Uno de los mejores personajes, que influyó bastante en mi personalidad de aquellos años, fue Miércoles Addams. La hija de la estrambótica y siniestra familia vestía como una colegiala, se pasaba el día seria, sin sonreír, y lo mejor de todo, respondía como una auténtica borde, era una troll en toda regla. 


Si bien en la primera película no brilla tanto -a excepción de la escena de la limonada- la segunda, convirtiéndose en el azote de los pijos del campamento de verano, devastándolo todo y torturando a toda la caterva de niñas rubias y monitores estúpidos, la hicieron ser mi preferencia número uno dentro de los personajes de ficción de mis años cercanos a la adolescencia. ¡Hasta me aprendí aquella absurda canción que le dedicaron los Bom Bom Chip! Miércoles sabía tratar a la gente, eso seguro.

http://www.youtube.com/watch?v=PEPbGimPkDo

Lydia Deetz: Dentro de toda evolución, siempre hay diferentes pasos a los que llegar para alcanzar diversos estadios. En los primeros años de mi adolescencia, mi modelo, tanto estético como de comportamiento, era Lydia Deetz, la protagonista de Bitelchús. El problema, cómo no, era que, de nuevo, la estupenda Lydia era interpretada por la pesada cansina de Winona Ryder, pero en aquel momento no me importaba.

De Lydia, me fascinaban sus pamelas y sus tules, sus velos, sus mitones y sus redecillas. Aquella estética molaba de verdad, no como los polos y los vaqueros ceñidos. Otra cosa que terminé de interiorizar después del ejemplo de Miércoles, fue que yo ganaba mucho más siendo pálida, motivo por el cual no me gustaba tomar el sol, y no quería ponerme morena. La palidez era básica para llevar a la práctica el siniestrismo ilustrado y la actitud antisocial, o al menos eso era lo que pensaba. 


En la serie de dibujos, ya sin Winona de por medio, Lydia terminó por gustarme aún más. Como Anna, llevaba un poncho -rojo, eso sí- y unas mallas ceñidas con mitones negros. En la cabeza únicamente tenía una graciosa coletita. Podía ir vestida como quisiera, y tenía a sus amigas, que no la juzgaban y se lo pasaban fenomenal con ella. Aparte, tenía un secreto, y es que cada vez que llamaba a Bitelchús, se introducía en el mundo de los muertos y terminaba corriendo delirantes aventuras de ultratumba. 



Hace un par de días, una amiga me dijo que le gustaría casarse, y que su boda fuera una fiesta de disfraces de cine. Desde luego, yo tenía dónde elegir, pero el primer nombre que me salió sin pensar fue precisamente ese: "Yo iría vestida como Lydia, la de Bitelchús". Al parecer, hay cosas que nunca se olvidan, y que, por el motivo que sea, nos marcan para siempre.


miércoles, 31 de julio de 2013

Aquellos chiflados y sus bellas canciones

Una de las premisas más importantes dentro de esta década de los años 10 del siglo XXI es más que evidente: los ochenta molaban. Por este mismo motivo, una de las conversaciones más típicas entre amigos que viven en esta era posmoderna suele ser las cosas que se veían en la tele de nuestra infancia.

A este respecto, yo debo decir que, en líneas generales, era una niña bastante rara, y muchas de las series me gustaban sólo por su música. A veces, la historia me importaba tan poco que veía los capítulos hasta que me aprendía la canción. Hecho esto, pasaba olímpicamente de la historia y me iba a otra cosa. Es lo que tiene.

Y como estamos en verano, aprieta el calor, y siempre suele apetecer algún post revival así, fresquito, voy a ir dando una lista de series con sus cabeceras respectivas, atendiendo únicamente a que me gustara más o menos la canción. Algunas las veía de pequeña, otras, las recuerdo únicamente por el opening, que, años, después, me sigue encantando. Como siempre, acepto sugerencias, ideas y anécdotas varias de todo el mundo. Vamos a ello:

Dos fuera de serie (Juana y Sergio)


Los años ochenta en España se caracterizan por la entrada a saco de series de anime japonés. A día de hoy, mucha gente recuerda a la perfección las tramas de todas las sagas de Dragon Ball, por no hablar de algunas que perviven a día de hoy, como Doraemon -que ya son ganas de tocar las narices-. La mayoría de estas series llegaban a España vía Italia, y, en algunos casos, Francia. 

Este sería el caso de Dos fuera de serie, anime que nadie conocía por su nombre, sino por el de los protagonistas: la estrambótica y payasa Juana, y el flemático Sergio. La chica acaba de llegar al instituto, donde entra como suplente en el equipo de voleibol. Allí, conoce a Sergio, el apuesto capitán del equipo de fútbol, y su amor platónico desde del primer momento. 

Lo demás sobra un poco, puesto que todo trata de la superación de Juana, tanto dentro del equipo de voleibol, como intentando conquistar a su amado Sergio. La canción, animada y pegadiza, era la comidilla de las niñas españolas del momento, y no sobraban los chistes entre supuestos "novios", que cambiaban los nombres del estribillo por los suyos propios. 


Sherlock Holmes


Dentro de las múltiples genialidades de Hayao Miyazaki se encontraba esta preciosa joya, basada en los relatos de Sir Arthur Conan Doyle. De nuevo, la serie llegó directamente de Italia, al igual que la sintonía de cabecera. Alguna vez lo he pensado, y puede que parte de mi gusto por lo decimonónico viniera de aquellos perros victorianos animados, y de uno de los mejores villanos que ha dado la historia de la animación televisiva: El profesor Moriarty y su pterodáctilo rosa. JA JE JI JO JU.


Cabe decir que esta serie pasó también por Francia, aunque la música, tan atractiva y divertida en todas sus versiones, fue sustituida por una moñez de dimensiones épicas, que de haberla sufrido, habría cambiado mi vida para siempre.



