jueves, 18 de julio de 2013

Pequeñas venganzas

Desde que empezaron las vacaciones, no hago más que prepara cosas, y no precisamente de esparcimiento y deleite en la mayoría de los casos. Libros, tesis doctoral, materiales para el curso que viene... y todo dentro del orden caótico que suelo desarrollar cuando me toca hacer las cosas sola. ¡Un coñazo, vamos!

Lo bueno que pueden tener los periodos de vacaciones es que puedes verte mucho más con tu familia, lejana o cercana. Como yo la veo casi todos los días, eso no debería suponer ninguna novedad. Lo curioso del asunto, es que, como todo el mundo, yo tengo un familiar especial que hace que cualquier rato pase volando y con buen humor. En mi caso, se trata de mi cuñado.


Suele ser frecuente en los chistes y demás historietas, que los cuñados sean unos seres despreciables y envidiosos, que presumen hasta de las más mínima gilipollez que les haya sucedido y a ti no. Con el mío, en cambio, es diferente. Digamos que es una de esas personas que a la gente bien pensante y políticamente correcta le cae mal desde el principio; pero yo me parto de risa al escuchar sus historias. Su humor, básicamente, consiste en meterse contigo y tirarte puyas desde el mismo momento en el que cruzas el umbral de la puerta. Finge ser una especie de frívolo, vago para las cosas de la casa, mandón y misantrópico, pero no se trata más que de una pose, y no hay que ser muy inteligente para notarlo cuando comienza a descojonarse de la gente que se lo toma en serio, echando más madera, al más puro estilo Groucho Marx. Hablar con él de cosas serias es posible, además de altamente recomendable. De hecho, cuantas más tonterías te diga y más se meta contigo, más cariño te tiene. Lo único que debes hacer es seguirle el juego, ¡y comienza la diversión!

Fue este cuñado mío quien me hizo activar el chip de los recuerdos vergonzantes. Ése que provoca que, como niños, recordemos alguna que otra maldad cometida en el pasado con una leve risita. Dentro de estos recuerdos, se encuentran las venganzas.


Todos conocemos a gente que nos cae mal, es inevitable. Y todos, más de una vez, nos hemos visto tentados de llevar a cabo alguna venganza, por pequeña que sea, hacia esa persona a la que no podemos soportar, por los motivos que sean. Hoy me voy a dedicar a recordar algunas de las mejores venganzas, mías y de mi señor cuñado, relatándolas con una leve risita a punto de escapárseme entre los dientes.

1. El robobo de la llallave

Esta venganza fue perpetrada en mi época universitaria. Nada más llegar, mis padres decidieron que era mejor meterme en una residencia. Yo hubiera preferido un colegio mayor, por el simple hecho de que suelen ser mixtos y dan bastante libertad a los estudiantes que viven en ellos. A mí me tocó una residencia de monjas.


En un principio, la cosa no estaba tan mal. Cuarenta chicas divididas en dos pisos, con algunas hermanas muy majas y agradables, que hablaban contigo y te preguntaban qué tal ibas en los estudios y esas cosas. El pero -porque siempre hay un pero- lo ponía la directora. Una mujer extraña, llena de arrugas, con voz de pito y nariz de grajo que se teñía el pelo y no tenía olfato. Aquella señora era la típica "sargento" metomentodo que nadie soportaba, salvo alguna que otra residente que sabía que, haciéndole la pelota, obtendría una ínfima serie de pírricas prevendas. Desde luego, hay gente que vende su tiempo por muy poco...

El caso es que, al margen de las normas establecidas en los estatutos de la residencia, que yo leí y acepté al entrar, la directora se empeñaba con todas sus fuerzas en inventarse algunas nuevas, o adaptar las ya existentes a su gusto. Por ejemplo, entre semana estaba prohibido llegar más tarde de las 23:30; sin embargo, a la directora se le había metido en la cabeza que era mejor si llegábamos todas a las 23:15, simplemente porque sí, o por sus huevos toreros, lo que mejor prefiráis.

Cansada de tanta norma estúpida y tanta discusión estéril para hacer razonar a aquella señora -olfato no sé, pero oído a la hora de debatir, tenía poco- un buen día me enteré de que, al parecer, cuando las residentes no estaban, la directora se metía dentro de las habitaciones para ver cómo estaban, si la residente en cuestión era ordenada, limpia, etc. y así saber qué habitaciones eran las más presentables para enseñarlas a las futuras candidatas a entrar. Como se puede comprender, esto me sentó como un tiro, porque bien es cierto que la directora era, además, un cotilla de cuidado. Y decidí llevar a cabo una maniobra de subterfugio, que en cualquier partida de rol sólo habría salido a base de críticos. Dificultad +20. Misión suicida. Me puse el uniforme ninja y comencé mi plan.

Lo primero que hice, por supuesto, fue desordenar mi habitación de arriba a abajo. Nunca he sido una persona especialmente ordenada, de modo que no me costó demasiado dejar la cama sin hacer, tirar la ropa por el suelo y esparcir mis libros y mis apuntes por cualquier metro cuadrado que quedase libre. ¡Se imponía el horror vacui!

Lo siguiente, iba a ser lo más complicado de todo.

Tuve que esperar varios días para encontrar un hueco en el que alguna hermana estuviera de buenas, o en el que toparme con cualquiera de las despistadas. Obviamente, no quería hacer partícipes de mi venganza a las monjas que me caían bien y eran buena gente. Mi oportunidad llegó en forma de "Sor Cuqui".

"Sor Cuqui" -o la Cuqui- era una monja de mal carácter y que vestía completamente de negro, amén de teñirse el pelo del mismo color. Al igual que la directora, era cotilla, autoritaria y seca. Lo bueno era que también era una contumaz despistada. El objetivo perfecto.

Como quien no quiere la cosa, me hice la encontradiza con ella en el pasillo, con cara apurada. Había perdido la llave de mi habitación y no era capaz de encontrarla. Quizá estuviera en un bolso, o en el casillero de portería... No había manera de encontrarla. ¿Sería posible obtener mi llave de repuesto para poder abrir? Prometí devolverla. Por supuesto, a los pocos minutos la llave estaba en mi poder. Y así permaneció, junto con la original, incluso cuando me fui a vivir a un piso compartido.

Con estas sencillas pautas, estuve segura durante dos años de que nadie entraba ni salía de mi cuarto sin mi permiso. Fue un poco zafio quedarme con las dos llaves y luego no tener el valor de devolverlas, pero, ¿qué más daba? Agua pasada no mueve molino. Yo quedé contenta, y supongo que la directora, después de haber viso el supuesto desaguisado de mi cuarto, pensó lo mismo cuando descubrió que no podría entrar nunca más en él.



2. El ordenador lo va a pagar Rita

De nuevo, esta historia también es mía, y de nuevo, ocurrió en la residencia de estudiantes.

Después de un año de reinado de una directora con puño de hierro, la buena señora fue trasladada por problemas de salud, y sustituida por la inmisericorde sor Muela, llamada así por algunas residentes con mala leche, ya que tenía un parte de la cara deformada, que le hacía hablar permanentemente como si tuviera un gran flemón en las muelas.

Ese año, la tecnología iba a traspasar los muros de nuestro vetusto mundo. Iban a instalarnos una conexión a internet. La gente estaba bastante contenta, y yo, como no tenía ordenador, estaba igual que siempre: quemada.

Una característica de las buenas monjas es que son personas que dan todo lo que tienen -material y espiritualmente- a cambio de nada. Recuerdo con emoción a la pobre sor Carmen, la más mayor de la residencia, que no paraba de andar de un lado para otro, sonriendo a todo el mundo y repartiéndonos flores del jardín por primavera. Por el contrario, las malas monjas suelen distinguirse por su tacañería. Sor Muela, como no podía ser menos, también adolecía de ese defecto.

La instalación de internet fue llevada a cabo por dos señores que, para no alargarlo, eran lo que suele llamarse "chapuzas". Éstos habían dado dos opciones a las hermanas: instalación por wi-fi, o por cable. Teniendo en cuenta que lo que les interesaba a las buenas señoras era el control de absolutamente todo lo que ocurriera tras los muros de su hogar, eligieron el cable, que además era más barato.

Las obras comenzaron en pleno febrero, época de exámenes. Y todas estábamos hasta el gorro de los golpes, los taladros y las voces que se pegaban aquellos Pepe Gotera y Otilio de tres al cuarto. No hace falta decir que yo pasaba en la residencia el menor tiempo posible, huyendo a estudiar a la biblioteca de la facultad. Una vez terminada la obra, surgió un problema: los cables eran defectuosos, y hubo que volverlos a instalar desde cero, esta vez, en mayo, segunda época de trabajos y exámenes. Por un lado, yo estaba ya hasta la coronilla, pero por otro, me alegraba de ver cómo aquella señora tan rácana veía que las cuentas no le salían por elegir hacer las cosas mal.

En un momento cumbre que siempre me recuerda al padre Marciano y su bicicleta Orbea de fabricación nacional, las hermanas nos reunieron en el saloncito de la tele para comunicarnos -como si no nos hubiéramos enterado con los ruidos- que la residencia ya tenía conexión a internet. Muy ufanas, relataron los avatares que habían provocado que la obra se hubiera encarecido, y decidieron que aquellas residentes que tuvieran un ordenador y se conectaran a internet habían de pagar diez euros por su uso.

Hasta aquí, todo normal, hasta que saltó la lista -porque SIEMPRE hay una lista- que, levantando la mano, pregunta con voz de faltarle un par de patatas para el kilo:

-¿Y las que no tenemos ordenador?

La respuesta me dejó todavía más perpleja:

-Cinco euros.

¿¡Cómo!? Vamos a ver si pillo la lógica. Me he tragado varios meses de una obra que a mí no me afecta porque es mi último año, me queda algo menos de un mes para irme, no tengo ordenador y no voy a disfrutar ni uno solo de los beneficios de la reforma, ¿y tengo que pagar por ella? Sumemos a esto que los domingos no teníamos ni comida ni cena, por lo que debíamos comprarla; las lavadoras de la II Guerra Mundial que usaban las hermanas funcionaban con fichas por las que pagabas y, si no te gustaba el infecto detergente que te proporcionaban, te lo comprabas tú. Los útiles de limpieza eran de uso común, hasta que dejaron de serlo y cada una se hubo de comprar sus cosas. Si querías un café o infusión a cualquier hora lo sacabas en una máquina expendedora o te lo comprabas tú... Todo ello sumado a lo que ya se pagaba por estar allí, precio que había subido ese mismo año, y se iba a encarecer al año siguiente. No sé vosotros, pero a mí no me salían las cuentas.


Conclusión, la chica con voz de faltarle un par de veranos se puso a discutir de forma furibunda con sor Muela. Yo, me callé la boca.

Pasaron los días. Todas las tardes las monjas llamaban por megafonía para avisar a las residentes de que tenían que pagar. Todas, más tarde o más temprano, pagaron. Todas, menos yo, por supuesto.

No es que me importara más o menos pagar cinco euros en un momento de mi vida en el que gastaba poco y tenía ahorros, además de las ayudas que me pasaba mi familia. Simplemente, me parecía abusivo que aquellas señoras me quisieran hacer comulgar con ruedas de molino, obligándome a pagar algo que no iba a usar, y que me había ocasionado más molestias que otra cosa. Siguieron pasando los días, y yo en mis trece: callándome, disimulando, y pasando en barcaza con dosel y orquesta de cámara.

Casi a finales del mes de junio, la Cuqui -quién si no- me pilló en mitad de la recepción, así como queriendo cogerme por sorpresa:

-Oye, ¿tú has pagado ya la cuota de internet?

-Sí, claro, ¿por qué lo dice?

-Es que no sales apuntada en la lista.

-Ah, ¿no? Pues, no lo entiendo, la verdad...

-Vamos a ver. ¿Cuándo pagaste?

-El otro día.

-Pero, ¿hace mucho?

-Pues, no, precisamente fue hace unos días nada más, puede que la semana pasada...

-¿Quién estaba en la portería?

-¡Uy! Pues ahora sí que me pilla, hermana... Creo que era...

-¿No sería sor Carmen?

-¡Efectivamente! Sor Carmen era, sí señor.

Al momento, la Cuqui puso la clásica cara de "tendré que ser yo la que esté al tanto de todo, porque esta gente no hace las cosas como debe". Me apuntó en la cuota de cinco euros, y yo le di las gracias, porque si no me llega a apuntar, ¡menudo lío se habría organizado! Hay que tenerlo todo controlado, hermana. Menos mal que está usted aquí.

Un par de semanas después, estaba en mi casa con dos juegos de llaves y cinco euros en el bolsillo. ¡Gracias, Perico Malastrampas!

1. La mala leche

Por fin la venganza estrella de mi cuñado. Si las anteriores os han sabido a poco, atended a esta genialidad perpetrada por una mente brillante para la maldad justificada.

Muchos de nosotros hemos vivido en pisos compartidos, y sabemos que la elección de un compañero de piso es crucial. Si tienes buena suerte, puedes llegar a encontrar amigos para toda la vida; si no, te pueden pasar cosas de lo más rocambolesco.

Recuerdo ahora mismo el caso de una chica muy maja que conocí en la facultad, quien me contó que tuvo que instalar un pestillo en la puerta de su habitación, y dormir con un cuchillo debajo de la almohada, por las continuas amenazas de su compañera. Pero eso es otra historia.

Normalmente, una de las mayores lacras que traen los malos compañeros de piso suele ser la falta de higiene. Quien más quien menos, casi todo el mundo ha tenido que soportar al clásico cerdo o cerda que lo deja todo manga por hombro, y ve a su compañero como una chacha permanente, que sólo está en el piso para limpiar el rastro de mierda que deja tras de sí.

Así era la compañera de piso de mi cuñado. Una guarra con todas las letras: dejaba la ropa interior sin lavar por toda la casa. Los envases de la comida basura que se pergeñaba día sí y día también, quedaban esparcidos por el suelo. Las pelusas de polvo te sonreían al cruzar la puerta, y las cucarachas se quitaban el sombrero y te llamaban de usted. En muy poco tiempo, lo que parecía una casa se había convertido en un templo en honor a la cerdada.

Lo más gracioso, era que, si alguien se atrevía a sugerirle a la chica que limpiara un poco, la tía montaba en cólera, organizando unas brocas tremendas, donde insultaba y faltaba al respeto sin ningún tapujo, taco va y taco viene. Encima la colega tenía un novio, aún más guarro si cabe que la susodicha. Dios los cría, y ellos enmerdan.

Calzoncillos con semen, bragas con flujo y regla, preservativos y calcetines negros de pisar el suelo lleno de porquería, permanecían semanas dentro de la bañera, junto al lavamanos, o encima del retrete. La cocina era un pozo de basura sin bajar a los contenedores. Y los otros dale que te pego, follando y buscando enfermedades venéreas sin control. Aquello pasaba de castaño oscuro, y mi cuñado tomó medidas.

Una de las cosas buenas dentro de la organización del piso, era que cada cual se compraba su propia comida. Así, parece ser que a la chavala y su maromo les gustaba la leche desnatada, mientras que mi cuñado la comparaba entera. Después de meses de observación y paciencia, aquella iba a ser la llave que permitiría a este último llevar a cabo su venganza.