Campeones/ Lupin III

He aquí un caso curioso, de nuevo, un anime directamente llegado de Italia. Pongo ambos en la misma posición porque me encanta el combo braker de cabeceras que se montó.

En España, la canción del opening de Campeones era una de las más celebradas y conocidas por la chavalería ochentera-noventera. Su éxito, estaba claro, se debía a la calidad y epicidad con la que transmitía el gusto por el fútbol y la gloria del deporte.


Ahora bien, no era eso lo que pensaban los niños italianos, puesto que esa misma melodía había sido utilizada para encabezar otra exitosa serie de anime. Lupin III.



De todas formas, sin desmerecer a semejante lío de músicas y musiquitas, dejo la cabecera española de Lupin III, que también estaba bastante bien.


Ranma 1/2

La última de anime. Esta cabecera es de las que más gracia me ha hecho siempre. Solía ser la misma en casi todos los países aunque, como siempre, Francia se desmarcaba, pero esta vez no con un coñazo, sino con un temita pop bastante pegadizo.

A pesar de emplear la misma melodía en sus intros, hay que reconocer que no hay ninguna más ridícula que la española. En inglés suena un tanto sosa; en italiano, el dúo intérprete le da un cierto toque rockero que tampoco está mal. En español, por contra, la cantante nos ofrece un híbrido entre lo oriental y lo coplero que roza la vergüenza ajena, a lo que suma frases como "yo soy luchadora, hay que ser así" (jotía, jotía), o "eres un gran guerrero, no me desespero". Todo esto hacía que, aunque viera la serie siendo pequeña, me partiera de risa sin parar. En serio, es de coña.


Series que no eran de dibujos: El gran Héroe Americano

Aquí llega una de mis preferidas. Si bien nunca llegué a ver la serie, la canción de El gran héroe americano era una de las más bonitas y pegadizas de todas aquellas curradas cabeceras de los ochenta. Sin palabras.


Primos lejanos

Al margen de la maravillosa danza de la alegría, las andanzas del primo Larry y el primo Balky nos dejaron una canción estupenda. Desde luego, la serie era muy divertida, y yo me lo pasaba piruleta tanto con la historia como con su cabecera. Años después, el spin off en el que conocimos a la familia de Harriet Winslow, la ascensorista del periódico en el que trabajaba Larry -Cosas de casa- hizo que el personaje de Steve Urkel desbancara a los primos de la fama. Sin embargo, a mí siempre me pareció que Cosas de casa se basaba en un éxito más facilón y artificial, mientras que los primos y su música siguen frescos en mi memoria.


Los problemas crecen

Esta serie fue una de las más exitosas, y contaba las peripecias de la familia Seaver -a la que, temporadas más tarde, se unió Leonardo DiCaprio-. El hijo caradura y fiestero, la hija empollona, el pequeño inocente y travieso, y el bebé. No obstante, su mayor virtud residía en la cabecera, además de por la canción, por el entonces original golpe de efecto que suponía ver imágenes de los personajes que evolucionaban desde que eran niños hasta el momento presente. Potita potita.


Padres forzosos

La serie la hermana de Kirk Cameron tuvo tanto éxito en España, que nadie la conocía por su nombre. Las niñas de esa época, las pijas en su inmensa mayoría, se preguntaban cada mañana en el patio del colegio: "¿Has visto Michelle?". En efecto, si algo hacía las delicias de las prepúberes españolas de los noventa, era la ricura de las gemelas Olsen. Hay que reconocer que, tiempo después, es una penita verlas, pero nos queda esta cabecera, con el tío rockero Jesse, el tío Joey y sus imitaciones, y dan, el padre abnegado de las tres rubitas, la adolescente, la repipi ceceante, y, por supuesto, la pequeña y adorable Michelle.


Cheers

Y aquí llega la número uno. Mi favorita de las canciones de cabeceras ever. La melodía es, por un lado, melancólica y emotiva. Por otra parte, la serie tenía personajes memorables y momentos desternillantes, que acabaron convirtiéndome en fan de Frasier años después. El reparto era más que excelente, las tramas, divertidas, y la canción... hace poco vi que se había hecho una promo de CSI NY, mezclando imágenes de Mac Taylor y compañía con la música de Cheers. El grupito de forenses de Nueva York nunca ha estado entre mis preferencias, pero sabe Dios que, desde esa promo, los miro con cierta simpatía.


Y hasta aquí esta preciosa lista veraniega. En el tintero quedan algunas canciones muy graciosas y recomendables, pero eso lo dejo a vuestra discreción. Dentro de poco, un nuevo libro perturbador, y alguna andanza cinematográfica de calibre "daños cerebrales directos". ¡Feliz agosto!




jueves, 18 de julio de 2013

Pequeñas venganzas

Desde que empezaron las vacaciones, no hago más que prepara cosas, y no precisamente de esparcimiento y deleite en la mayoría de los casos. Libros, tesis doctoral, materiales para el curso que viene... y todo dentro del orden caótico que suelo desarrollar cuando me toca hacer las cosas sola. ¡Un coñazo, vamos!

Lo bueno que pueden tener los periodos de vacaciones es que puedes verte mucho más con tu familia, lejana o cercana. Como yo la veo casi todos los días, eso no debería suponer ninguna novedad. Lo curioso del asunto, es que, como todo el mundo, yo tengo un familiar especial que hace que cualquier rato pase volando y con buen humor. En mi caso, se trata de mi cuñado.