Con suma paciencia, y llevando a la práctica la regla de que la venganza es un plato que se sirve frío, mi cuñado cogió un huevo de la nevera, y lo escondió en su cuarto hasta que estuvo lo suficientemente podrido. Una vez que el huevo estuvo en óptimas condiciones de putrefacción, bajó a la farmacia, y compró una jeringuilla. Hubo de esperar aún otro par de semanas, hasta que la pareja cerda salió de casa para irse de juerga. Llegaba el momento.

No puedo imaginar la paciencia que hay que tener para cascar el huevo, introducir su contenido en la jeringuilla, e inyectar todo su odio reconcentrado en el brick de leche desnatada, sin dejar señales de su manipulación. Mi cuñado es un genio del mal, y lo admiro por eso.




Los días subsiguientes fueron una gloria en vida. La pareja puérquer entraba y salía del infecto cuarto de baño, gritando y blasfemando sin cesar. La casa llegó a oler peor que de costumbre; pero mi cuñado no pudo sentir un placer mayor. Sólo cuando salía a la calle podía soltar una ristra de carcajadas capaz de espantar a los desprevenidos transeúntes. Días gloriosos, aquellos. Desde luego.

Sólo hubieron de pasar un par de semanas para que mi cuñado se despidiera, al fin, del templo de la porquería. Cabe decir que, por muy guarros que fueran, los cerdetes no eran precisamente tontos, y le acabaron pillando. Lo malo -para ellos- fue que, a esas alturas, sólo escucharon el eco de sus carcajadas, alejándose calle abajo, hacia un nuevo piso, y una nueva vida.

Espero que esta remesa de recuerdos vergonzantes os haya hecho soltar alguna que otra pequeña risita. Puede que por las historias en sí, o puede que recordando vuestras propias venganzas domésticas. ¿Alguna para compartir? ¡Sería realmente ilustrativo!


jueves, 6 de junio de 2013

¿Pero ehto qué poya éh?: El Republicano.

Más aún que lo mucho que pueda perturbar un libro, está el desquiciante nivel que algunas películas ignominiosas llegan a alcanzar. Después de alimentar mi espíritu con lecturas edificantes y de buen gusto en general, siempre suelo necesitar una bálbula de escape que me ayude a perder la respiración mientras lloro de risa. Como aquel día descubrí que llevaba mucho tiempo sin ver buen/mal cine de verdad, decidí que aquella era una ocasión especial. Y nada más especial que la soberana basura que encontré de purita casualidad.

Había descartado previamente otras películas con pinta bastante atrayente a mis necesidades, por ejemplo, una de ¿miedo? protagonizada por Kevin Costner (de Jezú), en la que interpretaba a un desesperado padre que ve cómo una extraña presencia quiere atemorizar, o matar, o lo que sea, a su hija. Tengo la impresión de que va a ser una especie de Dragonfly de vigésima generación; pero ahora no me importa haberla dejado para otro día. El Republicano fue mi elección, y creo que estuvo a la altura de las circunstancias.

Vamos a ir por partes, para no perdernos nada de lo esencial. El film está dirigido nada más y nada menos que por David Arquette, y producido por Courtney Cox, su pareja. Por si alguien no los conociere, conste que hablo de la periodista y el poli atontolinado de Scream.

Puedes llamarme "Mónica la de Friends"


Debe ser que, tras cuatro entregas de la saga que reflotó el Slasher en plenos años noventa, al bueno de David le entraron ganas de hacer más, por lo que comenzó a escribir su pútrido guión junto a Joe Harris, autor de algunos cómics de X-Men y demás, y guionista y realizador de otras películas de miedo como Tooth Fairy o Wichtwise.

Como ya sabemos, el mundo del Slasher había sido suficientemente sobreexplotado en los ochenta, con una serie de fórmulas fijas instauradas desde las primeras cintas de los años setenta, como Halloween o La matanza de Texas. El caso es que el género había dado ya multitud de muestras de decadencia, que se pueden observar en absolutas bazofias como las últimas entregas de Pesadilla en Elm Street, Payasos asesinos del espacio exterior, o las sucesivas entregas de la cutre-saga Leprechaun. Al parecer, la cosa no daba para mucho más.

Pero llegaron los noventa, y Wes Craven decidió recuperar el género con la serie Scream (Vigila quién llama). Una cinta que rompía parte de las convenciones impuestas años atrás, donde la "tía famosa" muere al poco de comenzar la historia, y los protagonistas se van salvando gracias a sus conocimientos de Slasher, aprendidos con el paso de las décadas -y de las soberanas castañas, valga decirlo-.

En este contexto, el género de los asesinos en serie vivió una revitalización, surgiendo películas que, como antaño, seguían la estela de los films más conocidos. De este modo, Sé lo que hicisteis el último verano, Un San Valentín de muerte o Leyenda urbana comenzaron a atraer de nuevo al curioso y siempre dispuesto público adolescente. Incluso EJpaña se vio tentada por la nueva ola, pariendo abortos de la naturaleza tan repugnantes como School Killer o Tuno negro.

Así las cosas, en pleno año 2006, David Arquette saca a la luz una película en la que, de nuevo, un grupo de jóvenes va cayendo como moscas ante el ataque de un asesino psicópata. Pero qué asesino, señores y señoras... ¡Qué asesino!

Ante tal oferta de historias clónicas sucediéndose durante años, no cabe duda de que la mollera de los guionistas para inventar una figura de villano única, reconocible y perdurable ha debido estallar en más de una ocasión. Icónicas resultan ya las pintas de Freddy con su jersey, su sombrero y sus cuchillas, las máscaras de Jason y Michael Myers, o el disfraz de fantasma del asesino de Scream, sólo por poner los ejemplos más conocidos. ¿Cómo crear un asesino psicópata original, atrevido, que cumpla con la normas clásicas del estereotipo y a la vez destaque entre tanto icono? La respuesta de David y Joe fue, sin duda, sorprendente, pero para mal; o por mejor decir, para bien/mal, que es justo lo que a mí me gusta.

El argumento es como sigue: un pequeño niño que vive en una zona boscosa de EEUU tiene a su madre muy enferma y a su padre, un honrado talador de árboles, que debe trabajar para comprar las medicinas de su sufriente esposa. El nene, además, se pasa las horas muertas viendo la televisión, donde al parecer sólo ponen discursos y propaganda de Ronald Reagan, en aquel momento presidente de la nación.

Resulta que hay un grupo de hippies que se reúnen en el bosque cercano a la casa del tierno chiquitín, porque van a manifestarse en contra de la tala de unas secuoyas ancestrales que hay allí. Los taladores se enfrentan a los hippies, la tensión crece, y se masca la tragedia. Cuando la policía detiene al pobre talador de árboles, su hijo, lleno de ira siguiendo el ejemplo del padre de la patria Reagan, agarra una motosierra y desangra al hippie violento sobre el musgo. La semilla del psico-killer estaba plantada.

Traumaaaaaaaaaa


Flashforward. Una pizca de años después, un grupo de hippies se dispone a asistir a un festival en pleno bosque, con música, alcohol y drogas a tutiplén. Todos ellos son, como cabía esperar, una sucesión de estereotipos, pero la protagonista... ¡pues también! Porque la chiquilla tiene un conflicto interior, ya que se debate entre su deseo de ser hippie y la animadversión a las drogas, motivada por un "mal viaje" en medio del cual apareció su novio a regañarla por drogarse e intentar llevársela a casa. Se nota que el novio es muy tradicional, y no hippie como ella, porque lleva siempre el mismo traje negro y la camisa desabrochada sin corbata.

Una vez llegados al bosque, comienzan los asesinatos de personajes que no importan un carajo, pero que simplemente pasaban por allí, como el chico nudista que se pone a comulgar con la Madre Naturaleza persiguiendo a un conejito. El asesino, desde luego, es listo. Ponerle a un hippie desnudo un conejito de señuelo para que lo persiga y caiga en una red es uno de los planes más maquiavélicos que he visto en mi vida...

En este preciso momento entra en acción el mejor personaje de la historia: EL SHERIFF. Que es nada más y nada menos que...

Servidor


¡Efectivamente! ¡The Punisher! El representante de la ley al que nadie hace caso, pero que intenta frenar el festival del Amor Libre para evitar los asesinatos. Lo malo es que el organizador capitalista -en serio, habla de ello en muchas ocasiones- y el acalde-que-hace-oídos-sordos-a-todo-porque-sólo-quiere-pasta modelo Tiburón pasan de él también, y opta por llevar la investigación del caso con su fiel amigo, el ayudante regordete.

La cosa se va poniendo fea y aún no hemos visto ni hemos oído hablar al perverso asesino. En un momento dado, descubrimos en qué se ha convertido el niñito de la motosierra. Ese niño.. ese tierno infante que sólo quería defender a su padre y salvar a su madre ahora es... Ronald Reagan.

No. No es coña. Veamos la carátula del film


Pues ahí lo tenéis. Un tío que se viste y maquilla como Reagan -que mira que son incómodos los zapatos para andar por el bosque- y que va con su hacha en la mano matando hippies, mientras habla con una Nancy Reagan imaginaria, diciendo chorradas sin sentido como "mamá está triste y quiere que vuelvas a casa" o "llega el momento de una nueva reelección". El colmo de la genialidad. Y de los motivos para arrancarse los ojos con los tacones mientras te cortas las venas con un cartabón de treinta centímetros.

De entre todo este nido de hilarante podredumbre, destaco la escena de la fiesta final. La chica intenta avisar a unos hippies que están de batukada en el bosque, con sus hogueras y tal; pero ellos le meten droga con una pistola de dardos -¡hippies sofisticados!- y llega nuestro querido Reagan a cargárselos a hachazos a todos. La muerte del ex novio trajeado, al grito de "¡Pero si yo soy republicano!", es de lo más glorioso; así como los hippies corriendo delante de la jauría de perros rabiosos de Reagan -tiene una de ésas en su casa para cuando se le acumula el trabajo-, sobre todo porque, cuando la policía los mata a tiros, una joven activista se alza para gritar: "¡No los matéis! ¡Tienen dignidad! ¡Ellos también son hijos de Dios!" y de inmediato un perrazo se la come a bocaos. 

¡Pero si soy republicano!

Por otro lado, cabe destacar que todas las escenas violentas están muy bien conseguidas, y se nota que Arquette conoce el género y el modo de rodarlas. Incluso se permite el lujo de hacer un cameo, interpretando a un "paleto" con aires de matón frustrado de instituto, que persigue a los hippies protagonistas para pegarse con ellos. Huelga decir que, por supuesto, muere también. ¡Nadie le quita sus hippies a Reagan, hombre ya!

El final... bueno, lo podéis suponer, puesto que, a pesar de las bromas autorreferenciales al género, la película sigue bastante bien los cánones clásicos. Sólo os digo que es de lo más malo que he visto en mi vida, que los títulos de crédito son dolorosos, y que eso de mezclar cine Slasher con toques de cachondeo con las diversas mentalidades políticas estadounidenses dan la mezcla más explosiva -porque sientes que el cerebro te va a explotar, no por otra cosa- que he visto en mi vida. Como premio por haber llegado hasta aquí, dejo tráiler de la bazofia en cuestión. ¡A disfrutar!


Libros perturbadores: Los libertadores

Como persona que intenta avanzar en medio de una tesis doctoral, sé perfectamente que, en muchas ocasiones, el investigador se lanza a la piscina de cualquier tema, por desconocido o extraño que pueda parecer, sin tener ni idea de hacia dónde va a llevarle cada uno de los múltiples hilos de Ariadna que pueblan nuestra propia vida. Algunos de esos hilos te traen luz y te sacan del laberinto; otros, sin embargo, te hunden mucho más en las profundidades de sus altos e inexpugnables setos. Y otros, del género burlón, sólo sirven para tenerte entretenida y poder volver, cagándote en todo, al mismo punto en el que los cogiste.

Sin embargo, existen momentos en los que no eres tú quien necesariamente tiene que ahondar en un tema de forma más o menos infructuosa, sino que son los propios temas los que te buscan y, las más de las veces, te acaban encontrando completamente desprevenida.

Algo parecido fue lo que me aconteció hará unos meses, cuando buscaba un buen libro de lectura para mis alumnos. Suena un tanto absurdo; pero es más complicado de lo que parece. En un momento en que parecía que me iba a quedar un par de años sentada, contando una por una las flores que se abrían en los agrios setos del laberinto, mi jefe de departamento me tiró una madeja de hilo en forma de una novela posapocalíptica totalmente desconocida.

Se trata de una novela de Gerardo López Laguna, escritor que ya había publicado anteriormente otros libros ensayísticos sobre diversos temas, la mayoría relacionados con la religión y la sociedad actual. Los libertadores, por tanto, es su primera -y que yo sepa, única- incursión en la ficción literaria.

La obra, como ya he comentado, nos sitúa en un futuro posapocalíptico, en el cual se han producido grandes migraciones que han ocasionado una inusual mezcolanza de credos y razas. Por poner un ejemplo, las diferentes tribus americanas, cansadas de las innumerables guerras civiles que asolan su continente, deciden peregrinar hacia Europa, asentándose muchas de ellas en la península ibérica. Por lo demás, la humanidad sobrevive al más puro estilo medieval, estableciéndose en aldeas, caseríos o pequeños asentamientos. Sólo en el norte de Europa parece que se conservan vestigios de la civilización anterior, puesto que existe la electricidad, poseen vehículos a motor, y se rumorea que los habitantes de la zona pueden comunicarse a larga distancia.

En este contexto, una de las lacras que más afectan a la sociedad es el esclavismo. Cientos de personas son "cazadas" en todo el mundo, para posteriormente ser vendidas y confinadas en minas o burdeles, creando un ambiente hostil y temible, que hace que muchas aldeas den a varios de sus vecinos como tributo a los cazadores de esclavos, con tal de que sus poblaciones no sean arrasadas.

Así las cosas, centrémonos ya en la trama principal. El padre Ángelo es un sacerdote católico que recibe de su obispo la misión de fundar un pequeño asentamiento para albergar a niños abandonados. Con el paso de los años, chicos y chicas de diversas edades conviven en armonía, dedicándose a la caza, la pesca o la agricultura, mientras el padre Ángelo se encarga de su formación en todos los sentidos.

Un buen día, dos de los muchachos, Iván y Bo, se encuentran pescando en el río, y son atacados por una partida de mercenarios cazadores de esclavos. Los mercaderes consiguen llevarse a Bo, e Iván escapa a la carrera, para dar la alarma a sus hermanos sobre lo sucedido. A partir de ese momento, la gran familia se dividirá en dos, siendo los niños más pequeños enviados al monasterio de Lourdes, y el padre Ángelo y los muchachos más mayores, los encargados de liberar a Bo y a todos sus compañeros de encierro.

En este punto, sin embargo, debo decir que parte de la trama resulta un tanto decepcionante. En un principio, pensé que el autor nos mostraría el viaje por separado de los dos grupos, lo cual no sucede en ningún momento, dejándonos únicamente con la expedición de " los libertadores". Otro tanto sucede con la escena en que la banda de mercenarios ataca una aldea musulmana cercana a Burdeos, de donde escapan varias barcas con rumbo desconocido. En contra de las expectativas del lector, nada se narra sobre este particular. 