Suele ser frecuente en los chistes y demás historietas, que los cuñados sean unos seres despreciables y envidiosos, que presumen hasta de las más mínima gilipollez que les haya sucedido y a ti no. Con el mío, en cambio, es diferente. Digamos que es una de esas personas que a la gente bien pensante y políticamente correcta le cae mal desde el principio; pero yo me parto de risa al escuchar sus historias. Su humor, básicamente, consiste en meterse contigo y tirarte puyas desde el mismo momento en el que cruzas el umbral de la puerta. Finge ser una especie de frívolo, vago para las cosas de la casa, mandón y misantrópico, pero no se trata más que de una pose, y no hay que ser muy inteligente para notarlo cuando comienza a descojonarse de la gente que se lo toma en serio, echando más madera, al más puro estilo Groucho Marx. Hablar con él de cosas serias es posible, además de altamente recomendable. De hecho, cuantas más tonterías te diga y más se meta contigo, más cariño te tiene. Lo único que debes hacer es seguirle el juego, ¡y comienza la diversión!

Fue este cuñado mío quien me hizo activar el chip de los recuerdos vergonzantes. Ése que provoca que, como niños, recordemos alguna que otra maldad cometida en el pasado con una leve risita. Dentro de estos recuerdos, se encuentran las venganzas.


Todos conocemos a gente que nos cae mal, es inevitable. Y todos, más de una vez, nos hemos visto tentados de llevar a cabo alguna venganza, por pequeña que sea, hacia esa persona a la que no podemos soportar, por los motivos que sean. Hoy me voy a dedicar a recordar algunas de las mejores venganzas, mías y de mi señor cuñado, relatándolas con una leve risita a punto de escapárseme entre los dientes.

1. El robobo de la llallave

Esta venganza fue perpetrada en mi época universitaria. Nada más llegar, mis padres decidieron que era mejor meterme en una residencia. Yo hubiera preferido un colegio mayor, por el simple hecho de que suelen ser mixtos y dan bastante libertad a los estudiantes que viven en ellos. A mí me tocó una residencia de monjas.


En un principio, la cosa no estaba tan mal. Cuarenta chicas divididas en dos pisos, con algunas hermanas muy majas y agradables, que hablaban contigo y te preguntaban qué tal ibas en los estudios y esas cosas. El pero -porque siempre hay un pero- lo ponía la directora. Una mujer extraña, llena de arrugas, con voz de pito y nariz de grajo que se teñía el pelo y no tenía olfato. Aquella señora era la típica "sargento" metomentodo que nadie soportaba, salvo alguna que otra residente que sabía que, haciéndole la pelota, obtendría una ínfima serie de pírricas prevendas. Desde luego, hay gente que vende su tiempo por muy poco...

El caso es que, al margen de las normas establecidas en los estatutos de la residencia, que yo leí y acepté al entrar, la directora se empeñaba con todas sus fuerzas en inventarse algunas nuevas, o adaptar las ya existentes a su gusto. Por ejemplo, entre semana estaba prohibido llegar más tarde de las 23:30; sin embargo, a la directora se le había metido en la cabeza que era mejor si llegábamos todas a las 23:15, simplemente porque sí, o por sus huevos toreros, lo que mejor prefiráis.

Cansada de tanta norma estúpida y tanta discusión estéril para hacer razonar a aquella señora -olfato no sé, pero oído a la hora de debatir, tenía poco- un buen día me enteré de que, al parecer, cuando las residentes no estaban, la directora se metía dentro de las habitaciones para ver cómo estaban, si la residente en cuestión era ordenada, limpia, etc. y así saber qué habitaciones eran las más presentables para enseñarlas a las futuras candidatas a entrar. Como se puede comprender, esto me sentó como un tiro, porque bien es cierto que la directora era, además, un cotilla de cuidado. Y decidí llevar a cabo una maniobra de subterfugio, que en cualquier partida de rol sólo habría salido a base de críticos. Dificultad +20. Misión suicida. Me puse el uniforme ninja y comencé mi plan.

Lo primero que hice, por supuesto, fue desordenar mi habitación de arriba a abajo. Nunca he sido una persona especialmente ordenada, de modo que no me costó demasiado dejar la cama sin hacer, tirar la ropa por el suelo y esparcir mis libros y mis apuntes por cualquier metro cuadrado que quedase libre. ¡Se imponía el horror vacui!

Lo siguiente, iba a ser lo más complicado de todo.

Tuve que esperar varios días para encontrar un hueco en el que alguna hermana estuviera de buenas, o en el que toparme con cualquiera de las despistadas. Obviamente, no quería hacer partícipes de mi venganza a las monjas que me caían bien y eran buena gente. Mi oportunidad llegó en forma de "Sor Cuqui".

"Sor Cuqui" -o la Cuqui- era una monja de mal carácter y que vestía completamente de negro, amén de teñirse el pelo del mismo color. Al igual que la directora, era cotilla, autoritaria y seca. Lo bueno era que también era una contumaz despistada. El objetivo perfecto.

Como quien no quiere la cosa, me hice la encontradiza con ella en el pasillo, con cara apurada. Había perdido la llave de mi habitación y no era capaz de encontrarla. Quizá estuviera en un bolso, o en el casillero de portería... No había manera de encontrarla. ¿Sería posible obtener mi llave de repuesto para poder abrir? Prometí devolverla. Por supuesto, a los pocos minutos la llave estaba en mi poder. Y así permaneció, junto con la original, incluso cuando me fui a vivir a un piso compartido.

Con estas sencillas pautas, estuve segura durante dos años de que nadie entraba ni salía de mi cuarto sin mi permiso. Fue un poco zafio quedarme con las dos llaves y luego no tener el valor de devolverlas, pero, ¿qué más daba? Agua pasada no mueve molino. Yo quedé contenta, y supongo que la directora, después de haber viso el supuesto desaguisado de mi cuarto, pensó lo mismo cuando descubrió que no podría entrar nunca más en él.



2. El ordenador lo va a pagar Rita

De nuevo, esta historia también es mía, y de nuevo, ocurrió en la residencia de estudiantes.