Así pues, sólo podemos centrarnos en las vicisitudes del padre Ángelo y sus jóvenes pupilos, que, rápidamente -quizá demasiado, en mi opinión- logran rescatar a Bo y sus amigos con ayuda de unos gitanos romaníes. Esto supone un importante giro de trama, puesto que el de nuevo ingenuo lector posmoderno que cree sabérselas todas, se encuentra con una nueva sorpresa.



Uno de los más importantes personajes de toda esta historia es el Sire, líder del grupo mercenario esclavista. Siendo uno de esos villanos ridículos en ocasiones, y un tanto histriónico, el Sire es un perfecto contrapunto para los personajes protagonistas. Tiene un camión y armas, y ciertos aires de grandeza que no cuadran en absoluto con la visión que sus propios subordinados tienen de él. Suele mostrarse bastante despectivo con todas las religiones, a pesar de ser sumamente supersticioso, puesto que tiene miedo de los gitanos porque piensa que hacen brujería, y mantiene tratos con un supuesto mago negro, al que entrega humanos vivos en sacrificio cuando necesita llevar a cabo cualquier tipo de empresa difícil. Este curioso y contradictorio personaje, lleno de orgullo, rencor, y unas ideas "neoliberales" más atrofiadas de lo normal sobre el concepto de la propiedad privada, decide perseguir a los esclavos fugitivos para matarlos. En contra de lo que se podría pensar, el resto del libro no resulta sólo una sucesión de persecuciones hasta la meta final. 

En un arrebato de inspiración, el padre Ángelo decide que el ejemplo de sus muchachos puede encender la chispa de la rebelión contra la esclavitud. En lugar de huir de incógnito por caminos poco transitados, los chicos y el sacerdote entran en las aldeas para relatar su historia e intentar cambiar la mentalidad de la gente. De esta forma, el Sire tiene muchos problemas para seguir su pista, puesto que los pueblos que no hacen caso de los consejos de Los libertadores le ayudan en sus pesquisas; pero en las zonas rebeldes, suele encontrarse con silencio e informaciones falsas o contradictorias.

No revelaré el final de la historia, puesto que no estaría nada bien, por si a alguien le apetece acercarse a ella, así que paso a otros aspectos. Hay que reconocer que a veces el autor comete fallos de estilo, y que la edición presenta algunas erratas. En otras ocasiones, considero que las acciones cruciales se narran de manera un tanto rápida, mientras que, a veces, el autor se detiene a describir acciones de muy poca importancia, lo cual desluce un poco el conjunto y resulta un tanto aburrido.

Sin embargo, las diversas mezcolanzas del mundo futuro neomedieval no chirrían demasiado. Gerardo López plantea ciudades islámicas de nombre árabe en pena Francia, monasterios en mitad de la  naturaleza por donde los judíos pasan para su última diáspora, razas híbridas de animales, como los cabúfalos (caballos con cabeza de búfalo) o los sauriones (perros modificados genéticamente para aumentar su instinto depredador y disminuir sus capacidades cognitivas), etc.

Asimismo, destaca la idea de la espiritualidad por encima de la religión, puesto que muchos de los personajes son musulmanes, cristianos o judíos. Otros, son ateos o creyentes en las ciencias ocultas, y otros se convierten al cristianismo, el cual se supone, como los demás credos monoteístas, un culto minoritario y casi perdido con el paso del tiempo.

Al principio de este post decía que, a veces, son los temas los que te buscan. Hace ya un tiempo que escribí sobre el padre Fortea y sus novelas de la era del Apocalipsis, -y más tarde sobre Dune y la ciencia ficción-. Me resulta curioso toparme de nuevo con un libro sobre el futuro, escrito desde el punto de vista de un católico creyente. Se da la circunstancia, además, de que ambos escritores resultan un tanto flojos en cuanto a estilo; pero sin duda, y a pesar de que la novela de aventuras "a lo divino" que presenta Gerardo López es entretenida y bastante amena, el mejor es Fortea, aunque presenta un relato más depresivo, pero mucho más maduro, en el que el punto de vista del cristianismo queda omitido por completo, dando paso al desarrollo de la trama, lo cual supone un trasfondo mucho más impactante y de mayor interés. Pero eso es otra historia, y debo decir que Los libertadores es una novela juvenil entretenida, que aunque aburre un poco a ratos y evidencia un par de flecos descolgados y unos giros de trama que hacen decaer un pelín el ritmo del argumento, puede resultar atractiva para jóvenes a los que les gusten las novelas fantásticas y de viajes. He de decir también, que a la mayoría de mis alumnos les gustó, lo cual ya es difícil. A pesar de los tiempos de Crepúsculo y Juegos del hambre que corremos, el lector adolescente no es estúpido, y puede mantener un criterio más firme, incluso, que el público adulto.  

En cuento a mí, quién sabe. Quizás a la larga me acabe haciendo especialista de novela fantástica cristiana -si es que ya existe una etiqueta así de rocambolesca para este tipo de obras-. De momento, me conformo con leerlas, a ver si me siento perturbada la próxima vez que salgan a mi encuentro.


miércoles, 22 de mayo de 2013

El submundo de las películas de madrugada

Hace ya algunos años que dejé de ser estudiante como tal. Bien es cierto que, ahora, entre los exámenes de idiomas y la tesis doctoral, sigo estudiando algo en un sentido estricto, pero vamos, nada que ver ya con aquellos cerros de apuntes, libros y artículos que te tragas sin pan pa' empujar cuando entras a hacer la carrera, por no hablar del imborrable recuerdo del olor de tus libros para la selectividad.




Para mí, los últimos años de instituto fueron muy buenos, aunque el recopetín se lo llevaban los cinco años de carrera, en los que poco a poco me fui soltando la melena y aprendiendo cosas importantes de la vida. Dentro de este último apartado puede meterse tanto La Regenta de Clarín como la aplicación de las valiosas enseñanzas de Perico Malastrampas, por ejemplo.

En la universidad, muchos estudiantes hacen gala de un impecable orden, que los hace ser madrugadores, responsables, ordenados en sus apuntes y tareas, así como en sus horarios de estudio. En este sentido, yo podía ser muy ordenada; pero, desde luego, no era madrugadora. Mi horario de estudio durante esos cinco años se mantuvo indefectiblemente nocturno. Y claro, así pasaba.


Siempre me había considerado un ave nocturna, que se dice. En las largas madrugadas silenciosas, estudiar solía convertirse en un indescriptible placer. Paz, nocturnidad y una cierta alevosía a la hora de tomarme algún que otro descanso, o de despejar la cabeza hasta el día siguiente, eran las más importantes ventajas de la noche frente a los estudiantes diurnos.

Fue en esas noches de lectura y empolle diarios cuando pude rescatar de entre los escombros mi amor por el cine de mierda. Ese que, de tan malo, era bueno. En aquellos años, los canales autonómicos eran los únicos que ofrecían una programación de cine cuya repugnancia aumentaba de forma proporcional a la hora de emisión. En este post quiero rendir homenaje a aquellas maravillosas noches de febrero y junio en espera de los temidos exámenes, y a cómo aquellos pútridos descubrimientos me hicieron disfrutar en la soledad de la noche, acrecentando mi capacidad de criterio y mi ya de por sí larga placeres culpables.

Antes de comenzar con mi top cinco a modo de ejemplo, quiero resaltar que escribo de memoria; y que podría haber buscado más información de la mayoría de estos filmes; sin embargo, me parece más apropiado basarme en el puro recuerdo, salvo por un par de datos y referencias necesarios para la comprensión del ranking.

5. Combo braker: Mortal Kombat/ Street Fighter II/ Dead or Alive

Una de las combinaciones estrella de las madrugadas de Telemadrid era la reposición de dos o tres películas de lucha seguidas. En Madrid, en junio, el calor podía hacer insoportable cualquier noche, por lo que muchas veces resultaba más prudente irse a dormir con el fresquito del amanecer, habiendo estudiado todo lo que tu mente pudiera dar de sí. Con el resto de canales haciendo el agosto con los tarotistas y las chicas que decían regalar dinero con los programas-estafa; esta serie de mamporros parecía la opción más sensata.


Poco tengo que decir con respecto a las tres películas, de sobra conocidas. Todas se basaban en videojuegos que, en su momento, llegaron a estar muy de moda. Si bien la primera entrega de Mortal Kombat, con Christopher Lambert  a la cabeza, era una castaña y un cutrerío, la segunda parte resultaba bastante más entretenida, y por lo menos había más manguzadas, que a esas horas, y con el bajón del estudio, era lo que se pretendía. Sobre todo si lo acompañas de su alegre música makinera.



Nada que ver, sin embargo, con la mejor de las tres, que solía ir en primer lugar dentro de la programación. Street Fighter II es una película cutre de acción memorable, que, pese a los intentos de incluir a personajes de renombre como Jean Claude van Damme, Kylie Minogue o Raúl Juliá, se queda en un intento más de llevar videojuegos a la gran pantalla. Eso sí, las breves escenas en las que Zangief habla de su pasado como bailarín clásico, o la rocambolesca historia de Blanka y Dalshim, no tienen desperdicio ninguno. Un presupuesto muy mal/bien gastado, que las futuras generaciones de estudiantes noctámbulos agradecemos a posteriori.

La tercera en discordia era de lo más entretenido. Personajes estereotipados con una caracterización que ronda lo lamentable son convocados para luchar en una isla. Se supone que cada uno tiene sus motivaciones y el malo malísimo quiere quitarles sus poderes. Ante tal amenaza, la cosa se resume en que todos los buenos se ayudan para salvarse y el malo muere de manera estúpida. Mención especial a las actrices exuberantes, que no le llegan a las de los videojuegos ni a la suela del zapato -pixelado-. Aún recuerdo esos pósters del Hobby Consolas que los adolescentes de mi generación compraban, sólo para ver cómo cada entrega de la saga DOA las tetas de las chicas botaban más y se hacían más y más grandes. En la peli, salvo la rubia texana hija de un luchador de wrestling enfundada en un bikini con la bandera de E.E.U.U., poco se podía resaltar. Encima, al estar pensada para tíos, tampoco es que los machos alfa estuvieran de buen año. Pero había tortas, y grandes construcciones de roca que se derrumbaban. El colofón perfecto para irse a dormir.

Dejo vídeo de presentación de las féminas, introducing... ¡Los piratas ridículos! Aún más lerdos que los de Astérix. ¡A disfrutar!


4. Legado de sangre (The breed)

He aquí una extraña joya salida de las entrañas de los primeros años de Castilla-La Mancha TV. En un desesperado intento por copiar absolutamente todo lo que hiciera Telemadrid -que también hay que tener valor-, las madrugadas de la cadena autonómica se convirtieron en una fuente inagotable de bazofia televisiva de madrugada. En este caso la idea era poner un film más o menos actual con una cierta pátina de respeto, que terminaba yéndose al garete a pocos minutos de comenzada la historia.


En un futuro impreciso, los vampiros conviven pacíficamente con los humanos. Es entonces cuando un vampiro renegado decide sembrar el terror y convertirse en un asesino en serie. La frágil cordialidad entre razas está en peligro. ¿Qué hacer? El caso es encomendado al agente Grant, a quien se le asigna un nuevo compañero que es... ¡un vampiro! Bueno, un vampiro que, a la postre, es Adrian Paul, a quien los frikis de pro conocerán como el prota de la serie de Los Inmortales, entre otras cositas. A partir de entonces la cosa se transforma en una mezcla rara entre intriga policíaca con conspiraciones gubernamentales en la sombra, vampiros underground y una estética que da bastante vergüenza ajena, como en este breve vídeo que dejo aquí.



Como se habrá podido observar, creo que los guionistas quisieron escribir una de intriga de Antena 3 a las cuatro de la tarde, pero con seres fantásticos de por medio, lo que hizo que, inmediatamente, bajara puntos para un público normal y subiera para los cuatro desgraciados que teníamos estómago para digerir eso a las tantas. Con eso, la pantera, y el bueno de Adrian, lo mejor que podían haber hecho.


3. Crimen Imperfecto

De nuevo, otra de Castilla-La Mancha; y de nuevo, otra de investigadores, esta vez, a la española.

Fernando Fernán-Gómez y José Luis López Vázquez interpretan a Salomón y Torcuato, dos investigadores privados que entran ya no recuerdo cómo ni por qué -así que supongo que no será importante- en una trama de tráfico de drogas. Todo ello, con un Jesús Puente con pelazo y patillas, y un grupo de chicas con curvas de ésas que tanto gustaban en el cine patrio de la época.

Realmente, la trama no la recuerdo con demasiado sentido, ni falta que me hacía que lo tuviera. Sólo me interesaba el hecho de que, aunque a simple vista pudiera parecer una producción más destinada a las mazmorras de Cine de Barrio, la cinta tiene un par de escenas que la sacan de cualquier argumento racional entendible para un espectador medio de cero a noventa y nueve años.

Una de las más sublimes creo que está como por el final, y se ve a ambos protagonistas disfrazados de enfermeras, por supuesto, dando el pego, que para eso lo dice muy clarito el guión. La segunda escena, que una persona tan perturbada como yo ha decido colgar en Youtube por caridad para los noctámbulos del pasado, es un despropósito en el que don Fernando y don José Luis se visten de hippies y acaban fumando porros (léase este último término con la voz de López Vázquez en Adolescencia), y tienen unas visiones psicodélicas sumamente perturbadoras. Globos, chicas bailando de forma picantona, Jesús Puente posando a lo James Bond, escenas inconexas de un señor oculto tras una cortina, una actriz que baila desbocada con unas mallas con ojos en sus partes pudendas, y un ballet de la Revista de José Luis Moreno que no se sabe muy bien qué hace ahí. Lo más sorprendente, es que, cada uno con su porro y su ida de olla, sueñan lo mismo. ¿Great minds think alike? Maybe...


Y otro bonito recuerdo para vuestras retinas. De nada.


2. El grito de la muerte (Cry of the Banshee)

Aquí viene una cinta medianamente buena, pero cuyo argumento resulta más perturbador que otra cosa. Se trata de una de las numerosas cintas de terror de la Hammer, de 1970. Como no podía ser menos, Vincent Price se encarga de poner el arte y el buen gusto a un film que, si bien en otras circunstancias podía pasar por un coñazo mañanero -la serie de Edgar Allan Poe ha quedado ya para cinéfilos, historiadores del cine, y poco más- si no fuera porque, de madrugada, todo convence mucho más.

El caso es que la historia era interesante. En pleno siglo XVI, un noble escocés -Vincent Price-, decide perseguir a los grupos de brujas que aún perviven en sus tierras. Un buen día, sorprende a la bruja Oona y su Aquelarre, y las brujas son condenadas a muerte. Ante tal ultraje, Oona lanza una terrible maldición, haciendo que un joven que se transforma en una mezcla entre demonio y hombre-lobo mate a toda la familia del noble, a lo serial killer.



De esta película podemos destacar muchas cosas, aunque sólo hablaré de las dos más importantes: la primera, los títulos de crédito diseñados por el GRAN Terry Gilliam.