Después de un año de reinado de una directora con puño de hierro, la buena señora fue trasladada por problemas de salud, y sustituida por la inmisericorde sor Muela, llamada así por algunas residentes con mala leche, ya que tenía un parte de la cara deformada, que le hacía hablar permanentemente como si tuviera un gran flemón en las muelas.

Ese año, la tecnología iba a traspasar los muros de nuestro vetusto mundo. Iban a instalarnos una conexión a internet. La gente estaba bastante contenta, y yo, como no tenía ordenador, estaba igual que siempre: quemada.

Una característica de las buenas monjas es que son personas que dan todo lo que tienen -material y espiritualmente- a cambio de nada. Recuerdo con emoción a la pobre sor Carmen, la más mayor de la residencia, que no paraba de andar de un lado para otro, sonriendo a todo el mundo y repartiéndonos flores del jardín por primavera. Por el contrario, las malas monjas suelen distinguirse por su tacañería. Sor Muela, como no podía ser menos, también adolecía de ese defecto.

La instalación de internet fue llevada a cabo por dos señores que, para no alargarlo, eran lo que suele llamarse "chapuzas". Éstos habían dado dos opciones a las hermanas: instalación por wi-fi, o por cable. Teniendo en cuenta que lo que les interesaba a las buenas señoras era el control de absolutamente todo lo que ocurriera tras los muros de su hogar, eligieron el cable, que además era más barato.

Las obras comenzaron en pleno febrero, época de exámenes. Y todas estábamos hasta el gorro de los golpes, los taladros y las voces que se pegaban aquellos Pepe Gotera y Otilio de tres al cuarto. No hace falta decir que yo pasaba en la residencia el menor tiempo posible, huyendo a estudiar a la biblioteca de la facultad. Una vez terminada la obra, surgió un problema: los cables eran defectuosos, y hubo que volverlos a instalar desde cero, esta vez, en mayo, segunda época de trabajos y exámenes. Por un lado, yo estaba ya hasta la coronilla, pero por otro, me alegraba de ver cómo aquella señora tan rácana veía que las cuentas no le salían por elegir hacer las cosas mal.

En un momento cumbre que siempre me recuerda al padre Marciano y su bicicleta Orbea de fabricación nacional, las hermanas nos reunieron en el saloncito de la tele para comunicarnos -como si no nos hubiéramos enterado con los ruidos- que la residencia ya tenía conexión a internet. Muy ufanas, relataron los avatares que habían provocado que la obra se hubiera encarecido, y decidieron que aquellas residentes que tuvieran un ordenador y se conectaran a internet habían de pagar diez euros por su uso.

Hasta aquí, todo normal, hasta que saltó la lista -porque SIEMPRE hay una lista- que, levantando la mano, pregunta con voz de faltarle un par de patatas para el kilo:

-¿Y las que no tenemos ordenador?

La respuesta me dejó todavía más perpleja:

-Cinco euros.

¿¡Cómo!? Vamos a ver si pillo la lógica. Me he tragado varios meses de una obra que a mí no me afecta porque es mi último año, me queda algo menos de un mes para irme, no tengo ordenador y no voy a disfrutar ni uno solo de los beneficios de la reforma, ¿y tengo que pagar por ella? Sumemos a esto que los domingos no teníamos ni comida ni cena, por lo que debíamos comprarla; las lavadoras de la II Guerra Mundial que usaban las hermanas funcionaban con fichas por las que pagabas y, si no te gustaba el infecto detergente que te proporcionaban, te lo comprabas tú. Los útiles de limpieza eran de uso común, hasta que dejaron de serlo y cada una se hubo de comprar sus cosas. Si querías un café o infusión a cualquier hora lo sacabas en una máquina expendedora o te lo comprabas tú... Todo ello sumado a lo que ya se pagaba por estar allí, precio que había subido ese mismo año, y se iba a encarecer al año siguiente. No sé vosotros, pero a mí no me salían las cuentas.


Conclusión, la chica con voz de faltarle un par de veranos se puso a discutir de forma furibunda con sor Muela. Yo, me callé la boca.

Pasaron los días. Todas las tardes las monjas llamaban por megafonía para avisar a las residentes de que tenían que pagar. Todas, más tarde o más temprano, pagaron. Todas, menos yo, por supuesto.

No es que me importara más o menos pagar cinco euros en un momento de mi vida en el que gastaba poco y tenía ahorros, además de las ayudas que me pasaba mi familia. Simplemente, me parecía abusivo que aquellas señoras me quisieran hacer comulgar con ruedas de molino, obligándome a pagar algo que no iba a usar, y que me había ocasionado más molestias que otra cosa. Siguieron pasando los días, y yo en mis trece: callándome, disimulando, y pasando en barcaza con dosel y orquesta de cámara.

Casi a finales del mes de junio, la Cuqui -quién si no- me pilló en mitad de la recepción, así como queriendo cogerme por sorpresa:

-Oye, ¿tú has pagado ya la cuota de internet?

-Sí, claro, ¿por qué lo dice?

-Es que no sales apuntada en la lista.

-Ah, ¿no? Pues, no lo entiendo, la verdad...

-Vamos a ver. ¿Cuándo pagaste?

-El otro día.

-Pero, ¿hace mucho?

-Pues, no, precisamente fue hace unos días nada más, puede que la semana pasada...

-¿Quién estaba en la portería?

-¡Uy! Pues ahora sí que me pilla, hermana... Creo que era...

-¿No sería sor Carmen?

-¡Efectivamente! Sor Carmen era, sí señor.

Al momento, la Cuqui puso la clásica cara de "tendré que ser yo la que esté al tanto de todo, porque esta gente no hace las cosas como debe". Me apuntó en la cuota de cinco euros, y yo le di las gracias, porque si no me llega a apuntar, ¡menudo lío se habría organizado! Hay que tenerlo todo controlado, hermana. Menos mal que está usted aquí.