La segunda, es más bien una cuestión de guión, al parecer, en un principio el director de la cinta no quería que se mostrara una versión maniquea de la brujería, y pretendió basarla en la tan de moda entonces Antigua Religión -en algunos casos relacionada con la Wika-. Por este motivo, el Aquelarre de Oona está integrado por jóvenes vestidos de blanco que portan coronitas de flores sobre su cabeza mientras adoran a Satán. Motivo por el cual la cosa da todavía mucho más miedo, al ser una mezcla sumamente grotesca, que mueve tanto a risa por la pinta de hippies come-flores del grupito; como a miedo, puesto que su pretendido buenrollismo esconde intenciones mucho más oscuras.

Esta vez no voy a contar el final. Sólo decir que en esta reseña se aportan datos muy interesantes del film y de su realización. Además de eso, coincido plenamente con la leve comparación entre esta película y The Wicked Man, aunque la segunda cumple mucho mejor con los objetivos de la primera. Quizá por el cierto paralelismo entre ambas, esta escena del trovador cantando una bella canción sobre una joven violada que busca venganza me hace plantearme que sí, que El grito de la muerte era mucho más divertida de madrugada.



1. Rumbo a la muerte aka Barco encantado (Haunted Boat)

La mínima salud mental a la que puede llegar una persona me habría hecho poner la película anterior en primer lugar; pero no podemos faltar a la realidad. Aquí lo que se juzga es el nivel de perturbación que te dejan los filmes cazados in fraganti en una noche de estudio. Así, siendo fiel a la verdad, esta cosa es lo que me dejó peor en todos los sentidos, cuando me pilló de improviso una noche de hace ya unos cuantos años.



La cosa va así. Un grupo de chavales deciden pasar un fin de semana en el barco de su amigo el marginado, que quiere integrarse y ser guay y, a la postre, tiene problemas cardíacos. Un buen día, todos se ponen a fumar porros y a contarse qué cosas son las que más miedo les dan del mundo mundial. Como resulta que el anterior dueño del barco se suicidó en extrañas circunstancias, una especie de ser filmado a contraluz transporta el barco hacia una dimensión alternativa, donde los temores de los jovenzuelos se hacen realidad.

Hasta aquí, podría tratarse de cualquier película de terror adolescente normal y corriente, si no fuera por esa imagen como de cámara barata, los planos que parecen de un corto de fin carrera de Comunicación Audiovisual, las pésimas actuaciones de los jóvenes, y la trama que, escrita por mí, parece tener sentido, pero os aseguro que, mientras intentas verla, no posee la más mínima coherencia, sobre todo en el momento en que los chicos dejan solas a las chicas para tratar de buscar ayuda y vuelven algo así como zombificados, pero sin hacer daño a nadie, sólo se pasan el rato tumbados y se van. Y todo se resuelve gracias a un gato que se paseaba por cubierta. Al final, se supone que la protagonista es la única que queda viva, y despierta en su habitación. En lo que pretende ser un intento de superar su trauma, se sale a dar un garbeo por el puerto, donde, a lo lejos, ve un barquito con dosel, como la cama de la Barbie, con sus amigos a bordo. Ella se sube y todos se van de fiesta por el mar. 

¿Está viva? ¿Muerta? ¿Y los amigos? ¿Siguen en la realidad alternativa? ¿Ha sido todo un sueño? ¿De quién? ¿De la protagonista o de Resines? ¿Irán todos a  la isla de Perdidos a tomar café? Misterios...

Y con esto y un bizcocho, esta ha sido la lista de las películas más rarunas que tuve el placer de conocer en mi vida anterior. En el tintero quedan joyas del terror español como Pánico en el Transiberiano o Inquisición; pero ésas ya no me pillaron en las mismas circunstancias, y serán carne de comentario para otro día. De todas formas, si alguno de mis lectores es noctámbulo, o estudiante, o ambas cosas, le aconsejo fervientemente que descubra por su cuenta sus propias bazofias perturbadoras. Las disfrutará más y le entrarán mejor, porque ya se sabe, de noche todos los gatos tienen más tragaderas para el mal/buen cine.



domingo, 12 de mayo de 2013

From Heaven to Hell. Celebraciones con niños

Hace algunos años, fui invitada a dos bodas que se celebraban dos días seguidos. Una era de una amiga y compañera de trabajo; la otra, de una antigua compañera de facultad. Recuerdo que entre ambas bodas mediaba un abismo, que crucé, no sin sorpresa, en cuarenta y ocho horas. La primera fue una boda sencilla, repleta de detalles emotivos, con poca gente y sin un exceso de la clásica parafernalia que tanto se suele criticar -normalmente con razón- en todo este tipo de celebraciones. La segunda boda fue bastante más multitudinaria, de buen gusto, y con mucha gente feliz y dispuesta, aunque en muchos aspectos me resultó bastante más fría y distante que la del día anterior.

Jamás pensé que la vida volviera a darme la oportunidad de poder observar esta dualidad en torno a las celebraciones religiosas -olvidaba decir que ambas bodas fueron por la Iglesia-, pero este mismo fin de semana, he vuelto a revivir de nuevo esa sensación entre lo deseable y lo insufrible, además, con niños. 


El sábado estaba invitada a un bautizo en Valencia. La celebración se llevó a cabo en una pequeña y bonita iglesia, perteneciente a un pueblo encantador. Allí estábamos sólo los invitados, más bien escasos, entre familiares cercanos de ambas familias y los amigos más allegados, la mayoría con pareja e hijos. Todos perfectamente arreglados, pero sin perifollos de más, asistimos a la celebración, que fue rápida, amena y muy emotiva, puesto que el cura también era un amigo del matrimonio. Como ya he dicho, parte el grueso de todos los que allí estábamos eran niños, y más de uno podría predecir una inmensa catástrofe: los típicos bebés gritones, los más mayores correteando sin control, hablando alto; y los padres regañando y resoplando, mientras maldicen el día que semejantes monstruos les están haciendo pasar.

Nada más lejos de la realidad. El acto en sí y la interactuación del sacerdote con los chiquilines fue impecable. Los adultos se comportaron tal y como correspondía a la ceremonia, y sus hijos supieron estar a la altura en todo momento. 

Terminada la ceremonia, todos nos marchamos a un pueblecito cercano, a la casa del padrino, que había organizado una barbacoa. Muchos de los peques se habían cambiado de ropa, y fueron los primeros en comer. Así, mientras los adultos disfrutábamos de la carne a la parrilla, el vino y toda la comida que los familiares habían dispuesto, los enanos jugaban tranquilos en el mismo patio, con sus gorritas para el sol, un par de juguetes, y un pobre escarabajo cazado y asesinado sin piedad por el grupito de los más mayores y curiosos. Finalmente, el festejo transcurrió sin incidentes, y cuando buena parte de los invitados hubo de volver a casa, aún quedó tiempo para echar unas canastas todos juntos. En definitiva, un día perfecto de una celebración de personas normales y corrientes, que comparten aquello que les parece importante y hermoso con sus seres más queridos.

Hoy mismo, por la mañana, había decidido subir a misa. ¡Craso error! El mes de mayo puede resultar fatal en muchos aspectos, como la alergia y el cambiante clima de la primavera. Desde luego, nada tan horrible como las comuniones.


Nada más entrar por la puerta, me encontré con el hecho de que a poco sí me dejan entrar, de lo abarrotado que estaba el templo. Una marea de gente vestida de los colores más chillones inundaba toda la bancada de la iglesia, y otros muchos invitados esperaban de pie el comienzo de la misa. Además, el sonido de la multitud de tacones que se movía de acá para allá, los saludos a gritos, y el barullo de un enjambre de niños vestidos a la última moda, que no paraban de llorar, correr o reclamar la atención de sus padres de cualquier otra forma, se me clavaban en los oídos con un dolor indescriptible. Desde luego, aquello no se parecía en nada a la tan predicada paz de la casa de Dios.