Un par de semanas después, estaba en mi casa con dos juegos de llaves y cinco euros en el bolsillo. ¡Gracias, Perico Malastrampas!

1. La mala leche

Por fin la venganza estrella de mi cuñado. Si las anteriores os han sabido a poco, atended a esta genialidad perpetrada por una mente brillante para la maldad justificada.

Muchos de nosotros hemos vivido en pisos compartidos, y sabemos que la elección de un compañero de piso es crucial. Si tienes buena suerte, puedes llegar a encontrar amigos para toda la vida; si no, te pueden pasar cosas de lo más rocambolesco.

Recuerdo ahora mismo el caso de una chica muy maja que conocí en la facultad, quien me contó que tuvo que instalar un pestillo en la puerta de su habitación, y dormir con un cuchillo debajo de la almohada, por las continuas amenazas de su compañera. Pero eso es otra historia.

Normalmente, una de las mayores lacras que traen los malos compañeros de piso suele ser la falta de higiene. Quien más quien menos, casi todo el mundo ha tenido que soportar al clásico cerdo o cerda que lo deja todo manga por hombro, y ve a su compañero como una chacha permanente, que sólo está en el piso para limpiar el rastro de mierda que deja tras de sí.

Así era la compañera de piso de mi cuñado. Una guarra con todas las letras: dejaba la ropa interior sin lavar por toda la casa. Los envases de la comida basura que se pergeñaba día sí y día también, quedaban esparcidos por el suelo. Las pelusas de polvo te sonreían al cruzar la puerta, y las cucarachas se quitaban el sombrero y te llamaban de usted. En muy poco tiempo, lo que parecía una casa se había convertido en un templo en honor a la cerdada.

Lo más gracioso, era que, si alguien se atrevía a sugerirle a la chica que limpiara un poco, la tía montaba en cólera, organizando unas brocas tremendas, donde insultaba y faltaba al respeto sin ningún tapujo, taco va y taco viene. Encima la colega tenía un novio, aún más guarro si cabe que la susodicha. Dios los cría, y ellos enmerdan.

Calzoncillos con semen, bragas con flujo y regla, preservativos y calcetines negros de pisar el suelo lleno de porquería, permanecían semanas dentro de la bañera, junto al lavamanos, o encima del retrete. La cocina era un pozo de basura sin bajar a los contenedores. Y los otros dale que te pego, follando y buscando enfermedades venéreas sin control. Aquello pasaba de castaño oscuro, y mi cuñado tomó medidas.

Una de las cosas buenas dentro de la organización del piso, era que cada cual se compraba su propia comida. Así, parece ser que a la chavala y su maromo les gustaba la leche desnatada, mientras que mi cuñado la comparaba entera. Después de meses de observación y paciencia, aquella iba a ser la llave que permitiría a este último llevar a cabo su venganza.

Con suma paciencia, y llevando a la práctica la regla de que la venganza es un plato que se sirve frío, mi cuñado cogió un huevo de la nevera, y lo escondió en su cuarto hasta que estuvo lo suficientemente podrido. Una vez que el huevo estuvo en óptimas condiciones de putrefacción, bajó a la farmacia, y compró una jeringuilla. Hubo de esperar aún otro par de semanas, hasta que la pareja cerda salió de casa para irse de juerga. Llegaba el momento.

No puedo imaginar la paciencia que hay que tener para cascar el huevo, introducir su contenido en la jeringuilla, e inyectar todo su odio reconcentrado en el brick de leche desnatada, sin dejar señales de su manipulación. Mi cuñado es un genio del mal, y lo admiro por eso.




Los días subsiguientes fueron una gloria en vida. La pareja puérquer entraba y salía del infecto cuarto de baño, gritando y blasfemando sin cesar. La casa llegó a oler peor que de costumbre; pero mi cuñado no pudo sentir un placer mayor. Sólo cuando salía a la calle podía soltar una ristra de carcajadas capaz de espantar a los desprevenidos transeúntes. Días gloriosos, aquellos. Desde luego.

Sólo hubieron de pasar un par de semanas para que mi cuñado se despidiera, al fin, del templo de la porquería. Cabe decir que, por muy guarros que fueran, los cerdetes no eran precisamente tontos, y le acabaron pillando. Lo malo -para ellos- fue que, a esas alturas, sólo escucharon el eco de sus carcajadas, alejándose calle abajo, hacia un nuevo piso, y una nueva vida.

Espero que esta remesa de recuerdos vergonzantes os haya hecho soltar alguna que otra pequeña risita. Puede que por las historias en sí, o puede que recordando vuestras propias venganzas domésticas. ¿Alguna para compartir? ¡Sería realmente ilustrativo!


jueves, 6 de junio de 2013

¿Pero ehto qué poya éh?: El Republicano.

Más aún que lo mucho que pueda perturbar un libro, está el desquiciante nivel que algunas películas ignominiosas llegan a alcanzar. Después de alimentar mi espíritu con lecturas edificantes y de buen gusto en general, siempre suelo necesitar una bálbula de escape que me ayude a perder la respiración mientras lloro de risa. Como aquel día descubrí que llevaba mucho tiempo sin ver buen/mal cine de verdad, decidí que aquella era una ocasión especial. Y nada más especial que la soberana basura que encontré de purita casualidad.

Había descartado previamente otras películas con pinta bastante atrayente a mis necesidades, por ejemplo, una de ¿miedo? protagonizada por Kevin Costner (de Jezú), en la que interpretaba a un desesperado padre que ve cómo una extraña presencia quiere atemorizar, o matar, o lo que sea, a su hija. Tengo la impresión de que va a ser una especie de Dragonfly de vigésima generación; pero ahora no me importa haberla dejado para otro día. El Republicano fue mi elección, y creo que estuvo a la altura de las circunstancias.

Vamos a ir por partes, para no perdernos nada de lo esencial. El film está dirigido nada más y nada menos que por David Arquette, y producido por Courtney Cox, su pareja. Por si alguien no los conociere, conste que hablo de la periodista y el poli atontolinado de Scream.

Puedes llamarme "Mónica la de Friends"


Debe ser que, tras cuatro entregas de la saga que reflotó el Slasher en plenos años noventa, al bueno de David le entraron ganas de hacer más, por lo que comenzó a escribir su pútrido guión junto a Joe Harris, autor de algunos cómics de X-Men y demás, y guionista y realizador de otras películas de miedo como Tooth Fairy o Wichtwise.

Como ya sabemos, el mundo del Slasher había sido suficientemente sobreexplotado en los ochenta, con una serie de fórmulas fijas instauradas desde las primeras cintas de los años setenta, como Halloween o La matanza de Texas. El caso es que el género había dado ya multitud de muestras de decadencia, que se pueden observar en absolutas bazofias como las últimas entregas de Pesadilla en Elm Street, Payasos asesinos del espacio exterior, o las sucesivas entregas de la cutre-saga Leprechaun. Al parecer, la cosa no daba para mucho más.

Pero llegaron los noventa, y Wes Craven decidió recuperar el género con la serie Scream (Vigila quién llama). Una cinta que rompía parte de las convenciones impuestas años atrás, donde la "tía famosa" muere al poco de comenzar la historia, y los protagonistas se van salvando gracias a sus conocimientos de Slasher, aprendidos con el paso de las décadas -y de las soberanas castañas, valga decirlo-.

En este contexto, el género de los asesinos en serie vivió una revitalización, surgiendo películas que, como antaño, seguían la estela de los films más conocidos. De este modo, Sé lo que hicisteis el último verano, Un San Valentín de muerte o Leyenda urbana comenzaron a atraer de nuevo al curioso y siempre dispuesto público adolescente. Incluso EJpaña se vio tentada por la nueva ola, pariendo abortos de la naturaleza tan repugnantes como School Killer o Tuno negro.

Así las cosas, en pleno año 2006, David Arquette saca a la luz una película en la que, de nuevo, un grupo de jóvenes va cayendo como moscas ante el ataque de un asesino psicópata. Pero qué asesino, señores y señoras... ¡Qué asesino!

Ante tal oferta de historias clónicas sucediéndose durante años, no cabe duda de que la mollera de los guionistas para inventar una figura de villano única, reconocible y perdurable ha debido estallar en más de una ocasión. Icónicas resultan ya las pintas de Freddy con su jersey, su sombrero y sus cuchillas, las máscaras de Jason y Michael Myers, o el disfraz de fantasma del asesino de Scream, sólo por poner los ejemplos más conocidos. ¿Cómo crear un asesino psicópata original, atrevido, que cumpla con la normas clásicas del estereotipo y a la vez destaque entre tanto icono? La respuesta de David y Joe fue, sin duda, sorprendente, pero para mal; o por mejor decir, para bien/mal, que es justo lo que a mí me gusta.

El argumento es como sigue: un pequeño niño que vive en una zona boscosa de EEUU tiene a su madre muy enferma y a su padre, un honrado talador de árboles, que debe trabajar para comprar las medicinas de su sufriente esposa. El nene, además, se pasa las horas muertas viendo la televisión, donde al parecer sólo ponen discursos y propaganda de Ronald Reagan, en aquel momento presidente de la nación.

Resulta que hay un grupo de hippies que se reúnen en el bosque cercano a la casa del tierno chiquitín, porque van a manifestarse en contra de la tala de unas secuoyas ancestrales que hay allí. Los taladores se enfrentan a los hippies, la tensión crece, y se masca la tragedia. Cuando la policía detiene al pobre talador de árboles, su hijo, lleno de ira siguiendo el ejemplo del padre de la patria Reagan, agarra una motosierra y desangra al hippie violento sobre el musgo. La semilla del psico-killer estaba plantada.

Traumaaaaaaaaaa


Flashforward. Una pizca de años después, un grupo de hippies se dispone a asistir a un festival en pleno bosque, con música, alcohol y drogas a tutiplén. Todos ellos son, como cabía esperar, una sucesión de estereotipos, pero la protagonista... ¡pues también! Porque la chiquilla tiene un conflicto interior, ya que se debate entre su deseo de ser hippie y la animadversión a las drogas, motivada por un "mal viaje" en medio del cual apareció su novio a regañarla por drogarse e intentar llevársela a casa. Se nota que el novio es muy tradicional, y no hippie como ella, porque lleva siempre el mismo traje negro y la camisa desabrochada sin corbata.

Una vez llegados al bosque, comienzan los asesinatos de personajes que no importan un carajo, pero que simplemente pasaban por allí, como el chico nudista que se pone a comulgar con la Madre Naturaleza persiguiendo a un conejito. El asesino, desde luego, es listo. Ponerle a un hippie desnudo un conejito de señuelo para que lo persiga y caiga en una red es uno de los planes más maquiavélicos que he visto en mi vida...

En este preciso momento entra en acción el mejor personaje de la historia: EL SHERIFF. Que es nada más y nada menos que...

Servidor


¡Efectivamente! ¡The Punisher! El representante de la ley al que nadie hace caso, pero que intenta frenar el festival del Amor Libre para evitar los asesinatos. Lo malo es que el organizador capitalista -en serio, habla de ello en muchas ocasiones- y el acalde-que-hace-oídos-sordos-a-todo-porque-sólo-quiere-pasta modelo Tiburón pasan de él también, y opta por llevar la investigación del caso con su fiel amigo, el ayudante regordete.

La cosa se va poniendo fea y aún no hemos visto ni hemos oído hablar al perverso asesino. En un momento dado, descubrimos en qué se ha convertido el niñito de la motosierra. Ese niño.. ese tierno infante que sólo quería defender a su padre y salvar a su madre ahora es... Ronald Reagan.