El acto duró algo más de una hora. En ese tiempo, grandes y pequeños entraban y salían de la iglesia, la gente hablaba sin parar, los fotógrafos de cada familia daban vueltas buscando la foto perfecta del comulgante correspondiente, el cura seguía adelante, contra viento y marea, intentando sacar a flote una ceremonia primorosamente organizada, que no contaba en absoluto con el hecho de que a muchos de los presentes les importaba un pimiento lo que allí pasara. En fin, que aquello era poco menos que un caos.


Lo que más me indignó, además de la pasarela de las últimas tendencias de la temporada primavera-verano 2013 y el mareante olor de la mezcla de lacas y colonias de muy diversa marca y calidad, fue el detalle de ver entrar a una mujer joven, en avanzado estado de gestación, y a la que absolutamente nadie fue capaz de ceder el sitio. En esa iglesia de comuniones masificadas, cada uno iba completamente a la suya, sin prestar atención ni siquiera a los pobres niños que, inocentes y felices por tener una fiesta para ellos solos, con sus flamantes trajes recién estrenados, estaban, se supone, participando de un rito importante, en el cual guardaban la compostura bastante mejor que sus familias.

Al parecer, el total de niños que recibían su primera comunión era de veintisiete. ¡Veintisiete! ¡Allí había gente que hubiera servido de cortejo a más de cien! Hermanitos y primos esperaban aburridos el final de un espectáculo que nos les interesaba, y actuaban en consonancia con sus padres, que se saludaban, daban la paz y buscaban sin el más mínimo recato, hablando en el volumen que les daba las gana, que para eso el cura tenía micrófono.

Cabe destacar que, en mi caso, tuve que soportar el agobio de la gente que transitaba por el templo como si fuera un restaurante -más de una vez temí que alguien se acercara al sacerdote a pedirle una clarita con limón-, el cansancio de estar casi una hora y media de pie, alérgica y con la menstruación recién llegada apenas unas horas antes. A pesar de todo, la diferencia es evidente.

En aquel idílico bautizo, que después de lo de hoy parece más lejano, el bebé estaba la mar de tranquilo, vestido con una preciosa alba de tradición familiar, y un trajecito confeccionado por su madrina. Esta mañana, las atrocidades estéticas infantiles se sucedían, como un niño que parecía el "marinerito oscuro", otra pobre niña con una enorme corona de flores-alcachofa rodeando su frente, y otra que lucía algo que pretendía ser un tocado estilo años veinte, con un floripondio y unas plumas en el entrecejo que daban más miedo que vergüenza.

Por si aún no habíamos sido suficientemente mortificados, aquella comunión de chirigota se cerró con una entrega de diplomas a los comulgantes (¡¿?!), y una cancioncita interpretada por los mismos -recuerdo a un pobre chaval meneando la cabeza para ver algo a través de su enorme flequillo-, momento en el que, de nuevo, hubo gente que no tuvo la delicadeza de callarse ¡Y eso que eran de su familia!

Sobre los veintisiete convites de después, la verdad es que no tengo ni idea de lo que habrá ocurrido, aunque me lo puedo imaginar. En algunos casos, la cosa habrá transcurrido de manera tranquila y sin incidentes, y todo se habrá desarrollado de la forma más sencilla y hogareña posible. En la mayoría, y por lo que he podido sufrir esta mañana, el asunto no habrá sido tan fácil. Imagino el típico restaurante con espejos en las paredes y mesas redondas, donde se reparten los diversos miembros de la ruidosa familia, para comer un menú en el que todos zampen mucho y bien. En otros casos esto puede ser intercambiado por una zona con jardín, la mar de cuca. En cualquiera de las dos situaciones, una o dos de esas preciosas mesas estarán destinada a la mayoría de los niños, para ser ignorados una vez más por sus padres, y que, aburridos y sin apenas haber comido nada, comenzarán a correr y jugar entre las zonas de los mayores, que intentarán espantarlos como quien aleja una mosca de un manotazo al aire.


¿Y el protagonista de la Primera Comunión? Pues me imagino al pobre niño o la pobre niña sentado, al menos un rato, pensando en que ya está bien de tanto traje raro y queriendo hacer el gamberro con los demás, y me lo imagino recibiendo una enorme tarta, y algunos regalos muy caros, que son los que realmente van a compensarle, en buena parte de los casos, por haber pasado todo ese día portándose bien y amuermándose. Como todo el mundo sabe, la Primera Comunión se hace para recibir regalazos, lo demás es accesorio, ¿no? Recuerdo ahora las vacías y no escuchadas palabras del sacerdote, exhortando a los pequeños y a sus padres a que no pierdan la costumbre de ir a misa los domingos, confesar y comulgar. Si le hubieran oído, tal vez alguno hasta se lo replantearía.

Mis reflexiones acerca del contraste de este fin de semana son varias. En primer lugar, me reafirmo en la postura de que todos estos actos religiosos que se celebran desde la más profunda y absoluta frivolidad, son más un atraso que un reflejo de una tradición o cualquier otra chorrada que a alguien se le pueda ocurrir. Si no quieres que tu hijo haga la comunión, porque en el fondo eso a ti te parece un coñazo, ¡pues que no la haga! Diga lo que diga quien sea. Pero claro, ¿cómo no va a hacer la comunión, si la hace todo el mundo y luego tiene una fiesta con regalos y un convite y no sé qué más? Celebra otra cosa, dale un cumpleaños especial, y cómprale un vestido precioso otro día, pero no lo tengas dos años yendo a catequesis para que luego vea que a los adultos, esa cosa tan importante que le han dicho en clase se la refanfinfla. La gente está muy apegada a sus tradiciones, pero creo que, sinceramente, no las entendemos ni las transmitimos bien. Y de aquellos polvos nos vienen estos lodos.

Por otra parte, ya estoy muy cansada de la gente que se queja de los niños que van a misa. Yo puedo entender que un bebé no sabe dónde está, y eso a veces puede provocar que llore, pero es muy pequeño, no le pidas más. A veces no es tan fácil para unos padres dejar a su hijo a alguien, y también pueden no ir, pero ¿quiénes somos nadie para decidir cuándo una persona puede o no ir a un sitio, al menos en este caso? Y aquello de los chavalines que corretean y hacen de las suyas... lo siento, pero ya no cuela. En más de una ocasión -y en el bautizo volví a descubrirlo- los niños pueden comportarse de forma adecuada a la situación en la que están, y desde bastante pequeños. El tema no está en los niños, está en sus padres. Si el nene ve que sus padres y hermanos se están comportando en una iglesia como en un bar, ellos harán lo mismo, luego que no pretendan que los pequeños se comporten como estatuas, para así poder estar un rato sin vigilarlos o hacerles caso. Los niños del bautizo se comportaron a la perfección, porque sus padres actuaban de acuerdo al lugar en el que estaban, y ya está. si no quieres que tu hijo se porte como un salvaje, no te comportes tú como un gañán maleducado. Con eso, tienes buena parte de la situación ganada. Si a ti no te importa, al niño tampoco, así de simple.

Que conste que, en cierto modo, este post es una advertencia. En cualquier celebración de este tipo, no os comportéis como algunos de los de esta mañana, no hagáis parafernalias absurdas, no montéis circos. Muchas veces la esencia de las cosas está en su fondo, y eso determina su forma, sin necesidad de forzar nada "porque es lo que hace todo el mundo". Además, y desde un punto de vista completamente egoísta, este post también es una advertencia para mí, por si en el futuro se me ocurriera hacer alguna horterada de este calibre. Si eso ocurriera, ¡rápido! ¡A leer lo que escribiste en mayo de 2013!