No. No es coña. Veamos la carátula del film


Pues ahí lo tenéis. Un tío que se viste y maquilla como Reagan -que mira que son incómodos los zapatos para andar por el bosque- y que va con su hacha en la mano matando hippies, mientras habla con una Nancy Reagan imaginaria, diciendo chorradas sin sentido como "mamá está triste y quiere que vuelvas a casa" o "llega el momento de una nueva reelección". El colmo de la genialidad. Y de los motivos para arrancarse los ojos con los tacones mientras te cortas las venas con un cartabón de treinta centímetros.

De entre todo este nido de hilarante podredumbre, destaco la escena de la fiesta final. La chica intenta avisar a unos hippies que están de batukada en el bosque, con sus hogueras y tal; pero ellos le meten droga con una pistola de dardos -¡hippies sofisticados!- y llega nuestro querido Reagan a cargárselos a hachazos a todos. La muerte del ex novio trajeado, al grito de "¡Pero si yo soy republicano!", es de lo más glorioso; así como los hippies corriendo delante de la jauría de perros rabiosos de Reagan -tiene una de ésas en su casa para cuando se le acumula el trabajo-, sobre todo porque, cuando la policía los mata a tiros, una joven activista se alza para gritar: "¡No los matéis! ¡Tienen dignidad! ¡Ellos también son hijos de Dios!" y de inmediato un perrazo se la come a bocaos. 

¡Pero si soy republicano!

Por otro lado, cabe destacar que todas las escenas violentas están muy bien conseguidas, y se nota que Arquette conoce el género y el modo de rodarlas. Incluso se permite el lujo de hacer un cameo, interpretando a un "paleto" con aires de matón frustrado de instituto, que persigue a los hippies protagonistas para pegarse con ellos. Huelga decir que, por supuesto, muere también. ¡Nadie le quita sus hippies a Reagan, hombre ya!

El final... bueno, lo podéis suponer, puesto que, a pesar de las bromas autorreferenciales al género, la película sigue bastante bien los cánones clásicos. Sólo os digo que es de lo más malo que he visto en mi vida, que los títulos de crédito son dolorosos, y que eso de mezclar cine Slasher con toques de cachondeo con las diversas mentalidades políticas estadounidenses dan la mezcla más explosiva -porque sientes que el cerebro te va a explotar, no por otra cosa- que he visto en mi vida. Como premio por haber llegado hasta aquí, dejo tráiler de la bazofia en cuestión. ¡A disfrutar!


Libros perturbadores: Los libertadores

Como persona que intenta avanzar en medio de una tesis doctoral, sé perfectamente que, en muchas ocasiones, el investigador se lanza a la piscina de cualquier tema, por desconocido o extraño que pueda parecer, sin tener ni idea de hacia dónde va a llevarle cada uno de los múltiples hilos de Ariadna que pueblan nuestra propia vida. Algunos de esos hilos te traen luz y te sacan del laberinto; otros, sin embargo, te hunden mucho más en las profundidades de sus altos e inexpugnables setos. Y otros, del género burlón, sólo sirven para tenerte entretenida y poder volver, cagándote en todo, al mismo punto en el que los cogiste.

Sin embargo, existen momentos en los que no eres tú quien necesariamente tiene que ahondar en un tema de forma más o menos infructuosa, sino que son los propios temas los que te buscan y, las más de las veces, te acaban encontrando completamente desprevenida.

Algo parecido fue lo que me aconteció hará unos meses, cuando buscaba un buen libro de lectura para mis alumnos. Suena un tanto absurdo; pero es más complicado de lo que parece. En un momento en que parecía que me iba a quedar un par de años sentada, contando una por una las flores que se abrían en los agrios setos del laberinto, mi jefe de departamento me tiró una madeja de hilo en forma de una novela posapocalíptica totalmente desconocida.

Se trata de una novela de Gerardo López Laguna, escritor que ya había publicado anteriormente otros libros ensayísticos sobre diversos temas, la mayoría relacionados con la religión y la sociedad actual. Los libertadores, por tanto, es su primera -y que yo sepa, única- incursión en la ficción literaria.

La obra, como ya he comentado, nos sitúa en un futuro posapocalíptico, en el cual se han producido grandes migraciones que han ocasionado una inusual mezcolanza de credos y razas. Por poner un ejemplo, las diferentes tribus americanas, cansadas de las innumerables guerras civiles que asolan su continente, deciden peregrinar hacia Europa, asentándose muchas de ellas en la península ibérica. Por lo demás, la humanidad sobrevive al más puro estilo medieval, estableciéndose en aldeas, caseríos o pequeños asentamientos. Sólo en el norte de Europa parece que se conservan vestigios de la civilización anterior, puesto que existe la electricidad, poseen vehículos a motor, y se rumorea que los habitantes de la zona pueden comunicarse a larga distancia.

En este contexto, una de las lacras que más afectan a la sociedad es el esclavismo. Cientos de personas son "cazadas" en todo el mundo, para posteriormente ser vendidas y confinadas en minas o burdeles, creando un ambiente hostil y temible, que hace que muchas aldeas den a varios de sus vecinos como tributo a los cazadores de esclavos, con tal de que sus poblaciones no sean arrasadas.

Así las cosas, centrémonos ya en la trama principal. El padre Ángelo es un sacerdote católico que recibe de su obispo la misión de fundar un pequeño asentamiento para albergar a niños abandonados. Con el paso de los años, chicos y chicas de diversas edades conviven en armonía, dedicándose a la caza, la pesca o la agricultura, mientras el padre Ángelo se encarga de su formación en todos los sentidos.

Un buen día, dos de los muchachos, Iván y Bo, se encuentran pescando en el río, y son atacados por una partida de mercenarios cazadores de esclavos. Los mercaderes consiguen llevarse a Bo, e Iván escapa a la carrera, para dar la alarma a sus hermanos sobre lo sucedido. A partir de ese momento, la gran familia se dividirá en dos, siendo los niños más pequeños enviados al monasterio de Lourdes, y el padre Ángelo y los muchachos más mayores, los encargados de liberar a Bo y a todos sus compañeros de encierro.

En este punto, sin embargo, debo decir que parte de la trama resulta un tanto decepcionante. En un principio, pensé que el autor nos mostraría el viaje por separado de los dos grupos, lo cual no sucede en ningún momento, dejándonos únicamente con la expedición de " los libertadores". Otro tanto sucede con la escena en que la banda de mercenarios ataca una aldea musulmana cercana a Burdeos, de donde escapan varias barcas con rumbo desconocido. En contra de las expectativas del lector, nada se narra sobre este particular. 

Así pues, sólo podemos centrarnos en las vicisitudes del padre Ángelo y sus jóvenes pupilos, que, rápidamente -quizá demasiado, en mi opinión- logran rescatar a Bo y sus amigos con ayuda de unos gitanos romaníes. Esto supone un importante giro de trama, puesto que el de nuevo ingenuo lector posmoderno que cree sabérselas todas, se encuentra con una nueva sorpresa.



Uno de los más importantes personajes de toda esta historia es el Sire, líder del grupo mercenario esclavista. Siendo uno de esos villanos ridículos en ocasiones, y un tanto histriónico, el Sire es un perfecto contrapunto para los personajes protagonistas. Tiene un camión y armas, y ciertos aires de grandeza que no cuadran en absoluto con la visión que sus propios subordinados tienen de él. Suele mostrarse bastante despectivo con todas las religiones, a pesar de ser sumamente supersticioso, puesto que tiene miedo de los gitanos porque piensa que hacen brujería, y mantiene tratos con un supuesto mago negro, al que entrega humanos vivos en sacrificio cuando necesita llevar a cabo cualquier tipo de empresa difícil. Este curioso y contradictorio personaje, lleno de orgullo, rencor, y unas ideas "neoliberales" más atrofiadas de lo normal sobre el concepto de la propiedad privada, decide perseguir a los esclavos fugitivos para matarlos. En contra de lo que se podría pensar, el resto del libro no resulta sólo una sucesión de persecuciones hasta la meta final. 

En un arrebato de inspiración, el padre Ángelo decide que el ejemplo de sus muchachos puede encender la chispa de la rebelión contra la esclavitud. En lugar de huir de incógnito por caminos poco transitados, los chicos y el sacerdote entran en las aldeas para relatar su historia e intentar cambiar la mentalidad de la gente. De esta forma, el Sire tiene muchos problemas para seguir su pista, puesto que los pueblos que no hacen caso de los consejos de Los libertadores le ayudan en sus pesquisas; pero en las zonas rebeldes, suele encontrarse con silencio e informaciones falsas o contradictorias.

No revelaré el final de la historia, puesto que no estaría nada bien, por si a alguien le apetece acercarse a ella, así que paso a otros aspectos. Hay que reconocer que a veces el autor comete fallos de estilo, y que la edición presenta algunas erratas. En otras ocasiones, considero que las acciones cruciales se narran de manera un tanto rápida, mientras que, a veces, el autor se detiene a describir acciones de muy poca importancia, lo cual desluce un poco el conjunto y resulta un tanto aburrido.

Sin embargo, las diversas mezcolanzas del mundo futuro neomedieval no chirrían demasiado. Gerardo López plantea ciudades islámicas de nombre árabe en pena Francia, monasterios en mitad de la  naturaleza por donde los judíos pasan para su última diáspora, razas híbridas de animales, como los cabúfalos (caballos con cabeza de búfalo) o los sauriones (perros modificados genéticamente para aumentar su instinto depredador y disminuir sus capacidades cognitivas), etc.

Asimismo, destaca la idea de la espiritualidad por encima de la religión, puesto que muchos de los personajes son musulmanes, cristianos o judíos. Otros, son ateos o creyentes en las ciencias ocultas, y otros se convierten al cristianismo, el cual se supone, como los demás credos monoteístas, un culto minoritario y casi perdido con el paso del tiempo.

Al principio de este post decía que, a veces, son los temas los que te buscan. Hace ya un tiempo que escribí sobre el padre Fortea y sus novelas de la era del Apocalipsis, -y más tarde sobre Dune y la ciencia ficción-. Me resulta curioso toparme de nuevo con un libro sobre el futuro, escrito desde el punto de vista de un católico creyente. Se da la circunstancia, además, de que ambos escritores resultan un tanto flojos en cuanto a estilo; pero sin duda, y a pesar de que la novela de aventuras "a lo divino" que presenta Gerardo López es entretenida y bastante amena, el mejor es Fortea, aunque presenta un relato más depresivo, pero mucho más maduro, en el que el punto de vista del cristianismo queda omitido por completo, dando paso al desarrollo de la trama, lo cual supone un trasfondo mucho más impactante y de mayor interés. Pero eso es otra historia, y debo decir que Los libertadores es una novela juvenil entretenida, que aunque aburre un poco a ratos y evidencia un par de flecos descolgados y unos giros de trama que hacen decaer un pelín el ritmo del argumento, puede resultar atractiva para jóvenes a los que les gusten las novelas fantásticas y de viajes. He de decir también, que a la mayoría de mis alumnos les gustó, lo cual ya es difícil. A pesar de los tiempos de Crepúsculo y Juegos del hambre que corremos, el lector adolescente no es estúpido, y puede mantener un criterio más firme, incluso, que el público adulto.  

En cuento a mí, quién sabe. Quizás a la larga me acabe haciendo especialista de novela fantástica cristiana -si es que ya existe una etiqueta así de rocambolesca para este tipo de obras-. De momento, me conformo con leerlas, a ver si me siento perturbada la próxima vez que salgan a mi encuentro.